PARTE 2: CUANDO DYLAN DESCUBRIÓ QUE YA ERA DEMASIADO TARDE

Cuando volví a abrir los ojos, estaba en una habitación del hospital militar.

Una enfermera ajustaba el suero mientras un médico revisaba mis pupilas.

—¿Cómo se siente?

Miré el techo.

—Libre.

El médico pareció confundido.

—¿Quiere que llamemos a su esposo?

Negué con la cabeza.

—Ya no es mi esposo.

La puerta se abrió.

Dylan entró.

Tenía el uniforme arrugado y los ojos completamente rojos.

—Maya.

No respondí.

Se acercó a la cama.

—¿Por qué no me dijiste que estabas tan mal?

Lo miré.

—Porque ya no necesitaba que vinieras.

Su rostro se contrajo.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque todavía eres mi esposa.

Solté una pequeña risa.

—No.

Saqué de debajo de la almohada una copia del documento.

—Ya no.

Dylan tomó las hojas.

Leyó la primera página.

Luego la segunda.

Sus dedos comenzaron a temblar.

—Esto…

—Lo firmaste.

—No recuerdo haber firmado esto.

—Lo hiciste cuando estabas desesperado por que te perdonara.

Levantó la mirada.

—Maya, podemos solucionarlo.

—No.

—Puedo cancelar todo.

—Tampoco.

—Entonces dime qué quieres.

Lo observé durante unos segundos.

—Nada.

Esa palabra lo dejó completamente inmóvil.

Durante diez años había esperado que yo pidiera algo.

Más atención.

Más amor.

Más explicaciones.

Ahora no quería ninguna de esas cosas.

Dylan bajó la cabeza.

—¿Te vas?

—Sí.

—¿A dónde?

—A un lugar donde tu nombre no sea lo primero que escuche al despertar.

Se quedó en silencio.

Entonces su teléfono vibró.

Dylan miró la pantalla.

Era Maya Lin.

No contestó.

Por primera vez, lo vi bloquear su número.

Luego me miró.

—No quiero volver a verla.

Negué lentamente.

—Eso ya no importa.

—¿Por qué?

—Porque ya no quiero volver a ti.

La frase pareció golpearlo más que cualquier grito.

Dylan dejó el teléfono sobre la mesa.

—Maya, dame otra oportunidad.

—Te di demasiadas.

—Puedo cambiar.

—Quizá.

Me incorporé con cuidado.

—Pero tendrás que hacerlo sin mí.

Tomé la carpeta que había preparado la noche anterior.

Dentro estaban las pruebas de la infidelidad, las grabaciones y los documentos de divorcio.

Se las entregué.

—Tu comandante recibirá una copia.

Dylan palideció.

—¿Vas a destruir mi carrera?

—No.

Me puse de pie.

—Solo voy a dejar de protegerla.

En ese instante entró un oficial.

—General Morrison, tenemos una situación.

Dylan se giró.

—¿Qué sucede?

El oficial miró los documentos que tenía en las manos.

—El distrito acaba de confirmar que el divorcio fue registrado esta mañana.

Dylan cerró los ojos.

Yo pasé junto a él.

Antes de salir, escuché su voz detrás de mí.

—Maya.

Me detuve.

—¿Sí?

—¿De verdad no vas a volver?

No me giré.

—Hace una semana ya me fui.

Y continué caminando.

Dylan se quedó solo en aquella habitación, sosteniendo unos papeles que habían tardado diez años en convertirse en realidad.

Pero todavía no sabía lo peor.

Porque el mismo día que firmé el divorcio, también había presentado mi solicitud para abandonar definitivamente el servicio militar.

Y mi nuevo destino estaba a miles de kilómetros.

Sin él.

Sin Maya Lin.

Sin aquella vida.

Por primera vez, mi futuro no tenía su nombre escrito en ninguna parte.

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