PARTE 2: LA NOVIA EQUIVOCADA

—Ha Wan… ¿ya no piensas casarte conmigo?

Miré a Shen Zhanbei durante unos segundos.

Diez años atrás, aquella pregunta habría bastado para hacerme llorar.

Ahora solo sentí cansancio.

—¿No fuiste tú quien cambió el nombre del novio?

El color desapareció de su rostro.

Lin Wei también se quedó rígida.

—¿Tú… lo sabías?

—Desde aquella noche.

El silencio cayó como una piedra.

Shen Zhanbei abrió la boca, pero levanté la mano.

—Escuché lo de la apuesta. Escuché cómo dijiste que entraría en pánico. También escuché que esperabas verme llorando y suplicándote que arreglaras tu broma.

Su mandíbula se tensó.

—Wanwan, yo solo…

—Devuélveme el jade.

Por primera vez, el poderoso general de división Shen Zhanbei pareció no saber qué hacer.

—Puedo corregir el formulario ahora mismo.

Negué con la cabeza.

—Ya no quiero corregirlo.

—¡Pero Shen Zhi ni siquiera…!

—Es suficiente.

Una voz fría llegó desde la entrada.

Todos nos volvimos.

Un hombre estaba sentado en una silla de ruedas, vestido con uniforme militar oscuro. Sus piernas permanecían inmóviles, pero su espalda estaba recta y su mirada tenía una autoridad que hizo callar incluso a Shen Zhanbei.

Shen Zhi.

Nunca lo había visto tan de cerca.

Era más joven de lo que imaginaba y mucho más imponente que los rumores que circulaban sobre él.

Shen Zhanbei frunció el ceño.

—Tío.

Shen Zhi ignoró el saludo.

Sus ojos se posaron primero sobre mí.

—Señorita Ha, he venido a preguntarle algo personalmente.

—Dígame.

—El formulario lleva mi nombre. Mi madre ya dio su consentimiento. Pero no aceptaré un matrimonio nacido de una humillación.

Hizo una breve pausa.

—Si quiere cancelar la boda, yo asumiré todas las consecuencias.

Aquellas palabras me dejaron inmóvil.

Después de diez años, era la primera vez que un hombre de la familia Shen me ofrecía una salida sin exigirme nada.

Respiré profundamente.

—No quiero cancelarla.

Shen Zhanbei palideció.

—Ha Wan.

Lo miré.

—Me casaré con Shen Zhi.

—¡Estás haciendo esto para castigarme!

—No.

Mi voz salió sorprendentemente tranquila.

—Lo hago porque estoy cansada de esperarte.

Entonces extendí la mano.

—Mi jade.

Shen Zhanbei apretó el colgante dentro del bolsillo hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

Finalmente lo sacó.

Dos peces de jade entrelazados descansaron sobre su palma.

Lo recogí.

Y caminé hasta Shen Zhi.

Sin decir nada, coloqué el colgante entre sus manos.

Toda la habitación quedó en silencio.

Shen Zhi bajó la mirada hacia el símbolo de compromiso.

—¿Está segura?

—Sí.

Sus dedos se cerraron lentamente alrededor del jade.

—Entonces lo guardaré bien.

Solo cinco palabras.

Pero, inexplicablemente, sentí que algo dentro de mí se relajaba por primera vez en muchos años.


La boda se celebró tres días después.

Shen Zhanbei apareció.

No estaba invitado.

Cuando entré al salón del brazo de mi padre, lo vi al fondo, todavía convencido de que aquello era una representación.

Incluso cuando Shen Zhi firmó el registro matrimonial, Zhanbei permaneció inmóvil.

Solo cuando estampé mi firma junto a la de Shen Zhi comenzó a comprender.

Se abrió la puerta.

Un funcionario entró con los documentos sellados.

—General Shen Zhi, señora Shen, su matrimonio ha quedado registrado oficialmente.

El vaso que Shen Zhanbei sostenía cayó al suelo.

—¿Oficialmente?

Avanzó de golpe.

—¡Ese formulario fue modificado sin autorización! ¡No puede ser válido!

Shen Zhi levantó tranquilamente los ojos.

—El formulario original fue invalidado.

El funcionario asintió.

—La pareja presentó ayer una nueva solicitud personalmente. Todos los procedimientos fueron revisados y aprobados.

Shen Zhanbei se quedó petrificado.

Yo había vuelto a presentar los documentos.

Esta vez voluntariamente.

—Wanwan…

Se acercó a mí.

—Ven conmigo. Podemos arreglar esto.

Shen Zhi movió su silla ligeramente y quedó entre nosotros.

—Zhanbei.

Su voz no fue alta.

Sin embargo, todo el salón enmudeció.

—Ahora debes llamarla tía.

Varias personas bajaron inmediatamente la cabeza para esconder su reacción.

El rostro de Shen Zhanbei se volvió ceniza.

Lin Wei dio un paso hacia él.

—Hermano Bei…

Él apartó violentamente su brazo.

—¡Todo esto fue por tu estúpida apuesta!

Ella palideció.

Pero yo ya no sentí satisfacción.

Simplemente me pareció demasiado tarde.


Después de la boda descubrí que muchas cosas que se decían sobre Shen Zhi eran falsas.

Sus heridas eran reales.

Su discapacidad también.

Pero el hombre frío e insoportable del que todos hablaban no existía en casa.

Nunca levantaba la voz.

Nunca decidía nada por mí.

Y jamás utilizó mi amor como una certeza que pudiera pisotear.

Una noche encontré sobre mi escritorio una pequeña caja.

Dentro estaba el colgante de los dos peces.

—Es tuyo —dijo Shen Zhi—. No necesito quedármelo para saber quién es mi esposa.

Me quedé mirándolo.

Entonces comprendí por qué aquellas dos casas habían sido compradas a mi nombre.

—¿También hiciste eso porque eran mías?

—Por supuesto.

Sonrió apenas.

—¿A nombre de quién deberían estar las propiedades de mi esposa?

Sentí que los ojos me ardían.

Durante diez años había confundido el sufrimiento con fidelidad.

Solo cuando alguien empezó a tratarme con respeto comprendí cuánto había soportado.


Tres meses después, Shen Zhanbei apareció frente a nuestra casa.

Parecía haber envejecido años.

Sacó una pequeña caja.

Reconocí inmediatamente el anillo de jade verde.

—Wanwan.

Su voz tembló.

—He venido a devolvértelo.

No extendí la mano.

—Ya no me pertenece.

—Siempre fue tuyo.

—No. Tú mismo dijiste que solo me lo prestaste.

Sus ojos se enrojecieron.

—Estaba enfadado.

—Yo también estuve enfadada muchas veces.

Lo miré tranquilamente.

—Pero nunca jugué con diez años de tu vida.

No pudo responder.

Detrás de mí apareció Shen Zhi.

Ya podía mantenerse de pie durante breves periodos gracias a la rehabilitación. Apoyó una mano sobre el marco de la puerta y me preguntó:

—¿Quieres que espere dentro?

Negué con la cabeza.

—Ya terminé.

Pasé junto a él y entré en casa.

Shen Zhanbei me llamó una última vez.

—¡Ha Wan!

No me volví.

Durante diez años, cada vez que pronunciaba mi nombre, yo corría hacia él.

Aquella tarde continué caminando.

Y detrás de mí escuché cómo Shen Zhi cerraba suavemente la puerta.

La octava vez que Shen Zhanbei rompió su promesa creyó que volvería a perdonarlo.

Nunca imaginó que aquella sería también la última oportunidad que tendría de llamarme suya.

Porque la broma con la que pretendía enseñarme a obedecer terminó enseñándome algo mucho más importante:

cómo dejar de esperarlo.

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