—Significa que se acabó.
Jiang Chengyuan me miró como si hubiera hablado en otro idioma.
—¿Por esto?
Señaló a Su Nian.
Negué lentamente.
—No. Por ocho años.
Su expresión se endureció.
—Nina, deja de actuar impulsivamente.
Casi sonreí.
Hasta para terminar conmigo necesitaba explicarme cómo debía sentirme.
Subí a nuestra habitación y saqué una maleta.
No reclamé las joyas.
No discutí por la casa.
Tampoco exigí inmediatamente los novecientos ochenta y seis mil ochocientos yuanes que habían desaparecido de nuestra cuenta.
Primero guardé copias de los movimientos bancarios y de los registros que demostraban cuánto había aportado yo.
Después recogí mis documentos personales.
Jiang Chengyuan apareció en la puerta.
—¿Realmente vas a marcharte?
—Sí.
—¿Adónde?
Cerré la maleta.
—Ya no es asunto tuyo.
Por primera vez vi verdadera irritación en sus ojos.
—¿Y la rama oeste? Tú llevas años administrando las cuentas. Su Nian todavía necesita aprender.
Lo miré incrédula.
Incluso mientras me iba, seguía pensando en qué podía hacer yo por ella.
—Entonces enséñale tú.
Pasé junto a él.
Su Nian estaba abajo.
Cuando vio mi maleta, abrió mucho los ojos.
—Cuñada, ¿de verdad se marcha por tan poco?
Me detuve.
—No vuelvas a llamarme cuñada.
Miré el certificado de matrimonio que todavía estaba sobre la mesa.
—La esposa legal eres tú.
Salí.
Durante los meses siguientes, no ocurrió ninguna tragedia espectacular.
Simplemente dejé de hacer todo aquello que Jiang Chengyuan había considerado automático.
No revisé cuentas.
No corregí contratos.
No resolví disputas entre sus empresas legales.
No cubrí errores de la rama oeste.
Y tampoco regresé cuando empezó a llamarme.
Tres meses después recibí un mensaje suyo.
“Su Nian ya se mudó.”
Lo borré.
Después llegó otro.
“Ya inicié el divorcio.”
También lo borré.
Finalmente escribió:
“Nina, ahora podemos casarnos.”
Me quedé mirando aquella frase.
Ocho años atrás habría llorado de felicidad.
Ahora solo sentí cansancio.
Respondí una vez.
“Yo quería casarme con el hombre que eras antes de demostrarme que siempre podía pedirme esperar mientras elegía las necesidades de otra persona.”
No volvió a escribir durante semanas.
Cuando nos reencontramos ocho años después en aquella cena, finalmente entendí por qué todos decían que había permanecido solo.
Jiang Chengyuan se acercó a mí.
—Me divorcié el mismo día que te fuiste.
Asentí.
—Lo sé.
Su rostro cambió.
—Entonces… ¿por qué nunca regresaste?
Dejé la copa sobre la barra.
—Porque nunca me fui para conseguir que te divorciaras.
Lo miré directamente.
—Me fui porque necesité ocho años para entender que no debía suplicar por un lugar en la vida de nadie.
Por primera vez, Jiang Chengyuan no tuvo respuesta.

Y yo tampoco necesitaba una.
ÉL CREYÓ QUE DIVORCIARSE DE SU NIAN EL DÍA QUE ME MARCHÉ DEMOSTRABA CUÁNTO ME AMABA; PARA MÍ SOLO DEMOSTRÓ QUE PODÍA HABERLO HECHO DESDE EL PRINCIPIO, PERO NO LO HIZO HASTA QUE YA ME HABÍA PERDIDO.