Durante los siguientes tres días no le dije nada a Lucas.
Él tampoco preguntó.
Estaba demasiado ocupado acompañando a Martina a la enfermería, llevándole comida y explicando a todo el mundo que su lesión “se había agravado por culpa del entrenamiento”.
La noche antes de mi salida, finalmente me escribió:
“Martina dice que todavía espera tus disculpas.”
Miré el mensaje durante varios segundos.
Después respondí:
“No habrá disculpas.”
Tres puntos aparecieron inmediatamente.
“Valeria, estás destruyendo nuestra relación por orgullo.”
Sonreí.
No.
Nuestra relación se había roto mucho antes.
Yo simplemente acababa de dejar de sostenerla.
A la mañana siguiente entregué la documentación de intercambio y solicité mi baja temporal del programa local.
Mi vuelo salía en seis días.
Lucas se enteró por otra persona.
Entró casi corriendo a la biblioteca.
—¿Te vas a Harvard?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que acepté la plaza.
Su rostro cambió.
—¿Y ni siquiera pensabas decírmelo?
Cerré mi libro.
—Pensaba hacerlo cuando estuviera todo confirmado.
—¡Soy tu novio!
—Lo eras cuando Martina me tocó delante de todos y tú me pediste que me disculpara con ella.
Lucas se quedó callado.
Entonces utilizó la frase que ya conocía demasiado bien.
—Estás exagerando.
Me levanté.
—Precisamente por eso me voy sin discutir más.
Intentó agarrarme del brazo.
Me aparté.
—No vuelvas a tocarme para impedir que me vaya.
Eso lo detuvo.
Dos días después, Martina apareció frente a mi dormitorio.
Ya caminaba perfectamente.
—No pensé que fueras tan cobarde como para huir al extranjero.
La miré.
—No huyo de ti.
Cerré mi maleta.
—Simplemente encontré algo más importante que competir por un hombre que siempre corre hacia ti.
Por primera vez, dejó de sonreír.
—Lucas te ama.
—Entonces tendrá muchísimo tiempo para demostrártelo.
Cuando llegué a Harvard, bloqueé ambos números.
Estudié.
Trabajé.
Conocí personas que no necesitaban humillarme para sentirse interesantes.
Meses después, una compañera del antiguo campus me escribió.
Lucas y Martina habían terminado peleándose.
Al parecer, cuando yo desaparecí de la ecuación, ya no tenían a quién convertir en culpable de todos sus conflictos.
No respondí.
Mi vida ya estaba demasiado lejos.
Un año después regresé para una conferencia universitaria.
Lucas estaba entre los asistentes.
Cuando me vio, permaneció inmóvil.
Después se acercó.
—Valeria.
—Hola.
Miró mi acreditación de Harvard.
—Así que de verdad te quedaste.
—Sí.
Tragó saliva.
—Pensé que volverías.
Lo observé durante unos segundos.
—Ese fue siempre tu problema, Lucas.
—¿Cuál?
Sonreí.

—Creías que podía aguantar cualquier cosa y seguir esperando.
Después entré al auditorio.
No miré atrás.
Lucas creyó que aquella tarde yo debía pedir perdón para conservar nuestra relación; mientras él esperaba mis disculpas, yo estaba aceptando la oportunidad que terminaría llevándome fuera de su vida.