Mi madre no llamó directamente a Recursos Humanos.
Primero ordenó una revisión formal.
—No quiero que nadie pueda decir que esto ocurrió porque saliste con mi hija.
Eso me avergonzó un poco.
Yo había subido queriendo destruir a Lucas con una llamada.
Mi madre estaba enseñándome la diferencia entre poder y capricho.
Una hora después llegó el informe completo.
El mensaje sobre conseguir “información interna” no era una simple fanfarronada.
Lucas había enviado a la hija del director capturas de documentos de trabajo que todavía no debía compartir.
Margaret cerró el expediente.
—Ahora Recursos Humanos puede actuar sin que tú ni yo intervengamos.
—¿No vas a despedirlo tú?
—No.
Me sostuvo la mirada.
—Y tú tampoco.
La investigación siguió el procedimiento correspondiente.
Aquella tarde Lucas recibió la notificación.
Veinte minutos después apareció en el último piso.
Cuando me vio junto a los ventanales, comprendió todo.
—¿Sterling?
Miró a mi madre.
Después a mí.
—¿Margaret Sterling es tu madre?
—Sí.
Su rostro pasó de la sorpresa al miedo.
—Olivia, puedo explicarte esos mensajes.
—No tienes que explicármelos.
—Estaba intentando encajar.
—¿Llamándome chica simple?
Bajó la mirada.
Entonces cometió su último error.
—Si hubiera sabido quién eras, jamás habría terminado contigo.
Sentí algo extraño.
No dolor.
Alivio.
Porque aquella frase respondió la única pregunta que todavía me perseguía.
—Precisamente por eso nunca te lo dije.
Lucas se quedó callado.
Mi madre habló desde su escritorio.
—Señor Bennett, su relación con mi hija no forma parte de la decisión laboral. La divulgación no autorizada de información corporativa, sí. Recursos Humanos le explicará el resto.
Lucas me miró una última vez.
—Olivia, cuatro años tienen que significar algo.
—Significaron mucho.
Abrí la puerta.
—Hasta que conseguiste lo que querías y decidiste que yo ya no estaba a tu nivel.
Se marchó sin responder.
Cuando desapareció dentro del ascensor, mi madre se acercó.
Esperaba alguna frase fría.
En cambio, me abrazó.
Torpe.
Brevemente.
Pero me abrazó.
—La próxima vez que alguien te rompa el corazón —murmuró—, ven a verme primero como madre.
Sonreí entre lágrimas.
—¿Y después como presidenta?

Margaret casi sonrió.
—Solo si viola las políticas de la empresa.
Lucas me dejó porque creyó que había ascendido a un mundo demasiado alto para mí; siete días después descubrió que llevaba cuatro años despreciando a la hija de la mujer cuyo ascensor quería subir.