A la mañana siguiente, Clara dejó los papeles del divorcio sobre el escritorio de Adrián.
Él apenas los miró.
—¿Otra forma de castigarme por Islandia?
—No.
—Entonces espera. Irene está enferma y ahora no tengo tiempo para tus dramas.
Clara casi sonrió.
Incluso al final seguía siendo Irene.
—Solo firma.
Adrián tomó la pluma con irritación.
—Bien. Cuando se te pase el enfado, no vengas llorando.
Firmó sin leer.
Clara recogió los documentos.
—No lo haré.
Tres días después abandonó la casa Foster.
No llevó joyas.
No pidió propiedades.
Solo tomó la fotografía de su hijo y regresó al pequeño apartamento que había pertenecido a sus padres.
Adrián tardó una semana en darse cuenta de que ella realmente no regresaría.
La llamó.
Clara no contestó.
Entonces recibió una llamada del hospital.
—Señor Foster, necesitamos confirmar unos documentos anteriores de la señora Evans.
—¿Qué documentos?
Hubo un silencio.
—Los relacionados con su tratamiento oncológico.
Adrián se quedó helado.
Llegó al hospital una hora después.
El médico le explicó que Clara llevaba meses enferma y que su estado era muy grave.
—¿Meses?
—Sí. Además, durante la última hospitalización de su hijo intentamos localizar al contacto familiar registrado varias veces.
Adrián recordó Islandia.
Su teléfono apagado.
Las auroras.
Irene riéndose mientras él tomaba fotografías.
—¿Mi hijo… preguntó por mí?
El médico bajó la mirada.
No necesitó responder.
Adrián salió del hospital como un hombre diferente.
Esa noche enfrentó a su madre.
Entonces descubrió otra verdad.
Clara no había sido castigada durante siete días porque hubiera cometido ningún error.
Su madre la culpaba por la muerte del niño y había utilizado las reglas familiares para castigarla mientras Adrián estaba fuera.
—¿Y tú lo permitiste? —preguntó.
—Esa mujer nunca fue adecuada para los Foster.
Adrián la miró fijamente.
Por primera vez comprendió que durante años había hecho exactamente lo mismo.
Había permitido.
Había ignorado.
Había elegido no mirar.
Corrió al apartamento de Clara.
Ella estaba sentada junto a la ventana.
Parecía todavía más pequeña.
—Clara.
Ella levantó los ojos.
—¿Ya lo sabes?
Adrián cayó de rodillas.
—¿Por qué no me dijiste que estabas enferma?
—Intenté decirte muchas cosas.
La respuesta lo destrozó.
—Déjame cuidarte.
Clara negó suavemente.
—Ya no eres mi esposo.
—Entonces vuelve a casarte conmigo.
—No.
Adrián comenzó a llorar.
—Dime qué puedo hacer.
Clara tomó la fotografía de su hijo.
—Una cosa.
—Lo que sea.
—Cuando llegue el momento, quiero descansar junto a mi hijo.
Hizo una pausa.
—Con mi apellido. Evans. No Foster.
Adrián cerró los ojos.
Finalmente entendió.
Ella no quería su fortuna.
No quería castigarlo.
Ni siquiera quería que se arrepintiera.
Solo quería que su nombre dejara de acompañarla.
Adrián respetó su decisión.
Y cuando tiempo después visitó el lugar donde descansaban madre e hijo, encontró dos nombres juntos.
Clara Evans.
Y el de su pequeño.
Ninguno llevaba Foster.
Adrián permaneció allí durante horas.
Había llegado tarde al funeral de su hijo.
También había llegado demasiado tarde para convertirse en el marido que Clara necesitaba.
Y esa fue la única consecuencia que ningún dinero, apellido ni arrepentimiento pudo cambiar.