PARTE 2: LA HEREDERA DE CINCO MIL MILLONES

Me quedé mirando al hombre del traje durante varios segundos.

—Creo que realmente se ha equivocado de persona.

Chen Feng no pareció sorprendido.

Sacó una carpeta negra del maletín.

—Señorita Jiang Nhu, hija biológica de Jiang Mingyuan y Gu Yulan. Nacida el 18 de septiembre. Criada por su abuela materna hasta los nueve años. Después trasladada a un hogar sustituto en Hangzhou.

Sentí que la sangre se me retiraba del rostro.

—¿Cómo sabe eso?

El abogado hizo una ligera reverencia.

—Porque llevo casi seis meses buscándola.

Abrí más la puerta.

—Entre.

Chen Feng se sentó frente a mí.

Colocó la carpeta sobre la mesa del comedor.

Dentro había fotografías antiguas.

Una mujer joven sosteniendo a una niña.

Una mansión enorme.

Un certificado de nacimiento.

Y un documento con un sello rojo.

Mis dedos comenzaron a temblar.

La mujer de la foto tenía mis ojos.

—Ella era Gu Yulan —dijo Chen Feng—. Su madre.

Tragué saliva.

Yo apenas la recordaba.

Solo fragmentos.

Un perfume suave.

Una voz cantando.

Una mano peinándome el cabello.

—Mi madre murió cuando yo era pequeña.

Chen Feng negó lentamente.

—No.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

—Eso fue lo que le dijeron.

El aire de la habitación pareció desaparecer.

Chen Feng continuó:

—Su madre falleció hace tres meses.

No pude hablar.

—Durante muchos años, la familia Gu creyó que usted había muerto junto con su padre en un accidente automovilístico. Fue un error deliberadamente provocado.

—¿Por quién?

—Eso todavía se está investigando.

Sentí un escalofrío.

Chen Feng abrió otra página.

—Antes de morir, la señora Gu corrigió su testamento.

Deslizó un documento hacia mí.

—La designó heredera principal.

Miré la cifra.

Al principio pensé que había leído mal.

Cinco mil millones de yuanes.

—Esto no puede ser mío.

—Legalmente, sí.

Solté una risa nerviosa.

—Ayer vivía de los cien mil yuanes que Han Yi me transfería cada mes.

Chen Feng me observó.

—A partir de hoy, esos cien mil yuanes dejarán de tener importancia.

No sabía si reír o llorar.

—¿Qué incluye la herencia?

—Participaciones en el Grupo Gu.

Propiedades.

Fondos fiduciarios.

Obras de arte.

Joyas.

Y una cartera de inversiones valorada actualmente en aproximadamente cinco mil millones de yuanes.

Me quedé en silencio.

Chen Feng cerró la carpeta.

—Pero hay algo más.

Lo miré.

—Su madre dejó instrucciones específicas.

—¿Qué instrucciones?

—Que usted no fuera informada hasta después de que terminara su relación con la familia Han.

Fruncí el ceño.

—¿Qué tiene que ver Han Yi con esto?

Chen Feng no respondió inmediatamente.

Sacó una fotografía.

Era Han Yi.

Mucho más joven.

A su lado estaba su padre.

Y enfrente…

mi madre.

Sentí que algo se retorcía dentro de mí.

—¿Qué significa esto?

—Las familias Han y Gu tuvieron negocios juntas hace años.

Hizo una pausa.

—Y la familia Han sabía perfectamente quién era usted.

Me levanté de golpe.

—No.

—Señorita Jiang…

—Han Yi me dijo que me conoció por casualidad.

—No fue casualidad.

Aquella frase dolió más de lo que esperaba.

Me senté de nuevo.

—Entonces, ¿por qué se acercó a mí?

Chen Feng me sostuvo la mirada.

—Porque existía la posibilidad de que usted recuperara algún día los derechos sobre ciertas participaciones del Grupo Gu.

—¿Está diciendo que estuvo conmigo por dinero?

—Estoy diciendo que su relación merece ser revisada con mucha atención.

Aquello sí me hizo reír.

Tres años creyendo que yo era la pobre que había tenido suerte.

Y quizá era Han Yi quien llevaba tres años apostando por mí.

Mi teléfono comenzó a vibrar.

Lo había encendido hacía apenas diez minutos.

Cuarenta y siete llamadas perdidas.

Veintitrés mensajes.

Todos de Han Yi.

El último decía:

“Jiang Nhu, no juegues conmigo. Ven a la subasta esta noche.”

Chen Feng vio la pantalla.

—Le recomiendo asistir.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque habrá representantes del Grupo Gu.

Hizo una pausa.

—Y porque el señor Han probablemente espera presentarla como alguien muy distinto de lo que realmente es.

Aquella noche fui a la subasta.

Pero no en el vestido que Han Yi había comprado para mí.

Ni con las joyas que él había elegido.

Un automóvil negro del Grupo Gu me recogió frente al hotel.

Chen Feng había enviado también un vestido sencillo color marfil.

Elegante.

Sin logotipos.

Sin necesidad de demostrar nada.

Cuando llegué al salón principal, vi a Han Yi inmediatamente.

Su Wanwan estaba a su lado.

Llevaba el collar de diamantes de ochocientos mil yuanes.

El mismo de la fotografía.

Han Yi me vio.

Su expresión cambió.

Caminó hacia mí.

—¿Dónde estabas?

Lo miré.

—Ocupada.

—Te dije que vinieras conmigo.

—Y yo te dije que habíamos terminado.

Apretó la mandíbula.

—No seas infantil.

Su Wanwan se acercó.

—Yi, déjala. Quizá Jiang Nhu está enfadada porque vio el collar.

Me sonrió.

—Hermana Nhu, si quieres, puedo quitármelo esta noche.

—No hace falta.

Miré la joya.

—Te queda bien.

Ella pareció sorprendida.

Han Yi bajó la voz.

—Ven conmigo.

Intentó agarrarme de la muñeca.

Me aparté.

—No me toques.

Su rostro se oscureció.

—¿De verdad crees que puedes hablarme así?

Entonces una voz sonó detrás de nosotros.

—Sí.

Chen Feng se acercó acompañado por tres hombres.

Uno de ellos era Gu Zheng.

Presidente del Grupo Gu.

Mi tío.

Lo reconocí por las fotografías.

Toda la sala comenzó a murmurar.

Han Yi quedó inmóvil.

Gu Zheng me miró.

Durante unos segundos, su expresión fue casi dolorosa.

—Nhu.

Solo dijo mi nombre.

Sentí algo extraño en el pecho.

No sabía si abrazarlo.

No sabía si odiarlo.

No sabía nada.

Han Yi miró de él a mí.

—Señor Gu… ¿la conoce?

Gu Zheng lo observó con frialdad.

—Claro.

Hizo una pausa.

—Es mi sobrina.

La sala quedó en silencio.

Su Wanwan dejó de sonreír.

Han Yi parecía haber olvidado cómo respirar.

—¿Qué?

Chen Feng sacó un documento.

—La señorita Jiang Nhu ha sido reconocida formalmente como heredera principal de Gu Yulan.

Murmullos.

Miradas.

Copas detenidas a medio camino.

Han Yi me miró.

—¿Heredera?

Gu Zheng continuó:

—Además, desde esta mañana posee una participación significativa en el Grupo Gu.

Su Wanwan palideció.

—¿Cuánto?

Gu Zheng no la miró.

—Lo suficiente para no necesitar preguntar jamás cuánto cuesta un collar.

Aquella frase recorrió la sala.

Han Yi se acercó.

—Nhu, esto es un malentendido.

Lo miré.

Casi me dio pena.

Casi.

—¿Qué parte?

—Lo de Wanwan.

—Estaban escogiendo anillos.

Su Wanwan abrió la boca.

Han Yi la interrumpió.

—No era para comprometernos.

Ella se volvió hacia él.

—¿Qué?

—Era solo…

Su voz se quebró.

Su Wanwan lo miró con incredulidad.

—Han Yi.

—Cállate.

Y allí estaba.

La verdad.

Cuando pensaba que yo era pobre, no le importaba humillarme.

Ahora que sabía quién era yo, estaba dispuesto a humillarla a ella.

De repente entendí que ninguna de las dos significaba lo que creíamos.

Han Yi solo amaba aquello que podía aprovechar.

—No necesitas explicarme nada.

Dije.

—Terminamos.

—Nhu, escucha.

—No.

Lo miré directamente.

—Durante tres años me repetiste que debía recordar cuál era mi posición.

Hice una pausa.

—Hoy finalmente la conozco.

Su rostro se tensó.

—No puedes borrar tres años así.

—Tú lo hiciste en una joyería.

Gu Zheng me ofreció el brazo.

—¿Entramos?

Asentí.

Pasamos junto a Han Yi.

Él no intentó detenerme.

La subasta comenzó veinte minutos después.

Uno de los lotes principales era una pulsera imperial de jade.

Precio inicial:

seis millones.

Su Wanwan la miraba fascinada.

Han Yi también.

El subastador comenzó.

—Seis millones.

Una mano se levantó.

—Siete.

Otra.

—Ocho.

Entonces Chen Feng se inclinó hacia mí.

—Esa pulsera perteneció a su madre.

Lo miré.

—¿Qué?

—Fue vendida años atrás durante una crisis del Grupo Gu.

Sentí que mi garganta se cerraba.

—La señora Gu intentó recuperarla varias veces.

Levanté la tarjeta.

—Diez millones.

Toda la sala giró.

Han Yi me miró.

Otro postor ofreció doce.

Yo dije:

—Quince.

La sala se quedó quieta.

El martillo cayó.

—Vendida.

La pulsera volvió a mí.

No por presumir.

No por venganza.

Porque había pertenecido a mi madre.

Después de la subasta, Han Yi me esperó en el pasillo.

—Necesitamos hablar.

Seguí caminando.

—No.

—Sé que estás enfadada.

—No estoy enfadada.

Eso lo sorprendió.

Me detuve.

—Estoy agradecida.

—¿Agradecida?

—Sí.

Sonreí.

—Porque si no hubieras aparecido con Su Wanwan, quizá habría tardado mucho más en descubrir quién eres.

Su expresión cambió.

—Jiang Nhu.

—Adiós, Han Yi.

Dos semanas después, la familia Han intentó ponerse en contacto conmigo oficialmente.

No respondí.

Después contactaron con el Grupo Gu.

Querían “mantener la cooperación histórica”.

Mi tío rechazó tres reuniones.

La cuarta vez me preguntó qué quería hacer.

Yo revisé los contratos.

No cancelé nada por despecho.

Solo eliminé los acuerdos que no beneficiaban al Grupo Gu.

Resultó que la familia Han dependía mucho más de nosotros de lo que Han Yi había querido admitir.

En tres meses perdió dos proyectos importantes.

En seis, su padre lo apartó de varias decisiones.

Su Wanwan terminó abandonándolo.

No porque yo hiciera nada.

Sino porque descubrió que los anillos que estaban mirando aquella tarde nunca habían sido comprados.

Han Yi solo había querido mantenerla cerca.

Igual que conmigo.

Un año después, terminé la universidad.

No hubo una gran fiesta.

Solo una cena familiar.

Gu Zheng se sentó frente a mí.

Chen Feng también estaba allí.

Sobre la mesa estaba la pulsera de jade de mi madre.

Mi tío levantó la copa.

—Yulan estaría orgullosa.

Miré la pulsera.

—Ojalá hubiera podido conocerla de verdad.

Gu Zheng guardó silencio.

Después dijo:

—Ella te buscó hasta el último día.

Eso fue suficiente.

No necesitaba convertir mi pasado en algo perfecto.

Solo necesitaba saber que no había sido olvidada.

Meses después me mudé a la antigua casa de mi madre.

No era una mansión fría como imaginaba.

Había libros.

Cuadros.

Flores secas.

Y una habitación que llevaba años cerrada.

Dentro encontré fotografías mías.

Decenas.

Desde que era bebé.

Entonces comprendí algo.

Durante tres años pensé que Han Yi me había dado una vida.

Un apartamento.

Dinero.

Ropa.

Acceso a un mundo que creía demasiado grande para mí.

Pero él nunca me había dado nada esencial.

Solo me había hecho creer que necesitaba su permiso para existir en él.

El día que escribí:

“Terminemos.”

Pensé que estaba renunciando a cien mil yuanes al mes.

No sabía que, al otro lado de aquella decisión, me esperaba una herencia de cinco mil millones.

Pero, con el tiempo, entendí que esa tampoco había sido la verdadera fortuna.

La verdadera fortuna había sido otra.

Haber salido de una relación en la que siempre me recordaban cuál era mi lugar…

justo antes de descubrir que nunca había pertenecido debajo de nadie.

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