PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE AMARLO, ÉL EMPEZÓ A TENER MIEDO

Mi abogado se llamaba Samuel Reed.

Tenía cincuenta y tantos años, lentes de montura negra y la desagradable costumbre de decir la verdad sin suavizarla.

Cuando le expliqué mi situación, permaneció varios segundos mirando los documentos médicos.

—Entonces su memoria actual termina aproximadamente a los diecinueve años.

—Sí.

—¿Recuerda haberse casado con Adrian Valdés?

—No.

—¿Recuerda haber tenido un hijo?

Negué.

Samuel cerró lentamente la carpeta.

—Esto va a ser complicado.

—¿El divorcio?

—No.

Me miró.

—Lo complicado será descubrir qué ocurrió con sus bienes mientras usted estaba incapacitada.

Fruncí el ceño.

—¿Qué bienes?

Ahí empezó todo.

Antes de perder la memoria, yo había regresado legalmente a la familia Moreau como hija biológica.

Eso significaba que poseía acciones.

Propiedades.

Un fideicomiso creado por mi abuela.

Y una participación importante en Moreau Medical Technologies.

Yo no recordaba nada.

Pero los documentos sí.

Samuel colocó varios estados de cuenta delante de mí.

—Durante los meses posteriores a su accidente, alguien empezó a mover dinero desde cuentas que dependían de su autorización.

—¿Quién?

—Su esposo tenía poder temporal para administrar ciertos gastos médicos y familiares.

Sentí un frío desagradable.

—¿Adrian?

—Sí.

Pero Samuel levantó un dedo.

—No estoy diciendo que haya robado nada. Todavía no.

Pasó otra página.

—Lo que sí puedo demostrar es que durante ese periodo pagó numerosos gastos vinculados a Isabella.

Tratamientos.

Viajes.

Una vivienda.

Seguridad privada.

Incluso la matrícula de una institución extranjera.

Me quedé mirando las cifras.

—¿Con mi dinero?

—En parte con cuentas matrimoniales donde usted aportaba la mayoría.

Solté una risa pequeña.

—Entonces estaba pagando para que mi esposo cuidara a otra mujer.

Samuel no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Presenté la solicitud de divorcio aquel mismo día.

Adrian recibió la notificación cuarenta y ocho horas después.

Llegó a casa antes de medianoche.

Entró en mi habitación sin llamar.

—¿Qué significa esto?

Levantó los documentos.

Yo estaba leyendo.

—Parece una solicitud de divorcio.

—Sé leer.

—Entonces estamos avanzando.

Su rostro se oscureció.

—Retírala.

—No.

Creo que esa fue la primera vez que le respondí así.

No con rabia.

No llorando.

Simplemente no.

Adrian permaneció inmóvil.

—Sofía, estás enferma.

—Tengo amnesia.

—Exactamente. No puedes decidir algo así sin recordar nuestra relación.

Cerré el libro.

—Entonces explícame nuestra relación.

Abrió la boca.

—¿Me querías?

—Sí.

—¿Yo te quería?

Silencio.

—¿Dormías conmigo?

Su mandíbula se tensó.

—A veces.

—¿Defendías a Isabella?

—La situación era complicada.

—¿Permitiste que mi hijo me golpeara?

Su expresión cambió.

—Leo estaba alterado.

—¿Me echaste de casa?

—Tú habías lastimado a Isabella.

Asentí lentamente.

—Entonces lo entiendo bastante bien.

—No entiendes nada.

Por primera vez levantó la voz.

—¡Tú me perseguías por toda la casa! ¡Querías saber dónde estaba, con quién hablaba, cuándo regresaría! ¡Amenazabas con divorciarte cada vez que Isabella aparecía!

Lo observé.

—Suena agotador.

Adrian se quedó callado.

—Para ambos —añadí.

—No era eso lo que quería decir.

—Entonces deberías estar contento.

Me levanté.

—La mujer que te perseguía ya no existe.

No sé por qué aquella frase lo afectó tanto.

Quizá porque, durante años, Adrian había confundido mis celos con una garantía.

Mientras yo llorara por Isabella, seguía amándolo.

Mientras discutiera, seguía queriendo salvar nuestro matrimonio.

Mientras lo persiguiera, él nunca tendría que preguntarse qué ocurriría si un día me detenía.

Ahora lo sabía.

A la mañana siguiente, Isabella apareció en el desayuno.

Se sentó frente a Adrian.

Leo corrió inmediatamente hacia ella.

—Tía Isabella, quiero ir contigo al zoológico.

Ella sonrió.

—Si tu mamá deja.

Todos me miraron.

Antes habría interpretado aquello como provocación.

Ahora solamente respondí:

—Que vaya.

Adrian levantó la cabeza.

—¿No tienes problema?

—¿Por qué tendría?

—Eres su madre.

Miré a Leo.

Él estaba abrazado a Isabella y ni siquiera me miraba.

—Parece sentirse seguro con ella.

Leo levantó la barbilla.

—¡Quiero a tía Isabella más que a ti!

El comedor quedó en silencio.

Adrian me observó cuidadosamente.

Esperaba una reacción.

Yo tomé otro sorbo de café.

—Está bien.

La cuchara de Adrian cayó contra el plato.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que haga? ¿Competir con una mujer adulta por el cariño de un niño que apenas recuerdo?

Leo dejó de sonreír.

Isabella también.

Por primera vez parecía que mi indiferencia les resultaba más incómoda que mis antiguas escenas.

Durante los días siguientes ocurrió algo extraño.

Adrian empezó a regresar temprano.

Preguntaba dónde estaba.

Con quién había salido.

Por qué no lo esperaba para cenar.

Una noche entró en mi estudio y vio sobre la mesa una fotografía universitaria.

Yo estaba junto a Daniel Hayes.

Mi antiguo novio.

El hombre que, según mi amiga, seguía soltero.

Adrian tomó la foto.

—¿Por qué tienes esto?

—Porque Samuel encontró una caja con mis cosas antiguas.

—¿Sigues hablando con Daniel?

—Todavía no.

La palabra todavía hizo que su rostro se endureciera.

—Estás casada.

—Temporalmente.

—Sofía.

—¿Qué?

Se acercó.

—No vas a buscar a otro hombre mientras sigas siendo mi esposa.

Lo miré sorprendida.

—¿Y tú podías vivir con Isabella dentro de nuestra casa?

—No es lo mismo.

Sonreí.

—Claro.

Siempre había una explicación que convertía sus decisiones en necesidad y las mías en traición.

Pero entonces Samuel llamó.

—Encontramos algo.

Fui a su oficina al día siguiente.

Sobre la mesa había una copia de mi antiguo expediente médico.

—Después del accidente —explicó—, Adrian solicitó mantener vigente su poder administrativo alegando que usted no estaba en condiciones de tomar decisiones complejas.

—Eso ya lo sabía.

—Esto no.

Me mostró la fecha.

La solicitud había sido renovada cuatro meses después de que mis médicos documentaran que yo podía comprender decisiones financieras sencillas.

—¿Por qué lo renovó?

Samuel deslizó hacia mí una transferencia.

2,4 millones.

Destino:

Una fundación privada vinculada a Isabella Moreau.

Mi respiración cambió.

—¿Para qué?

—Oficialmente, tratamiento y rehabilitación.

—¿Dos millones cuatrocientos mil?

—Eso estamos revisando.

Entonces encontró otra cosa.

La fundación había comprado una propiedad.

Una villa.

Y el beneficiario de uso era Isabella.

Me quedé mirando el documento.

Adrian no solo había protegido a Isabella.

Había utilizado recursos vinculados a mí mientras yo ni siquiera recordaba quién era.

Cuando regresé a casa, él ya estaba esperando.

Samuel lo había notificado.

—Sofía, puedo explicarlo.

—Otra vez esa frase.

—Isabella estaba enferma.

—¿Y yo?

Silencio.

—Yo también estaba enferma, Adrian.

—Tenías todo cubierto.

—¿Por quién?

No respondió.

Entonces comprendí algo todavía más doloroso.

Mientras yo estaba recuperándome, mis padres biológicos prácticamente no me visitaban.

Adrian aparecía únicamente para firmar documentos y hablar con médicos.

Quien se había quedado conmigo era mi amiga Mia.

Era ella quien me enseñaba fotografías intentando devolverme recuerdos.

Ella quien me explicaba quién era Leo.

Ella quien dormía en el sofá del hospital cuando yo despertaba asustada.

Mi supuesta familia había seguido viviendo.

Yo había sido administrada.

No acompañada.

—Quiero que salgas de la habitación —dije.

Adrian no se movió.

—No voy a permitir este divorcio.

—No necesitas permitirlo.

Entonces ocurrió algo que jamás habría esperado.

Sus ojos se pusieron rojos.

—¿De verdad no recuerdas nada de mí?

La pregunta no sonó arrogante.

Sonó desesperada.

Negué.

—A veces tengo imágenes.

—¿Qué imágenes?

—Una puerta cerrándose.

Su rostro cambió.

—Una escalera.

Bajó la mirada.

—Leo llorando.

Se quedó completamente inmóvil.

—Y tú diciéndome que dejara de competir con Isabella.

Adrian respiró hondo.

—También hubo cosas buenas.

—Seguramente.

—Yo te quería.

—Quizá.

—Te quiero.

Esa vez sí me sorprendió.

—No.

—¿Cómo puedes saberlo si no recuerdas?

—Porque todo lo que me cuentas sobre nuestro matrimonio termina conmigo rogando y contigo eligiendo a otra persona.

No pudo responder.

La investigación financiera continuó.

Y finalmente apareció la prueba que cambió todo.

La transferencia de 2,4 millones no había sido solicitada originalmente por Adrian.

La solicitud provenía de Isabella.

Pero necesitaba su autorización.

Adrian la había firmado.

Otra vez sin leer cuidadosamente.

Otra vez creyendo que cualquier cosa relacionada con Isabella merecía una excepción.

Samuel encontró además correos donde mis padres le pedían que mantuviera ciertos asuntos económicos lejos de mí “hasta que estuviera emocionalmente estable”.

Mi madre había escrito:

“Si Sofía recupera el control del fideicomiso, puede castigar a Isabella.”

Adrian respondió:

“Déjenmelo a mí.”

Leí aquella frase varias veces.

Toda mi vida adulta había sido reducida a eso.

Personas decidiendo qué podía saber.

Qué podía administrar.

A quién debía perdonar.

Cómo debía sentirme.

Presenté una solicitud para recuperar plenamente la administración de mis bienes con supervisión profesional mientras mi situación médica se evaluaba.

Y pedí salir de aquella casa.

Adrian apareció mientras preparaba las maletas.

—¿Adónde vas?

—A un apartamento.

—Esta es tu casa.

—No la siento así.

—Yo soy tu esposo.

Lo miré.

—Tampoco te siento así.

Fue entonces cuando perdió el control.

No me hizo daño.

No gritó.

Simplemente se quedó frente a la puerta como si de pronto hubiera olvidado cómo respirar.

—Antes habrías hecho cualquier cosa para que no me fuera.

—Eso me dijeron.

—Me seguías incluso cuando te echaba.

—Eso también me dijeron.

—Entonces ¿cómo puedes irte así?

Cerré la maleta.

—Porque esa mujer te amaba.

Me puse el abrigo.

—Yo no la recuerdo.

Pasé junto a él.

Y por primera vez Adrian comprendió que mi amnesia no le había quitado únicamente una esposa obsesionada con recuperarlo.

Le había quitado aquello que él había dado por hecho durante años:

mi amor.

La memoria podía regresar algún día.

Los médicos decían que era posible.

Pero había algo que yo ya sabía.

Aunque recordara cada beso.

Cada aniversario.

Cada noche en la que había creído que Adrian Valdés era mi mundo…

no estaba obligada a convertirme otra vez en aquella mujer.

Porque olvidar mi vida anterior había sido una tragedia.

Pero también me había dado una oportunidad que casi nadie recibe:

mirar mi matrimonio sin nostalgia.

Y preguntarme, como una desconocida:

Si conociera hoy a este hombre por primera vez… volvería a elegirlo?

La respuesta fue tan sencilla que Adrian todavía no podía soportarla.

No.

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