PARTE 2: EL YATE YA ESTABA ESCUCHANDO

No bajé corriendo.

No enfrenté a Flynn.

No cometí el error de dejarles saber que había escuchado.

Volví a mi camarote agarrándome de las paredes y cerré la puerta.

Lo primero que hice fue provocar el vómito de las pastillas que aún no se habían disuelto del todo.

Luego bebí agua.

Después miré mi teléfono.

Sin señal.

El wifi del yate estaba desconectado.

Claro.

Flynn llevaba dos días diciendo que había una avería.

Abrí el cajón donde guardaba mis documentos.

Pasaporte.

Tarjetas.

Teléfono satelital de emergencia.

Vacío.

Entonces recordé algo que mi padre había insistido en instalar cuando compró el yate.

—Un barco de lujo sigue siendo un barco —me había dicho—. Si ocurre una emergencia, quiero redundancia.

Había un sistema de comunicación independiente en el pequeño despacho de navegación junto a la suite principal.

Llegué hasta allí y encontré el panel.

Pedía un código.

Probé mi cumpleaños.

Error.

El de mi padre.

Error.

Entonces recordé la contraseña que utilizaba para todo lo relacionado conmigo cuando era niña.

El cumpleaños de mamá.

La pantalla se iluminó.

Tenía conexión.

No llamé a mi padre inmediatamente.

Primero envié un mensaje corto al jefe de seguridad de nuestra familia, Daniel Mercer.

“Emergencia real. Flynn y sus padres planean hacerme desaparecer esta noche. También amenazaron a mis padres. No me llames. Localiza el yate.”

Después envié otro a mi padre.

“Cancela el viaje a las montañas. Habla con Daniel. No contactes a Flynn.”

La respuesta llegó menos de un minuto después.

“Recibido. Quédate donde haya cámaras. No comas ni bebas nada. La ayuda está en marcha.”

Casi lloré.

Pero todavía estaba atrapada en medio del Caribe.

Entonces escuché pasos.

Apagué la pantalla.

Flynn abrió la puerta.

—Cariño.

Me encontró tumbada en el sofá.

—¿Sigues mareada?

Asentí débilmente.

Sonrió.

En su mano llevaba un vaso.

—Te traje agua con tu medicina.

Lo acepté.

No bebí.

—Gracias.

Se sentó junto a mí.

—Esta noche deberías descansar.

—Eso quiero.

—Quizá después salgamos un momento a tomar aire.

Sentí que se me helaba la sangre.

Pero apoyé la cabeza contra su hombro.

—Claro.

Flynn besó mi cabello.

—Te quiero.

Nunca había escuchado dos palabras sonar tan vacías.

Cuando salió, vertí el contenido del vaso en el lavabo.

A las once y media fingí estar casi dormida.

A medianoche comenzó la tormenta.

Flynn regresó.

—Amor.

Me tocó el hombro.

—Vamos afuera.

—Estoy cansada.

—El aire te hará bien.

Insistió.

Me levanté lentamente.

Pero no fuimos a la cubierta de popa.

Al llegar al pasillo me detuve.

—Quiero mi abrigo.

—No hace frío.

—Flynn, estoy temblando.

Su mandíbula se tensó.

Ese pequeño retraso era exactamente lo que necesitaba.

Porque detrás de nosotros apareció el capitán.

—Señor Sterling.

Flynn se giró.

—¿Qué?

—Tenemos una comunicación urgente.

—Luego.

—No puede esperar.

El capitán me miró.

Solo durante un segundo.

Pero entendí.

Mi mensaje había llegado más lejos de lo que Flynn imaginaba.

El capitán había recibido instrucciones de mantenerme en una zona segura y preservar los registros del barco mientras las autoridades competentes coordinaban nuestra llegada al puerto más cercano.

Flynn todavía no lo sabía.

—Elena —dijo—, vuelve al camarote.

No me moví.

Entonces Aidan apareció desde la escalera.

Fiona detrás.

Los tres se quedaron inmóviles al ver a dos miembros adicionales de la tripulación acercándose.

—¿Qué está pasando? —preguntó Fiona.

El capitán respondió:

—Regresamos a puerto.

Flynn palideció.

—No.

—Es una orden de seguridad.

—Este yate pertenece a mi esposa.

—Exactamente.

Por primera vez lo miré directamente.

Flynn entendió.

—Escuchaste.

No respondí.

Su rostro cambió completamente.

Ya no estaba viendo a su esposa.

Estaba viendo cómo desaparecían trescientos millones.

—Elena, puedo explicarlo.

—Perfecto.

Señalé discretamente una cámara del pasillo.

—Explícalo.

No dijo una palabra más.

Horas después llegamos a puerto bajo supervisión.

Yo fui examinada por profesionales médicos y entregué mi relato a las autoridades.

Los análisis respaldaron que había estado expuesta a sustancias que no debía haber ingerido.

Los registros del yate fueron preservados.

Y entonces llegó la primera sorpresa.

Flynn había mentido incluso a sus padres.

No existía ningún mecanismo por el cual mi desaparición enviara automáticamente trescientos millones a sus cuentas.

El supuesto poder que tanto presumía tener tampoco le concedía lo que afirmaba.

Mi padre había detectado irregularidades antes de la boda.

Sin decírmelo, había pedido a sus abogados que limitaran cualquier autorización financiera que pudiera afectar al patrimonio familiar.

Flynn creía que había conseguido acceso a una fortuna.

En realidad, llevaba meses intentando abrir una puerta que nunca había estado desbloqueada.

Pero había algo peor.

Daniel me visitó al día siguiente.

—Encontramos a los hombres que supuestamente esperaban a tus padres.

Mi corazón se detuvo.

—¿Están bien?

—Tus padres están seguros.

Respiré.

Daniel colocó una carpeta sobre la mesa.

—Pero uno de esos hombres estaba relacionado con una empresa que Flynn utilizó antes de conocerte.

—¿Qué empresa?

—Una consultora patrimonial.

Fruncí el ceño.

—Flynn nunca trabajó en eso.

Daniel me sostuvo la mirada.

—Sí trabajó.

Abrió la carpeta.

Había fotografías de Flynn.

Más joven.

Con otro apellido comercial.

Y junto a él aparecía una mujer.

Rubia.

Sonriendo.

—¿Quién es?

Daniel tardó demasiado en responder.

—La mujer con la que Flynn decía que quería vivir después de conseguir tu dinero.

Su amante.

Pero eso no fue lo que me dejó helada.

Fue la siguiente fotografía.

Ella estaba abrazando a otra persona.

Aidan.

Mi suegro.

—No entiendo.

—Nosotros tampoco al principio.

Daniel pasó otra página.

La mujer no era simplemente la amante secreta de Flynn.

Había trabajado durante años con Aidan.

Y existían indicios de que mi matrimonio había sido preparado mucho antes de que Flynn fingiera conocerme accidentalmente en aquella gala benéfica.

Yo no había conocido al hombre equivocado.

Había sido seleccionada.

El proceso legal duró mucho tiempo.

Yo cooperé con la investigación y dejé que las pruebas determinaran responsabilidades.

No volví a estar sola con Flynn.

Mis padres cancelaron inmediatamente su viaje.

Y mi padre hizo algo que jamás olvidaré.

Cuando vino a buscarme, no preguntó por los trescientos millones.

Me abrazó.

—Puedo perder todo el dinero —susurró—. A ti no.

Meses después regresé al yate.

Era la primera vez desde aquella noche.

Caminé hasta la cubierta de popa.

El océano estaba tranquilo.

Daniel me preguntó si quería venderlo.

Miré el horizonte.

—No.

—¿Estás segura?

Asentí.

Flynn había querido convertir aquel barco en el lugar donde terminara mi historia.

No iba a regalárselo ni siquiera en mis recuerdos.

Me apoyé en la barandilla.

Tres meses antes había pensado que estaba viviendo una luna de miel.

Después descubrí que mi marido había convertido nuestro matrimonio en una operación para acercarse a mi patrimonio.

Pero cometió un error.

Creyó que las pastillas me mantendrían dormida.

Creyó que el océano borraría todas las preguntas.

Y, sobre todo, creyó que casarse conmigo significaba que mis trescientos millones ya estaban a su alcance.

No entendió algo que mi padre llevaba toda la vida enseñándome:

una fortuna puede protegerse con contratos.

Una familia puede protegerse con seguridad.

Pero aquella noche, en medio del Caribe, lo que me salvó primero fue algo que Flynn jamás había considerado peligroso.

Que su esposa despertara unas horas antes de lo previsto.

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