PARTE 2: LA PUERTA DE AL LADO

Isabella durmió poco.

A la mañana siguiente encontró a Ethan en la cocina preparando café.

—Buenos días —dijo él.

Como si no hubiera escuchado absolutamente nada la noche anterior.

Eso la irritó más de lo razonable.

—¿Claire?

Ethan levantó una ceja.

—¿Qué?

—La mujer que te escribió.

—¿Qué pasa con ella?

—Nada. Solo preguntaba.

—Entonces sí. Claire.

Isabella esperó una explicación.

No llegó.

Durante las siguientes semanas descubrió algo todavía peor: Ethan había cambiado.

Seguía siendo educado. Seguía lavando su taza después de usarla y dejando el baño impecable.

Pero ya no orbitaba alrededor de Isabella.

Salía sin explicar adónde iba.

Recibía llamadas y sonreía.

Algunos viernes no regresaba hasta tarde.

Isabella empezó a odiar el sonido de la puerta cerrándose detrás de él.

Julian lo notó.

—Últimamente estás rara.

Estaban cenando cuando lo dijo.

—Estoy cansada.

—Desde que apareció tu ex.

—Ethan no tiene nada que ver.

Julian sonrió.

—Entonces ¿por qué acabas de decir su nombre? Yo solo dije “tu ex”.

Isabella dejó el tenedor.

—No empieces.

Julian cambió de tema.

Una hora después canceló los planes que tenían para el fin de semana.

Había surgido “algo increíble” con unos amigos.

Antes Isabella habría encontrado aquella espontaneidad emocionante.

Esta vez preguntó:

—¿Y nuestros planes?

—Podemos hacerlos otro día.

La frase le resultó extrañamente familiar.

No porque Ethan la hubiera dicho alguna vez.

Precisamente porque nunca lo hacía.

Ethan podía ser aburridamente cuidadoso, pero cuando prometía estar, estaba.

Esa noche Isabella regresó temprano.

Escuchó voces en la cocina.

Una mujer estaba allí.

Alta, elegante, cabello oscuro.

Claire.

Ethan se rio de algo que ella había dicho.

Isabella se detuvo.

Aquella risa tampoco la recordaba.

—Hola —dijo Claire al verla—. Tú debes ser Isabella.

—¿Me conoces?

Claire miró a Ethan.

—Desde hace años.

Aquello dolió.

—¿Sois pareja?

Ethan respondió:

—No.

Isabella sintió un alivio inmediato y lo odió.

Claire sonrió.

—Somos compañeros de trabajo. Y amigos.

Después se marchó.

Cuando quedaron solos, Isabella preguntó:

—¿Por qué pensaba que me conocía?

Ethan siguió guardando los platos.

—Porque hablaba de ti.

—¿Después de terminar?

—Durante bastante tiempo.

La respuesta la dejó sin defensa.

—¿Qué decías?

Ethan la miró.

—Que había perdido a alguien importante.

Isabella sintió un nudo en la garganta.

—Nunca intentaste recuperarme.

—Me dijiste que querías irte.

—Podías haber luchado.

Ethan dejó el plato.

—Eso es exactamente lo que nunca entendiste de mí.

Su voz seguía siendo tranquila, pero esta vez no era fría.

—Tú querías que ignorara tu “no” para demostrarte pasión. Querías que insistiera cuando me pedías espacio. Que sintiera celos. Que hiciera alguna locura.

Isabella no respondió.

—Pero yo te quería demasiado para convertir tus límites en una prueba.

Aquella frase la acompañó durante días.

Y entonces Julian desapareció.

No literalmente.

Simplemente dejó de contestar durante cuarenta y ocho horas.

Cuando regresó, apareció sonriendo con entradas para un concierto.

—Sorpresa.

Isabella no sonrió.

—¿Dónde estabas?

—Por ahí.

—¿Con quién?

Julian soltó una carcajada.

—¿Desde cuándo hacemos interrogatorios?

Por primera vez, aquello que antes parecía libertad le pareció irresponsabilidad.

—Tenía que ir contigo a la cena de mi madre.

—Se me olvidó.

—Te lo recordé esa mañana.

Julian se encogió de hombros.

—Isabella, si quieres un hombre con agenda y horarios, vuelve con Ethan.

El silencio cayó entre ambos.

Julian comprendió inmediatamente que había tocado algo real.

—¿Todavía lo amas?

Isabella quiso responder que no.

Pero no pudo.

Julian se levantó.

—Eso pensé.

La relación terminó aquella noche.

Sin lluvia.

Sin persecuciones.

Sin una reconciliación dramática.

Solo dos personas comprendiendo que la intensidad no había sido suficiente para construir algo estable.

Cuando Isabella regresó al apartamento, encontró cajas junto a la habitación de Ethan.

Sintió pánico.

—¿Te vas?

—Sí.

—¿Por qué?

—Encontré otro apartamento.

—¿Por Claire?

Ethan casi sonrió.

—Otra vez Claire.

—Entonces dime por qué.

Ethan cerró una caja.

—Porque vivir contigo está empezando a hacerme daño.

Eso la silenció.

—Pensé que ya no sentías nada.

—Nunca dije eso.

Isabella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Terminé con Julian.

Ethan cerró los ojos.

—No me digas eso ahora.

—¿Por qué?

—Porque no quiero convertirme en el lugar seguro al que regresas después de descubrir que el incendio quemaba.

La frase dolió porque era justa.

Isabella se acercó, pero mantuvo distancia.

—No quiero que seas mi segunda opción.

—Entonces ¿qué quieres?

Ella tardó en responder.

—Entender por qué confundí sentirme segura contigo con no sentir nada.

Ethan la observó.

—Eso tienes que descubrirlo tú.

Y se marchó.

Durante tres meses Isabella no lo persiguió.

Por primera vez hizo algo que Ethan le había enseñado años atrás.

Respetó una decisión aunque doliera.

Empezó terapia.

Cambió de trabajo.

Aprendió a reconocer cuánto había confundido incertidumbre con emoción.

Entonces, una tarde, recibió un sobre.

No tenía remitente.

Dentro había una fotografía vieja.

Dos niños sentados sobre aquella cerca blanca de su infancia.

Ella tenía ocho años.

Ethan, nueve.

Detrás había una frase escrita con letra femenina:

“Pregúntale por qué se fue realmente aquella primera vez.”

Isabella llamó a Ethan.

—¿Tú enviaste esto?

—¿Enviar qué?

Le mandó una fotografía.

Ethan tardó demasiado en responder.

—¿Dónde conseguiste eso?

—Llegó hoy.

Silencio.

—Ethan, ¿quién tomó esta foto?

—Mi madre.

—¿Entonces quién la tenía?

Otra pausa.

—Claire.

Isabella sintió un vuelco.

—¿Por qué Claire tiene fotografías de nuestra infancia?

Ethan exhaló.

—Porque Claire no es solo mi compañera de trabajo.

—¿Quién es?

—Mi hermana.

Isabella se quedó inmóvil.

Ethan nunca había tenido una hermana.

Al menos, eso había creído durante toda su vida.

—No entiendo.

—Yo tampoco lo entendía hasta hace dos años.

La voz de Ethan cambió.

—Claire apareció después de la muerte de mi padre con cartas que él había escondido durante décadas.

—¿Qué tiene eso que ver conmigo?

—Mucho.

Hubo otro silencio.

—La noche en que terminamos, mi padre ya estaba enfermo. Antes de morir me hizo prometer que, si tú querías alejarte, no intentaría detenerte.

Isabella sintió frío.

—¿Por qué?

—Porque nuestras familias llevaban años ocultándonos algo.

—¿Qué?

Ethan respondió lentamente:

—La cerca entre nuestras casas nunca separó a dos familias desconocidas.

—Ethan…

—Nuestros padres habían comprado ambas propiedades juntos.

Isabella apretó el teléfono.

—¿Para qué?

—Eso es lo que Claire está intentando descubrir.

Después añadió:

—Pero encontró una carta de tu madre escrita antes de que nosotros naciéramos.

Isabella dejó de respirar.

Su madre había muerto hacía doce años.

—¿Qué decía?

Ethan tardó varios segundos.

—Que si tú y yo algún día nos enamorábamos, nadie debía permitir que nos casáramos hasta conocer la verdad sobre los Bennett y los Reed.

Isabella miró nuevamente aquella fotografía.

Había pasado años creyendo que la historia más complicada entre ellos era decidir si la calma podía ser amor.

Ahora comprendía que Ethan había vuelto a vivir al otro lado de su pared por una razón que quizá ni siquiera él conocía completamente.

Y aquella fotografía era la primera prueba de que su historia había comenzado mucho antes de que ambos fueran capaces de recordarla.

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