PARTE 2: LA LLAMADA DEL BANCO

Setenta y dos horas después, Ricardo estaba sentado en la sala de juntas de Montiel Desarrollo cuando recibió la llamada.

—Señor Montiel, hemos suspendido temporalmente nuevas disposiciones de sus líneas corporativas mientras completamos una revisión de garantías vinculadas a Corredor Norte.

Ricardo se levantó de golpe.

—¿Suspendido? Tenemos una obra en marcha.

—Precisamente por eso necesitamos verificar la documentación.

—¿Quién pidió esa revisión?

Hubo una pausa.

—Uno de nuestros principales participantes institucionales: Arriaga Capital.

El nombre lo dejó inmóvil.

Arriaga Capital no era una pequeña firma.

Administraba miles de millones en inversiones inmobiliarias, infraestructura y deuda privada.

Además, participaba indirectamente en dos de los vehículos financieros que respaldaban Corredor Norte.

Ricardo llamó inmediatamente a Javier.

—Averigua qué demonios quiere Arriaga.

Javier tardó menos de una hora en devolverle la llamada.

Su voz sonaba diferente.

—Ricardo… tenemos otro problema.

—¿Cuál?

—La revisión no empezó por una denuncia anónima.

—Entonces ¿quién?

—La autorizó Elena.

Ricardo soltó una carcajada.

—¿Elena?

—Elena Arriaga Torres.

La risa desapareció.

—¿Qué dijiste?

Javier respiró profundamente.

—Tu exesposa forma parte del consejo de Arriaga Capital.

Ricardo se quedó mirando la pared.

Entonces recordó la pulsera.

Durante tres años había visto a Elena usar aquella pieza antigua de oro sin darle importancia.

Una vez Beatriz incluso se había burlado.

—Parece joyería de abuela.

Ricardo buscó el apellido Arriaga.

La primera fotografía que apareció fue de Alejandro Arriaga, fundador del grupo.

A su lado estaba una mujer fallecida años atrás.

Llevaba exactamente la misma pulsera.

Ricardo dejó caer el teléfono.

Pero aquello solo era el principio.

La revisión encontró inconsistencias en varias operaciones de Corredor Norte.

Avalúos que no coincidían.

Empresas relacionadas cobrando servicios difíciles de justificar.

Garantías presentadas sobre terrenos cuya situación jurídica era más complicada de lo que Ricardo había informado a algunos financiadores.

Y una sociedad llamada MS Urbanización.

Elena reconoció inmediatamente las iniciales.

Montiel Santillán.

Pidió que los abogados siguieran el rastro.

No quería destruir a Ricardo por haberla dejado.

Quería saber si la empresa en la que había vivido durante tres años estaba utilizando estructuras que pudieran comprometer también bienes o firmas vinculados a ella.

La respuesta llegó aquella misma tarde.

MS Urbanización había recibido pagos importantes relacionados con estudios preliminares de Corredor Norte.

Uno de sus beneficiarios estaba relacionado con la familia de Camila.

Aquello explicaba mucho.

Ricardo no solo quería casarse con ella.

Necesitaba a los Santillán.

Mientras tanto, Beatriz seguía sin comprender la gravedad.

—Esa mujer está despechada —dijo durante una reunión familiar—. Dale dinero y se acabó.

Ricardo golpeó la mesa.

—¡No necesita mi dinero!

—Claro que sí.

Ricardo giró el portátil hacia su madre.

En pantalla aparecía una fotografía de Elena entrando en la sede de Arriaga Capital.

Traje oscuro.

Cabello recogido.

Una docena de ejecutivos esperándola.

Beatriz palideció.

—¿Ella?

—Sí.

—Pero trabajaba en una fundación.

—La fundación también pertenece al grupo Arriaga.

Beatriz se dejó caer en la silla.

Por primera vez entendió que aquella mujer a la que había revisado las maletas para asegurarse de que no robara ninguna joya podía haber comprado varias veces todo lo que había dentro de la mansión.

Pero Elena no llamó.

No presumió.

No pidió volver.

Simplemente continuó con el divorcio.

Fue Ricardo quien apareció en Arriaga Capital una semana después.

No consiguió pasar de recepción.

—Dígale a Elena que necesito hablar con ella.

La recepcionista mantuvo la sonrisa profesional.

—La señora Arriaga Torres no tiene ninguna reunión programada con usted.

—Soy su esposo.

—Según la información que tenemos, están en proceso de divorcio.

Ricardo apretó la mandíbula.

Finalmente Elena aceptó verlo en presencia de abogados.

Entró en la sala sin la ropa sencilla que él recordaba.

Pero tampoco llevaba diamantes ni símbolos de riqueza.

Solo aquella pulsera.

—¿Congelaste mis cuentas? —preguntó Ricardo.

—No.

—¡Mi empresa no puede utilizar sus líneas!

—El banco tomó sus propias medidas mientras revisa información que considera relevante.

—Todo empezó después de tu llamada.

—Pedí una revisión. No inventé los documentos que encontraron.

Ricardo bajó la voz.

—Esto es por Camila.

Elena lo miró durante varios segundos.

—Camila fue la razón por la que dejé de protegerte de tus propias decisiones. No es la razón por la que esas decisiones existen.

Ricardo se quedó callado.

Entonces Elena deslizó un documento hacia él.

Era una autorización vinculada a MS Urbanización.

En una página aparecía una firma.

Elena Torres.

Ricardo perdió el color.

—Yo nunca firmé esto —dijo ella.

—Elena…

—Durante nuestro matrimonio me pediste firmar decenas de documentos administrativos. Por eso quiero saber exactamente cómo terminó mi nombre aquí.

Ricardo miró a Javier.

El abogado tampoco parecía conocer aquel papel.

—¿Quién preparó esto? —preguntó Javier.

Ricardo no respondió.

Esa reacción bastó para que Elena entendiera que sabía algo.

La revisión continuó.

Y entonces Camila Santillán desapareció de las reuniones de Corredor Norte.

Su padre también dejó de responder llamadas de Ricardo.

Dos días después, Camila pidió hablar con Elena.

Llegó acompañada por su propio abogado.

—No sabía que estabas casada con él cuando empezó —dijo.

Elena ni siquiera reaccionó.

—No vine a discutir vuestra relación.

—Lo sé.

Camila colocó su teléfono sobre la mesa.

—Vine porque Ricardo me mintió sobre otra cosa.

Había mensajes entre Ricardo y Ernesto Santillán.

En uno, Ricardo escribía:

“Después del divorcio tendremos acceso limpio. Elena ya no podrá interferir.”

Elena frunció el ceño.

—¿Acceso a qué?

Camila negó.

—Eso mismo pregunté.

Entonces mostró la respuesta de su padre:

“A la participación Arriaga. Para eso necesitabas casarte con ella.”

El silencio se hizo absoluto.

Ricardo había afirmado no conocer mi verdadera familia.

Pero ese mensaje era de cuatro años atrás.

Meses antes de nuestra boda.

Elena sintió que algo dentro de ella se enfriaba.

—¿Tu padre sabía quién era yo?

Camila comenzó a llorar.

—Sí.

—¿Y Ricardo?

Camila deslizó otra captura.

Esta vez era un mensaje enviado por Ricardo.

“Ella cree que la conocí por casualidad en la fundación. Mantengámoslo así.”

Elena no dijo nada durante varios segundos.

Tres años enteros de matrimonio cambiaron de significado.

La primera cita.

La propuesta.

Las preguntas casuales sobre su madre.

El interés de Ricardo por saber por qué Elena nunca participaba activamente en Arriaga Capital.

Quizá nunca había sido casualidad.

Aquella noche Elena llamó a su padre.

—Necesito preguntarte algo.

—Dime.

—¿Por qué los Santillán querían acceso a nuestra participación?

Al otro lado de la línea hubo un silencio demasiado largo.

—Elena, ¿dónde escuchaste eso?

—Papá.

Alejandro Arriaga suspiró.

—Ven mañana. Hay algo que debí contarte antes de que te casaras.

—¿Sobre Ricardo?

—No.

Su respuesta me inquietó todavía más.

—Sobre Corredor Norte.

A la mañana siguiente, mi padre colocó sobre la mesa un plano fechado doce años atrás.

El proyecto todavía no se llamaba Corredor Norte.

Pero reconocí inmediatamente los terrenos.

—Tu madre los compró antes de morir —dijo.

Levanté la mirada.

—¿Qué?

—A través de una sociedad familiar.

Señaló el nombre del beneficiario final.

Elena Arriaga Torres.

Sentí que se me cerraba la garganta.

Ricardo llevaba años buscando financiación para construir su proyecto más importante.

Pero una parte estratégica del suelo que necesitaba controlar nunca había pertenecido realmente a los Montiel.

Pertenecía a mí.

Mi padre cerró la carpeta.

—Ahora entiendes por qué necesitaban que te casaras con Ricardo.

Miré aquella pulsera que había sacado de la mansión bajo la lluvia.

Yo había creído que mi marido me echó porque había encontrado una mujer más conveniente.

La verdad era mucho peor.

Ricardo no se había casado conmigo antes de conocer mi apellido.

Se había casado conmigo precisamente porque ya lo conocía.

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