Nathaniel intentó arrancarme la carpeta.
Ethan Reed se interpuso.
—No la toque.
Mi esposo lo miró furioso.
—Esto no te incumbe.
—Como vicepresidente y miembro del consejo, cualquier conducta que comprometa a la empresa sí me incumbe.
Aquello hizo callar a todos.
Abrí el acuerdo de divorcio.
—Nathaniel, llevas meses pensando que Bianca era el único secreto que tenías que ocultarme.
Su expresión cambió.
Porque ambos sabíamos que no era cierto.
Durante las últimas semanas había descubierto pagos extraños, facturas personales cargadas a la compañía y transferencias hacia una consultora desconocida.
La propietaria era Bianca.
—¿Cuánto le transferiste? —pregunté.
—No sé de qué hablas.
Ethan dejó varios documentos sobre el escritorio.
—Yo sí.
Nathaniel palideció.
Lo miré sorprendida.
Ethan explicó que Finanzas había detectado operaciones irregulares y que llevaba semanas preparando un informe para el consejo.
Bianca dejó de llorar.
—Nathaniel me dijo que Victoria había autorizado esos pagos.
Me reí.
—¿Yo?
Saqué el último documento de mi carpeta.
—Entonces tenemos un problema.
Era el acuerdo original de accionistas.
Nathaniel siempre presumía de ser dueño de la empresa.
La realidad era diferente.
Cuando comenzamos, mi padre había aportado el capital que evitó nuestra quiebra. A cambio, las acciones quedaron repartidas de manera que yo conservaba una participación decisiva junto con un fideicomiso familiar.
Nathaniel nunca pudo vender, comprometer ni transferir determinados activos sin autorización.
Mi autorización.
—Mañana habrá reunión extraordinaria del consejo —dije—. Voy a solicitar tu suspensión mientras se auditan estas operaciones.
Nathaniel soltó una carcajada nerviosa.
—¿Vas a echar al fundador?
Ethan respondió:
—A uno de ellos.
Silencio.
Nathaniel me miró.
Durante diez años había permitido que las revistas lo llamaran fundador porque nunca necesité aparecer en las fotografías.
Ahora aquel silencio mío se había convertido en su peor error.
Bianca tomó su bolso.
—Yo no sabía nada de esto.
Nathaniel giró hacia ella.
—¿Ahora vas a abandonarme?
—Me dijiste que controlabas la compañía.
Aquella frase fue suficiente.
No hacía falta preguntarse cuánto duraría aquel supuesto gran amor.
Salí de la oficina.
Nathaniel me siguió hasta el ascensor.
—Victoria, espera.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Metió una mano para detenerlas.
—Cometí un error.
—No. Un error ocurre una vez. Tú construiste una mentira y luego la financiaste con algo que también era mío.
—Podemos arreglar nuestro matrimonio.
Lo observé sin rabia.
Eso pareció asustarlo más.
—Nuestro matrimonio terminó cuando abrí aquella puerta.
Al día siguiente, el consejo suspendió temporalmente a Nathaniel mientras se revisaban las operaciones cuestionadas. La auditoría confirmó gastos que no habían seguido los procedimientos internos, y los abogados se encargaron del resto.
Bianca renunció.
Nathaniel y yo nos divorciamos.
Meses después recibí una caja en mi nueva oficina.
Dentro estaba el ramo que nunca llegué a entregarle aquel aniversario, ya completamente seco.
Nathaniel había añadido una nota:
“Ahora entiendo lo que perdí.”
La doblé y la guardé en la caja.
No porque quisiera conservar un recuerdo suyo.
Sino porque finalmente entendía algo que durante diez años había olvidado:
yo también había fundado aquella empresa.
Yo también había construido aquella vida.
Y nunca había necesitado estar detrás de Nathaniel para tener valor.
Aquella mañana entré en la sala del consejo y vi mi nombre grabado por primera vez en la placa principal:
VICTORIA GRANT — PRESIDENTA EJECUTIVA.
Ethan me abrió la puerta.
—¿Preparada?
Miré la ciudad a través del mismo ventanal donde había descubierto la traición.
Esta vez, mi reflejo estaba solo.
Y no parecía vacío.
Parecía libre.
—Más que nunca —respondí.
Y entré.