Marcus permaneció frente a mí con la copa levantada.
—¿Por qué regresaste, Claire?
—Negocios.
Su mirada se endureció.
—¿Qué negocios?
Antes de responder, las puertas del salón se abrieron.
Entraron tres abogados acompañados por el presidente de la Autoridad Portuaria.
El murmullo desapareció.
—Señores —anunció—, esta noche confirmaremos al nuevo grupo inversor de la terminal oeste.
Marcus dejó lentamente su copa.
El presidente extendió una mano hacia mí.
—Señora Claire Sullivan, bienvenida nuevamente a Harbor City.
Marcus se quedó inmóvil.
Sullivan.
El apellido hizo que varias personas se miraran.
Era el apellido de Lily.
—¿Qué significa esto? —preguntó Marcus.
Saqué una carpeta.
Durante mis ocho años lejos había descubierto algo que él nunca supo.
El padre de Lily había utilizado empresas pantalla para apropiarse de participaciones que pertenecían a mi difunto abuelo. Mi familia había sido expulsada del puerto décadas atrás mediante documentos manipulados.
Yo había pasado años reuniendo pruebas y comprando silenciosamente las acciones que salían al mercado.
Ahora controlaba suficiente participación para recuperar el lugar que habían robado a mi familia.
Y había algo más.
—¿Dónde está Lily? —pregunté.
Marcus tensó la mandíbula.
—Se fue hace siete años.
—¿Después de quedarse con la división oeste?
Él guardó silencio.
Uno de mis abogados colocó varios documentos sobre la mesa.
Lily había vendido activos de aquella división antes de desaparecer del país.
Entre ellos figuraban propiedades adquiridas parcialmente con los 990.000 que Marcus había retirado de nuestra cuenta.
Marcus hojeó las páginas.
Su rostro perdió color.
—No sabía esto.
—Ese fue siempre tu problema —respondí—. Decidías primero y me informabas después.
—Claire, yo devolví ese dinero.
Lo miré.
—¿A quién?
Silencio.
Él había depositado años después una cantidad equivalente en una cuenta cerrada que yo jamás volvió a utilizar.
Para Marcus, aquello significaba reparar el daño.
Para mí, nunca se había tratado solamente del dinero.
—Me divorcié de Lily el mismo día que te marchaste —dijo de pronto—. Fui al aeropuerto.
Aquello sí me sorprendió.
—Llegué demasiado tarde. Te busqué durante años.
Respiró hondo.
—No estuve con nadie más.
—Lo sé.
Sus ojos mostraron esperanza.
La destruí inmediatamente.
—Y no cambia nada.
Marcus apretó la mandíbula.
—¿Ni siquiera quieres saber por qué me divorcié?
—Porque finalmente descubriste que podía irme.
Me acerqué un paso.
—Yo te pedí tres veces que me eligieras cuando todavía estaba allí. Lo hiciste cuando ya me habías perdido.
No respondió.
Entonces el presidente de la Autoridad Portuaria pidió nuestras firmas.
Marcus observó el contrato.
Mi grupo se convertía oficialmente en socio mayoritario de la terminal oeste.
La misma división por la que él había sacrificado nuestra relación para proteger a Lily.
Firmé.
Claire Sullivan.
Marcus miró mi nombre durante varios segundos.
—Así que esto era lo que venías a recuperar.
Negué.
—No.
Cerré la carpeta.
—Vine a recuperar mi lugar.
Meses después, las propiedades obtenidas mediante las antiguas operaciones fraudulentas quedaron sometidas a los procedimientos legales correspondientes. Marcus cooperó y entregó documentación que ayudó a reconstruir parte de lo ocurrido.
Nunca intenté destruirlo.
Ya no necesitaba hacerlo.
Una noche apareció en mi oficina con el viejo reloj que había dejado ocho años atrás.
Lo colocó sobre mi escritorio.
—Lo guardé todo este tiempo.
No lo tomé.
—Entonces sigue guardándolo.
Marcus sonrió con tristeza.
—¿Nunca tendremos otra oportunidad?
Lo miré durante unos segundos.
—Te amé cuando no tenías nada, Marcus. No me fui porque fueras pobre, peligroso o difícil.
—Me fui porque cuando llegó el momento de escoger, siempre asumiste que yo sería quien soportaría el dolor.
Él bajó la mirada.
Esta vez no intentó detenerme.
Cuando salió, observé Harbor City desde mi ventana.
Ocho años atrás abandoné aquella ciudad creyendo que había perdido mi hogar.
Ahora entendía la verdad.
Mi hogar nunca había sido Marcus.
Y regresar no significaba volver con él.
Significaba poder caminar por las mismas calles donde una vez me rompieron el corazón…
sin sentir que todavía les pertenecía.