PARTE 2: LA MUJER A LA QUE HUMILLÓ ERA LA DUEÑA DE SU IMPERIO

El primer teléfono que sonó fue el de Daniel.

Después el segundo.

Luego el de su asistente.

Daniel miró la pantalla y su expresión cambió.

—¿Qué demonios…?

Contestó.

—¿Qué pasa?

La voz al otro lado hablaba tan rápido que incluso Sofía dejó de sonreír.

—¿Congeladas? ¿Todas?

Daniel me miró.

—Eso es imposible.

Colgó y llamó inmediatamente a su director financiero.

No contestó.

Entonces llegó un mensaje.

Después otro.

TRANSFERENCIAS SUSPENDIDAS.

LÍNEA DE CRÉDITO BLOQUEADA.

CUENTAS CORPORATIVAS BAJO REVISIÓN.

Daniel levantó lentamente la cabeza.

—¿Quién eres?

Guardé el teléfono.

—La misma mujer a la que acabas de ordenar arrodillarse.

En ese momento aparecieron dos hombres de traje oscuro al final del pasillo.

Detrás caminaba Charles Montgomery.

Mi tío.

Daniel lo reconoció inmediatamente.

Todo el mundo financiero conocía aquel rostro.

Charles había dirigido durante veinte años el fondo privado Montgomery Capital, una firma que rara vez aparecía en prensa, pero que financiaba proyectos por miles de millones.

Daniel palideció.

—Señor Montgomery…

Charles pasó junto a él sin responder y vino directamente hacia mí.

—Elena.

Me abrazó.

Después miró hacia la habitación de mi madre.

—¿Cómo está mi hermana?

—Estable.

Sus ojos se endurecieron.

—¿Y por qué hay facturas pendientes?

Daniel abrió la boca.

Yo respondí primero.

—Porque decidí averiguar cuánto tardaría mi esposo en utilizar la vida de mamá para controlarme.

Charles comprendió.

Durante cinco años yo había ocultado mi relación con los Montgomery porque quería un matrimonio que no dependiera de mi apellido.

Mi madre había hecho lo mismo.

Después de abandonar la familia empresarial décadas atrás, había vivido modestamente y me enseñó que el dinero podía comprar obediencia, pero nunca amor.

Por eso Daniel jamás supo que el capital que salvó su empresa durante su peor crisis provenía de un fideicomiso mío.

Él pensaba que había conseguido un misterioso inversor extranjero.

Ese inversor era yo.

Charles abrió una carpeta.

—Whitmore Holdings tiene una deuda de ciento ochenta millones con Montgomery Capital. Además, el fondo posee derechos preferentes sobre el paquete de control si se incumplen determinadas cláusulas.

Daniel dejó de respirar por un instante.

—No pueden hacer esto.

Charles lo miró.

—Ya está hecho.

Sofía retrocedió.

—Daniel, tú dijiste que la empresa era tuya.

Yo casi sonreí.

Ahí estaba su gran amor.

Y su primera preocupación seguía siendo el dinero.

Daniel vino hacia mí.

—Elena, podemos hablar.

—Hace cinco minutos querías verme de rodillas.

—Estaba enfadado.

—Amenazaste con retirar el tratamiento de mi madre.

No encontró respuesta.

Charles me entregó otro documento.

—También tenemos las auditorías que pediste.

Daniel volvió a palidecer.

Durante meses había sospechado que algo ocurría dentro de Whitmore Holdings.

Ahora tenía la confirmación.

Daniel había utilizado fondos corporativos para pagar el apartamento de Sofía, sus viajes y varias compras personales.

—¿Me estabas investigando? —preguntó.

—No.

Lo miré.

—Estaba protegiendo lo que es mío.

Sofía tomó su bolso.

—Yo me voy.

Daniel la sujetó del brazo.

—¿Adónde?

—Esto es entre ustedes.

—Hace diez minutos querías que Elena se arrodillara ante ti.

Sofía retiró el brazo.

—¡Porque tú dijiste que ella no tenía nada!

Aquella frase terminó de destruirlo.

Las enfermeras fingieron no escuchar.

Charles sí sonrió.

Yo recogí del suelo la factura que Daniel me había arrojado.

La doblé.

Luego se la devolví.

—Paga esto.

Daniel me miró confundido.

—¿Qué?

—La deuda del hospital. Dijiste que tú mantenías viva a mi madre.

Señalé la factura.

—Demuéstralo.

Daniel intentó utilizar su tarjeta.

Rechazada.

Otra.

Rechazada.

Charles habló tranquilamente:

—Sus cuentas personales vinculadas a las garantías corporativas también están temporalmente restringidas.

Daniel quedó inmóvil con la tarjeta entre los dedos.

Entonces comprendió la ironía.

El hombre que minutos antes presumía de pagar la máquina que mantenía viva a mi madre ya no podía pagar ni aquella factura.

Saqué mi propia tarjeta y se la entregué a una enfermera.

—Liquide todos los gastos de mi madre. Y trasládenla mañana a la unidad privada.

—Por supuesto, señorita Montgomery.

Daniel cerró los ojos.

—Montgomery…

Por fin entendía.

Me acerqué a él.

—Mañana recibirás los documentos del divorcio.

—Elena, espera.

—Y pasado mañana, Montgomery Capital solicitará formalmente ejercer sus derechos sobre tu empresa.

Su rostro se descompuso.

—No puedes quitarme todo por una discusión.

Negué lentamente.

—No te estoy quitando nada.

Miré a Sofía.

—Simplemente dejaré de sostener lo que tú creías haber construido solo.

Entré en la habitación de mi madre.

Daniel intentó seguirme.

Charles se interpuso.

—Hasta aquí.

Antes de cerrar la puerta, miré una última vez al hombre con quien había desperdiciado cinco años.

Seguía de pie bajo las luces blancas del hospital.

Sin amante.

Sin acceso a su dinero.

Y, muy pronto, sin esposa.

Daniel había querido verme de rodillas.

Pero aquella noche descubrió algo demasiado tarde:

durante cinco años, la única razón por la que su imperio permaneció en pie era la mujer a la que había intentado humillar.

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