PARTE 2: LA MUJER QUE TODAVÍA LES SERVÍA

Me quedé detrás de aquella columna.

No lloré.

Solo escuché.

Clara apoyó la cabeza en el pecho de Adrian.

—Pero ahora que murió su padre, Sofía recibirá la herencia.

Adrian sonrió.

—Precisamente.

Sentí frío.

—Blake Industries necesita liquidez —continuó—. Sofía transferirá el dinero en cuanto se lo pida. Después podemos dejar que descubra lo nuestro.

Clara levantó la mirada.

—¿Y si no quiere darte el dinero?

Adrian se rio.

—Me ha amado durante seis años. Sofía haría cualquier cosa por salvarme.

Aquella frase terminó de enterrarlo.

Me marché sin que me vieran.

Esa noche, Adrian regresó a nuestra mansión cargando flores y una caja de joyería.

Yo estaba sentada frente a la chimenea.

—Feliz herencia, señora Blake.

Me besó la frente.

Sentí náuseas.

Después abrió la caja.

Dentro estaba la pulsera que había mencionado.

—¿Te gusta?

—Mucho.

Sonrió satisfecho.

—Entonces tengo que pedirte algo.

Qué predecible.

Sacó una carpeta.

Blake Industries necesitaba una inyección urgente de 900 millones de dólares.

—Solo temporalmente —explicó—. En cuanto cerremos la reestructuración, recuperaremos todo.

Recuperaremos.

Tomé la carpeta.

—¿Quieres que transfiera novecientos millones?

—Somos marido y mujer, Sofía.

Lo miré directamente.

—Claro.

Por primera vez, decir aquella mentira me produjo placer.

—Mañana lo resolveré.

Adrian me abrazó.

—Sabía que podía contar contigo.

También yo sabía que podía contar con él.

Contar con su codicia.

A la mañana siguiente, mi abogado presentó las primeras acciones legales relacionadas con el certificado falso.

Después congelé cualquier operación que pretendiera utilizar mi herencia como garantía.

Pero no detuve ahí las cosas.

Durante seis años, varias inversiones de mi padre habían sostenido indirectamente a Blake Industries porque yo había convencido a mi familia de confiar en Adrian.

Ordené revisar cada una.

Tres días después descubrimos algo peor.

Adrian había utilizado sociedades vinculadas a Clara para facturar servicios inexistentes a su propia empresa.

Millones habían salido de Blake Industries mientras él decía estar luchando por salvarla.

La ruina no había sido mala suerte.

Habían estado vaciando la compañía.

Y Adrian esperaba que mis 4.800 millones taparan el agujero.

Entonces decidí darle exactamente lo que quería.

Esperanza.

Durante una semana fingí normalidad.

Desayuné con él.

Le pregunté por su trabajo.

Incluso le dije:

—El viernes podríamos resolver definitivamente la inversión.

Adrian besó mi mano.

—Sabía que mi esposa no me abandonaría.

El viernes convocó al consejo.

Había bancos, accionistas, abogados y varios miembros de la familia Blake.

Clara estaba allí tomando notas.

Adrian se levantó.

—Hoy anunciaremos una inversión extraordinaria que garantizará el futuro de Blake Industries.

Todas las miradas cayeron sobre mí.

Me puse de pie.

Clara sonrió.

Adrian extendió una mano.

—Mi esposa, Sofía Blake…

—Whitmore —lo corregí.

El salón quedó en silencio.

Adrian parpadeó.

—¿Qué?

Dejé una carpeta sobre la mesa.

—Mi nombre legal es Sofía Whitmore.

Mi abogado entró acompañado por dos especialistas financieros.

La sonrisa de Clara desapareció.

—Hace seis años —continué—, Adrian organizó una boda espectacular conmigo.

Miré a los presentes.

—Pero olvidó un detalle bastante importante.

Abrí el documento.

—Casarse conmigo.

Los murmullos comenzaron inmediatamente.

Adrian se puso blanco.

—Sofía, podemos hablar en privado.

—No.

Proyecté el registro civil.

Cónyuge legal de Adrian Blake: Clara Hayes.

Ahora todos miraban a su secretaria.

Clara retrocedió.

—Yo puedo explicarlo.

—Excelente. Explícales también las empresas a tu nombre.

Aparecieron las transferencias.

Una.

Luego otra.

Después otra.

El rostro de Adrian cambió completamente.

—Apaga eso.

—¿Por qué? —pregunté—. ¿Porque tu esposa podría avergonzarse?

Señalé a Clara.

—Me refiero a tu esposa verdadera.

Adrian caminó hacia mí.

—Sofía, escúchame. Todo esto empezó por razones legales. Clara y yo…

—¿También os besáis por razones legales?

Se detuvo.

Saqué mi teléfono.

Mostré la fotografía que había tomado en el aeropuerto.

Clara comenzó a llorar.

Pero todavía guardaba una última sorpresa.

—Adrian me pidió novecientos millones para salvar esta empresa.

Los miembros del consejo comenzaron a hablar entre ellos.

—No habrá inversión.

El presidente del consejo golpeó la mesa.

—¿Qué significa eso para nuestra financiación?

Mi abogado respondió:

—Que la señora Whitmore no aportará capital y que estamos revisando las operaciones realizadas con fondos relacionados con su familia.

Adrian perdió la compostura.

—¡Sofía, vas a destruir todo por celos!

Lo miré.

—No.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—Tú destruiste tu empresa para mantener dos vidas. Solo esperabas utilizar mi dinero para esconder los restos.

Entonces Clara cometió el error final.

—¡Pero esa herencia también pertenece a Adrian!

Todos quedaron callados.

Sonreí.

—Gracias por recordármelo.

Mi abogado abrió el testamento.

—El señor Whitmore estableció participación para un cónyuge legal de su hija. Como la señorita Whitmore nunca contrajo matrimonio, los 4.800 millones pertenecen exclusivamente a ella.

Clara miró a Adrian.

Por primera vez vi miedo auténtico entre ellos.

No miedo a perderme.

Miedo a perder mi dinero.

Las semanas siguientes fueron brutales.

La auditoría abrió una investigación sobre las sociedades vinculadas a Clara. Adrian perdió el control ejecutivo mientras el consejo revisaba sus operaciones.

La mansión donde habíamos vivido tampoco era suya.

Mi padre la había comprado mediante un fideicomiso familiar.

Le di treinta días para marcharse.

La última noche, Adrian me esperó en el vestíbulo.

—¿Nunca me amaste?

Casi me reí.

—Ese es precisamente el problema.

Lo había amado tanto que durante seis años jamás pensé en comprobar si mi propio matrimonio existía.

—Podemos empezar otra vez —dijo—. Me divorciaré de Clara. Nos casaremos legalmente.

Lo observé durante unos segundos.

—Adrian, tú ya tuviste una esposa.

Sus ojos se humedecieron.

—¿Y nosotros qué fuimos?

Miré la casa donde había desperdiciado seis años creyendo construir una familia.

—Una estafa muy cara.

Pasé junto a él.

—Y acabas de descubrir que elegiste a la víctima equivocada.

Tres meses después cambié las cerraduras.

Conservé mi apellido.

Conservé mi herencia.

Y cuando recibí finalmente la copia certificada que confirmaba mi estado civil, la enmarqué.

No como recuerdo de una humillación.

Como recordatorio.

Durante seis años, Adrian había pensado que yo era una esposa que podía utilizar.

Al final, descubrí que nunca había sido su esposa.

Y resultó ser lo mejor que aquel hombre hizo por mí.

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