PARTE 2: LA MUJER QUE QUERÍAN BORRAR

Sebastian no llamó a la policía inmediatamente.

Primero llamó al jefe de seguridad de la mansión.

—Cierra las puertas. Nadie entra ni sale. Revisa mi coche, el de Clara y todas las cámaras desde las seis.

Su voz era tan fría que apenas parecía humana.

—¿Clara? —pregunté—. ¿Desde cuándo soy Clara cuando estás furioso?

Me miró.

—Desde que descubrí que alguien amenaza con matarte.

Aquello consiguió callarme.

Diez minutos después, dos hombres de seguridad entraron con una computadora.

La cámara del garaje mostraba a una mujer acercándose a mi automóvil cuarenta minutos antes.

Gorra.

Abrigo largo.

Rostro parcialmente cubierto.

Se agachó junto a la rueda delantera durante varios segundos.

El jefe de seguridad habló:

—Encontramos manipulada una línea del sistema de frenos.

Sentí que las piernas me fallaban.

Sebastian me sujetó del brazo antes de que cayera.

—¿Isabelle? —susurré.

—Todavía no lo sabemos.

Pero su mandíbula decía otra cosa.

Entonces abrió la carpeta.

Las transferencias demostraban que alguien vinculado a Isabelle había pagado durante meses a una pequeña agencia de relaciones públicas.

La misma agencia que había difundido rumores sobre mí.

La “sustituta”.

La amante desechable.

La mujer que Sebastian abandonaría cuando regresara su verdadero amor.

Todo había sido construido cuidadosamente.

—Querían que me marchara sola —comprendí.

Sebastian asintió.

—Sin escándalo. Sin que yo pudiera detenerte.

Encontramos algo peor entre los mensajes.

Isabelle había escrito:

Cuando ella desaparezca, Sebastian volverá a ser manejable.

Sentí náuseas.

—¿Por qué le importa tanto controlarte?

Sebastian permaneció callado demasiado tiempo.

Finalmente respondió:

—Porque hace siete años descubrí que Isabelle y su padre estaban desviando dinero de una empresa familiar.

Lo miré sorprendida.

—¿Por eso se fue a París?

—La mandamos lejos para evitar un escándalo público. Mi hermano nunca supo toda la verdad.

Ahora entendía su compromiso.

Isabelle no había regresado únicamente para recuperar influencia sobre Sebastian.

Casándose con su hermano volvería directamente al corazón de la familia Hale.

Y yo era un problema.

Porque Sebastian había cambiado durante aquellos cuatro años.

Ya no consultaba a Isabelle.

Ya no confiaba en su padre.

Me consultaba a mí.

Aunque jamás hubiera tenido el valor de ponerle nombre a nuestra relación.

—Entonces llama a tu hermano.

—Ya lo hice.

Sebastian me mostró otro mensaje.

Compromiso cancelado.

Solté el aire lentamente.

Pero todavía faltaba algo.

—¿Quién le avisó que estaba empacando?

Sebastian levantó la mirada.

Silencio.

Aquello me gustó todavía menos.

—Sebastian.

—Una empleada de la casa.

—¿Cuál?

La puerta se abrió.

El jefe de seguridad regresó acompañado de Margaret, la ama de llaves que llevaba doce años trabajando para los Hale.

La mujer estaba llorando.

—Señorita, perdóneme.

Me quedé inmóvil.

Margaret confesó que llevaba semanas informando a Isabelle sobre mis movimientos.

No porque quisiera hacerme daño.

Porque Isabelle tenía fotografías de su hijo usando dinero de una cuenta de la empresa sin autorización.

La estaba chantajeando.

—Solo debía decirle cuándo salía, cuándo regresaba… —sollozó—. Esta tarde me pidió que le avisara si usted hacía las maletas.

—¿Y le dijiste que pensaba marcharme?

Asintió.

Sebastian dio un paso adelante.

—¿Le dijiste qué coche utilizaría?

Margaret comenzó a llorar todavía más.

Eso fue respuesta suficiente.

Sebastian ordenó que la seguridad entregara todo a los investigadores.

Después nos quedamos solos.

Las maletas seguían abiertas sobre la cama.

Mi antigua vida cabía dentro de tres.

Sebastian miró una de ellas.

—Desempaca.

—No.

Frunció el ceño.

—¿Después de todo esto todavía quieres marcharte?

—Más que antes.

Pareció genuinamente sorprendido.

Me acerqué.

—Acabas de demostrarme que Isabelle no era el problema entre nosotros.

—Entonces ¿cuál es?

Lo señalé.

—Tú.

Sebastian quedó inmóvil.

—Durante cuatro años me protegiste de todo menos de una cosa: de no saber qué significaba para ti.

Respiré profundamente.

—Me diste una casa sin llamarla hogar. Me trataste como familia sin darme un lugar en ella. Y cuando todos empezaron a llamarme sustituta, no tenía una sola palabra tuya con la que demostrar que estaban equivocados.

—Clara…

—No quiero otra joya.

Me quité el brazalete que llevaba y lo dejé sobre la cómoda.

—Ni otro coche.

Después dejé las llaves.

—Quiero una vida donde no tenga que preguntarme si mañana alguien más ocupará mi lugar.

Sebastian observó los objetos.

Entonces hizo algo que jamás esperaba.

Tomó mi maleta.

La cerró.

Y la colocó junto a la puerta.

—Bien.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿Bien?

—Si necesitas marcharte para saber que puedes vivir sin mí, hazlo.

Se acercó.

—Pero esta vez vas a saber la verdad antes de decidir si vuelves.

Sacó un pequeño documento del bolsillo interior de su chaqueta.

No era un cheque.

Era una escritura.

La mansión.

Mi nombre aparecía junto al suyo.

La transferencia había sido preparada seis meses antes.

—¿Qué significa esto?

—Que llevaba meses intentando encontrar una manera de pedirte que dejaras de ser mi invitada.

Mi corazón empezó a golpearme.

Sebastian sacó entonces una pequeña caja.

No la abrió.

Simplemente la dejó junto al documento.

—Isabelle regresó hace tres semanas —dijo—. Yo compré esto hace cinco meses.

Miré la caja.

Después a él.

—Nunca dijiste que me amabas.

Su expresión cambió.

Por primera vez, Sebastian Hale pareció un hombre sin ninguna defensa.

—Porque decirlo significaba darte el poder de destruirme.

Hizo una pausa.

—Y cuando vi esas maletas comprendí que ya lo tenías.

No abrí la caja.

Todavía no.

Tomé mi maleta y salí de aquella mansión esa noche, pero no como una sustituta expulsada.

Me fui porque necesitaba elegir por mí misma.

Sebastian no intentó detenerme.

Tres meses después regresé.

No por la mansión.

No por las joyas.

Ni siquiera por aquel anillo que continuaba guardado.

Regresé porque durante esos tres meses Sebastian hizo algo que jamás había hecho durante cuatro años:

dejó de protegerme con dinero y empezó a hablarme con verdad.

Y cuando finalmente me preguntó si quería construir una vida con él, mi respuesta tuvo una condición.

—Nunca volveré a ser una mujer sin nombre en tu vida.

Sebastian tomó mi mano.

—Entonces tendrás el único que debí darte desde el principio.

Esta vez, cuando dijo que me amaba, no había periodistas, amenazas ni Isabelle entre nosotros.

Solo dos personas que habían estado a punto de perderlo todo por no pronunciar a tiempo lo único que realmente importaba.

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