PARTE 2: LO DEJÉ CELEBRAR SU VICTORIA… HASTA QUE DESCUBRIÓ QUE SU IMPERIO YA NO LE PERTENECÍA

Eleanor no me llevó a casa.

Me llevó directamente a un hotel frente al río.

Sobre la mesa de la suite había tres carpetas.

Una llevaba el nombre de Julian.

Otra, Victoria Hayes.

La tercera decía: Sterling Holdings.

—Dos años —dijo Eleanor—. Hicimos exactamente lo que pediste.

Abrí la primera carpeta.

Mientras yo estaba en prisión, Julian había utilizado mis acciones como garantía para obtener préstamos, había movido dinero mediante empresas fantasma y había falsificado mi autorización en tres operaciones.

Sonreí.

—¿Y Victoria?

Eleanor empujó la segunda carpeta.

—Compró una casa, dos vehículos y joyas por casi cuatro millones. Todo pagado desde sociedades vinculadas a Julian.

—Perfecto.

—Genevieve, todavía podemos detener esto.

La miré.

—No quiero detenerlo.

Cerré la carpeta.

—Quiero que termine de incriminarse.

Aquella noche Julian celebraba el segundo aniversario de su nombramiento como presidente de Sterling Holdings.

La prensa estaba invitada.

Los inversionistas también.

Victoria aparecería a su lado.

Yo había elegido aquel día para salir por una razón.

A las ocho y diecisiete, Julian subió al escenario.

Lo vi mediante la transmisión privada.

—Estos últimos años me enseñaron que debemos eliminar de nuestras vidas a quienes intentan destruirnos.

Los invitados aplaudieron.

Victoria sonrió.

Entonces Eleanor preguntó:

—¿Ahora?

Negué.

—Todavía no.

Julian levantó una copa.

—Y esta noche quiero anunciar algo más.

Tomó la mano de Victoria.

Un diamante apareció bajo las luces.

—Nos casaremos en septiembre.

Los aplausos llenaron el salón.

Sonreí.

—Ahora.

Eleanor hizo una llamada.

En menos de diez minutos, los teléfonos comenzaron a vibrar alrededor del salón.

Primero los directivos.

Después los inversionistas.

Finalmente Julian.

Su sonrisa desapareció.

Las cuentas principales de Sterling Holdings habían sido congeladas por orden judicial.

Tres entidades financieras suspendieron sus líneas de crédito.

Y una solicitud para reabrir mi caso penal acababa de ser presentada acompañada de nueva evidencia.

Pero aquello solo era el comienzo.

Porque durante mi juicio había desaparecido un video.

La cámara del estacionamiento donde supuestamente empujé a Victoria había sufrido una “falla técnica”.

Eso era mentira.

Eleanor había encontrado al antiguo responsable de seguridad.

Julian le había pagado para borrar la grabación.

Pero el hombre había conservado una copia como seguro.

El video mostraba a Victoria entrando sola al estacionamiento.

Yo llegaba varios minutos después.

Nunca la tocaba.

Y había algo peor.

Dos horas antes del supuesto incidente, Victoria había acudido a una clínica privada.

Su expediente médico demostraba que ya presentaba complicaciones antes de encontrarse conmigo.

Julian lo sabía.

El teléfono de Eleanor sonó.

Leyó el mensaje y me miró.

—Está llamándote.

Mi móvil comenzó a vibrar inmediatamente.

JULIAN.

Respondí.

—Genevieve.

Por primera vez escuché miedo en su voz.

—¿Qué hiciste?

—Salí de prisión.

Silencio.

—¿Dónde estás?

—¿Importa?

—Podemos arreglar esto.

Casi me reí.

Dos años sin una visita.

Dos años sin una llamada.

Y había necesitado menos de veinte minutos de cuentas congeladas para recordarme.

—¿Recuerdas lo que me dijiste entre aquellos barrotes?

Julian guardó silencio.

—Dijiste que a nadie le gustaba una mujer orgullosa en una jaula.

Miré la ciudad desde la ventana.

—Tenías razón.

—Genevieve…

—Por eso salí de ella.

Colgué.

A la mañana siguiente, Julian recibió otra sorpresa.

Las acciones que había intentado quitarme nunca habían pasado legalmente a su nombre.

Seguían siendo mías.

Y con el apoyo de dos fondos que Eleanor había asegurado mientras yo estaba encerrada, controlaba suficientes votos para convocar una reunión extraordinaria del consejo.

Entré en Sterling Holdings a las diez.

El vestíbulo quedó en silencio.

Julian salió del ascensor.

Parecía no haber dormido.

Victoria estaba detrás de él.

—No puedes entrar aquí —dijo ella.

La miré.

—Victoria, pasé dos años entrando donde otras personas decidían que podía entrar.

Levanté mi tarjeta de accionista.

—No volveré a pedir permiso.

Julian se acercó.

—¿Qué quieres?

—Nada tuyo.

Las puertas de la sala del consejo se abrieron.

—Solo vine a recuperar lo mío.

Aquella mañana Julian fue suspendido mientras se investigaban las transferencias, falsificaciones y manipulación de pruebas.

Mi condena comenzó formalmente el proceso de revisión.

Y Victoria descubrió que el hombre por quien había mentido ya no podía pagar la vida que le había prometido.

Antes de entrar en la reunión, Julian me agarró del brazo.

—¿Planeaste todo esto desde prisión?

Me solté lentamente.

—No.

Lo miré directamente.

—Tú lo planeaste cuando decidiste encerrarme por un crimen que sabías que no había cometido.

Entré y cerré la puerta.

Julian pensó que el día de mi condena había sido el final de mi vida.

Nunca comprendió que simplemente había sido el comienzo de la suya derrumbándose.

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