PARTE 2: DEMASIADO TARDE

Claudia reaccionó primero.

—¡Yo no bloqueé nada! Fue un error administrativo.

Mi abogada dejó otro documento frente a Leonardo.

—La solicitud fue rechazada desde su cuenta corporativa. Y la orden exigía expresamente que ningún pago solicitado por Marina fuera procesado sin autorización de la señorita Claudia.

Leonardo miró la firma.

Era suya.

Entonces recordó.

Claudia le había llevado varios documentos durante aquella cena.

—Son gastos domésticos —le había dicho.

Él firmó sin leer.

Porque confiaba más en su secretaria que en su esposa.

—Retírala de todos mis cargos —ordenó.

Claudia palideció.

—Leonardo, ¿vas a culparme cuando tú firmaste?

Aquella frase lo dejó sin respuesta.

Ella tenía razón.

Claudia había preparado la trampa.

Pero él había permitido que funcionara.

Leonardo salió del hospital y fue directamente a la funeraria.

La familia había retrasado la cremación porque yo pedí despedirme de Julia antes de abandonar el país.

Cuando retiraron la sábana para confirmar su identidad, Leonardo se quedó completamente inmóvil.

Julia tenía veintiséis años.

La última vez que la había visto estaba riendo en nuestra boda.

Ahora ya no podía pedirle perdón.

—Marina me llamó… —murmuró.

La madre de Leonardo, que había llegado detrás, lo miró horrorizada.

—¿Lo sabías?

—Pensé que exageraba.

Su madre le dio una bofetada.

—Tu esposa perdió a su hermana y a su hijo en la misma semana.

Leonardo cerró los ojos.

Por primera vez comprendió que yo no me había marchado para castigarlo.

Me había marchado porque ya no quedaba nada que pudiera salvar entre nosotros.

Durante las semanas siguientes me llamó desde números distintos.

No contesté.

Envió flores.

Las devolví.

Ofreció pagar cualquier cantidad.

Mi abogada respondió únicamente:

“La señora Marina no solicita compensación personal. Solicita el divorcio.”

La investigación interna terminó revelando algo todavía peor.

Claudia llevaba meses modificando límites de mis tarjetas, retrasando solicitudes y filtrando a Leonardo conversaciones cuidadosamente recortadas para hacerme parecer caprichosa.

Fue despedida y denunciada por las irregularidades que pudieron acreditarse.

Pero aquello no convirtió a Leonardo en inocente.

El día de la audiencia de divorcio apareció demacrado.

—Marina, dame cinco minutos.

Lo miré por primera vez en meses.

—Julia me pidió cinco minutos de tu atención.

Su rostro se quebró.

—Nuestro bebé también necesitaba que eligieras bien una sola vez.

—Lo sé.

—No. Ahora lo sabes.

Firmé.

Leonardo extendió la mano hacia mí, pero se detuvo antes de tocarme.

—¿Algún día podrás perdonarme?

Guardé mi copia del divorcio.

—Quizá.

Sus ojos se iluminaron.

Entonces terminé:

—Pero perdonarte no significa volver contigo.

Salí del edificio sin mirar atrás.

Leonardo había tenido dinero suficiente para comprar casi cualquier cosa.

Lo que descubrió demasiado tarde fue que algunas pérdidas no ocurren porque falte dinero.

Ocurren porque, cuando todavía había tiempo para elegir a alguien, decidiste que podía esperar.

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