PARTE 2: EL ÚLTIMO REGALO

Adrian me vio entrar y su expresión cambió apenas un segundo.

Amelia, en cambio, sonrió.

Llevaba en la muñeca otro reloj que reconocí inmediatamente.

Uno de los regalos que Adrian me había prometido meses atrás.

—Sophia —dijo él—. No esperaba verte aquí.

—Es mi cumpleaños. Pensé que podría comprarme algo.

La señora Evans soltó una risa baja.

Adrian cerró la caja del Patek Philippe.

—Precisamente iba a comprar este para Amelia. Ha trabajado mucho últimamente y merece un reconocimiento.

Lo miré.

—Claro.

Ni siquiera pregunté por la promesa que me había hecho.

Eso pareció incomodarlo más.

—¿Ya reflexionaste sobre lo ocurrido en la villa?

—Sí.

—Entonces discúlpate con Amelia y su madre.

Amelia bajó los ojos.

—Presidente Foster, no hace falta. No quiero arruinar el cumpleaños de su esposa.

Adrian la miró con ternura.

—No hiciste nada malo.

Sonreí.

—En eso tienes razón, Amelia. Ya no necesito ninguna disculpa.

Saqué una carpeta de mi bolso.

—Porque esta mañana presenté la solicitud de divorcio.

El rostro de Adrian se endureció.

—No hagas escenas aquí.

—No es una escena.

Le entregué los documentos.

—Es una notificación.

Abrió la primera página.

Entonces dejó de respirar con normalidad.

Durante seis años, Adrian había asumido que yo dependía económicamente de él porque jamás hablaba de mis inversiones.

Pero antes de casarnos, mi padre había creado conmigo una firma privada que administraba participaciones en varias compañías.

Entre ellas estaba Meridian Capital.

El fondo que, años atrás, había financiado la expansión que salvó a Foster Technologies.

Adrian levantó lentamente la mirada.

—¿Tú eres la beneficiaria principal de Meridian?

—Sí.

La señora Evans palideció.

Amelia dejó de sonreír.

—Y ayer —continué— solicité que nuestra participación se abstenga de respaldar tu renovación como presidente ejecutivo.

Adrian cerró la carpeta de golpe.

—Estás mezclando nuestro matrimonio con los negocios.

—No.

Lo miré directamente.

—Tú empezaste a hacerlo cuando utilizaste recursos de la empresa para favorecer a Amelia.

Su rostro cambió.

Yo sabía de los automóviles.

Los gastos.

Los viajes.

El personal utilizado para asuntos privados.

Y también sabía quién había autorizado cada pago.

En ese momento apareció el director regional de la boutique.

Adrian señaló el reloj.

—Terminemos la compra.

El hombre no se movió.

—Lo siento, señor Foster. Esa pieza ya está reservada.

Amelia frunció el ceño.

—¿Para quién?

El director caminó hasta mí.

—Feliz cumpleaños, señora Bennett.

Colocó la caja frente a mí.

Adrian quedó inmóvil.

Yo había reservado aquel reloj semanas atrás con mi propio historial como coleccionista.

Nunca había necesitado que mi esposo me lo regalara.

Solo había querido comprobar si recordaría su promesa.

No lo hizo.

Tomé la caja.

—Gracias.

Después miré a Adrian.

—Tus tres días terminaron.

—Sophia, podemos hablar en casa.

—Ya no tenemos casa.

Su expresión se congeló.

—¿Qué significa eso?

—La villa de mi madre nunca fue tuya. Y esta mañana retiré mis pertenencias de nuestra residencia en la ciudad.

Hice una pausa.

—También revoqué todas las autorizaciones personales que te había concedido sobre mis activos.

Por primera vez, Adrian perdió completamente aquella seguridad arrogante.

—¿Vas a destruir seis años por unos celos absurdos?

Negué.

—No me divorcio porque elegiste a Amelia.

—Me divorcio porque, cuando obligaste a mi madre enferma a abandonar su propia habitación, finalmente vi al hombre en quien te habías convertido.

Me marché.

Dos semanas después, la auditoría interna confirmó varios gastos impropios relacionados con Amelia.

El consejo abrió una investigación y Adrian fue apartado temporalmente de sus funciones.

Amelia renunció poco después.

Y cuando comprendió que Adrian ya no podía ofrecerle la vida que esperaba, aquella supuesta lealtad desapareció con sorprendente rapidez.

Mi madre regresó a su dormitorio frente al mar.

Yo regresé a usar mi antiguo apellido.

Y el Patek Philippe que Adrian había prometido regalarme sigue en mi colección.

No porque me recuerde a él.

Sino porque cada vez que miro la hora recuerdo exactamente cuándo dejé de esperar que un hombre cumpliera sus promesas para empezar a cumplirme las mías.

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