—¿Hablas en serio? —pregunté.
—Completamente.
Antes de que pudiera responder, Julian apareció al final del pasillo.
Serena venía detrás.
—Evelyn —dijo Julian—. Deja de dramatizar y vuelve al salón. Podemos manejar esto civilizadamente.
Nikolai soltó una risa breve.
—Acabas de humillar públicamente a tu prometida y todavía crees que puedes darle órdenes.
Julian se tensó.
—Esto no te incumbe.
—Ahora sí.
Nikolai extendió su mano hacia mí.
—Mi propuesta sigue en pie.
Miré aquella mano.
Después miré a Julian.
Por primera vez, vi preocupación en sus ojos.
No porque me hubiera perdido.
Porque comprendía lo que significaría que yo aceptara.
Tomé la mano de Nikolai.
—Entonces volvamos al salón.
Cuando entramos juntos, el silencio cayó inmediatamente.
Mi madre palideció.
Serena apretó mi anillo.
Nikolai pidió el micrófono.
—Ya que todos vinieron para celebrar un compromiso Moretti-Hart, no desperdiciaremos la noche.
Julian avanzó.
—Nikolai, ni se te ocurra.
Su hermano ni siquiera lo miró.
—Evelyn Hart ha aceptado convertirse en mi esposa.
El salón estalló.
Mi padre se levantó.
—¡Evelyn, esto es una locura!
Lo miré con calma.
—Hace diez minutos me pediste que sonriera mientras mi hermana ocupaba mi lugar. Ahora sonríe tú.
Nadie respondió.
Entonces apareció Vittorio Moretti, padre de Julian y Nikolai.
Observó a Serena.
Luego mi anillo en su dedo.
—Julian —preguntó—, ¿desde cuándo mantienes esta relación?
Julian dudó.
Serena respondió:
—Casi un año.
Fue su error.
Vittorio cerró los ojos.
—Entonces llevas un año engañando a la mujer cuya reputación utilizaste para conseguir el apoyo del consejo.
Julian perdió el color.
Nikolai me había dicho la verdad.
Tres semanas después se celebró la votación.
Julian esperaba dirigir la familia.
No recibió suficientes votos.
Los hombres que antes lo apoyaban consideraron que alguien capaz de convertir su propio compromiso en un escándalo público era demasiado impulsivo para confiarle negocios importantes.
Nikolai fue elegido.
Serena culpó a Julian.
Julian me culpó a mí.
Y mis padres descubrieron que yo ya no necesitaba su aprobación.
Pero hubo algo que sorprendió incluso a Nikolai.
La mañana de nuestra boda privada, meses después, le entregué nuestro acuerdo prenupcial.
—Puedes retirarte todavía —dijo.
—Tú también.
Nikolai sonrió.
—No pienso hacerlo.
Lo estudié unos segundos.
Aquella relación había comenzado como una alianza.

Pero durante esos meses jamás intentó controlarme, comprarme ni convertirme en un símbolo.
Por primera vez, alguien poderoso me trataba como a una igual.
Tomé su mano.
—Entonces casémonos.
Julian había querido demostrar delante de Chicago que había elegido a la hermana correcta.
Al final consiguió exactamente lo contrario.
Me mostró, delante de todos, que yo había estado a punto de casarme con el hermano equivocado.