A la mañana siguiente, David recibió la noticia que llevaba meses esperando.
Yo había muerto.
Tres días después, permanecía junto a mi ataúd con Jessica del brazo, interpretando al viudo devastado.
Entonces apareció Samuel, mi abogado.
—Señor, debemos hablar sobre la herencia.
Los ojos de David brillaron.
—Después del funeral.
—No. Ahora.
Samuel abrió una carpeta.
—Su esposa modificó todas sus disposiciones patrimoniales antes de morir. Usted no heredará esta casa ni tendrá acceso a sus fideicomisos.
David palideció.
—¿Qué fideicomisos?
Samuel lo miró fijamente.
—Los que contienen el patrimonio real de su esposa.
Cuando escuchó la cifra, Jessica soltó el brazo de David.
Más de mil millones.
David jamás había sabido cuánto poseía realmente.
—Eso es imposible.
—Hay algo más.
Dos agentes entraron en la sala.
Samuel colocó sobre la mesa el informe toxicológico.
Después, varias grabaciones.
En una aparecía David manipulando mi comida.
En otra, Jessica preguntaba cuánto faltaba para que yo muriera.
David retrocedió.
—¡Esto está manipulado!
Entonces apareció el testigo inesperado.
La enfermera que me había cuidado durante meses.
Había conservado muestras de varias comidas después de notar que mi estado empeoraba siempre tras comer lo que David preparaba.
Jessica comenzó a llorar.
—¡Él me dijo que estaba enferma de verdad!
David la miró horrorizado.
—¡Tú lo sabías!
En segundos empezaron a culparse mutuamente.
Exactamente como Samuel había previsto.
La investigación que siguió sacó a la luz pagos, búsquedas y comunicaciones que ninguno esperaba que fueran recuperadas.
Pero David todavía no entendía una cosa.
Mi funeral había sido parte del plan.
Yo no estaba en aquel ataúd.
Cuando los análisis demostraron que mi enfermedad era provocada, Samuel y los investigadores organizaron mi desaparición temporal mientras recibía tratamiento bajo protección.
Meses después, cuando pude caminar nuevamente, asistí a la audiencia final.
David me vio entrar.
Se quedó blanco.
—Tú…
Lo miré sin emoción.
—Elegiste las cortinas demasiado pronto.
Jessica bajó la cabeza.
David no volvió a decir una palabra.

Mi patrimonio permaneció protegido y la investigación siguió su curso con todas las pruebas reunidas.
Yo conservé una sola cosa de aquella habitación:
la vieja cinta métrica que Jessica había extendido sobre mí.
La guardé como recordatorio.
Ellos habían estado midiendo las ventanas de la vida que pensaban robarme.
Mientras tanto, yo ya estaba preparando la puerta por la que ambos saldrían de la mía para siempre.