PARTE 2: EL EXPEDIENTE QUE HUNDIÓ A LOS KANG

El primer documento no era una fotografía.

Ni un informe médico.

Era una transferencia bancaria.

El juez la observó durante varios segundos.

—¿Puede explicar esto, señora Han?

Asentí.

—Es el registro de una cuenta creada hace siete años a nombre de una empresa fantasma controlada por mi esposo.

Tae-jun se puso de pie.

—¡Eso no tiene nada que ver con nuestro divorcio!

Mi abogado ni siquiera lo miró.

—Tiene todo que ver.

Park Ji-ho colocó sobre la mesa otros doce documentos.

Transferencias.

Contratos falsificados.

Movimientos de acciones.

Y una lista de propiedades que habían sido sacadas del patrimonio matrimonial semanas antes de que Tae-jun solicitara el divorcio.

La sonrisa de mi esposo desapareció.

—¿De dónde sacaste eso?

Por primera vez en diez años, fui yo quien sonrió.

—De tu propio ordenador.

Su madre palideció.

Yo continué.

Durante años, Tae-jun había creído que yo no entendía los negocios de su familia.

Lo que había olvidado era que, antes de convertirme en “la esposa del heredero Kang”, yo había trabajado como analista financiera.

Había sido yo quien revisaba contratos cuando él todavía confundía arrogancia con talento.

Y mientras él vaciaba nuestras cuentas…

yo había seguido cada movimiento.

—Señoría —dijo mi abogado—, tenemos pruebas de que el señor Kang desvió activos matrimoniales valorados en más de cuarenta mil millones de wones.

La sala estalló en murmullos.

Chae-rin soltó inmediatamente el brazo de Tae-jun.

Él la miró.

—No hagas ninguna estupidez.

Pero ella ya estaba retrocediendo.

Entonces llegó la segunda carpeta.

Informes hospitalarios.

Registros de llamadas.

Declaraciones de empleados.

Fotografías tomadas durante años.

Y grabaciones de seguridad de la villa de Cheongdam que Tae-jun había ordenado borrar.

Al menos, eso creía.

La antigua administradora de la casa había guardado copias.

Una mujer de casi sesenta años llamada señora Im entró en la sala.

Tae-jun se quedó blanco.

—Tú…

Ella inclinó la cabeza ante el juez.

—Trabajé para la familia Kang durante veintidós años.

Después me miró.

—Y durante demasiado tiempo fingí no ver lo que le hacían a la señora Han.

La madre de Tae-jun golpeó la mesa.

—¡Mentirosa! ¡Nuestra familia te dio de comer durante décadas!

La señora Im la miró sin pestañear.

—Precisamente por eso sé tantas cosas.

El silencio fue absoluto.

Mi abogado abrió una tercera carpeta.

Esa era la que realmente podía destruirlos.

No contenía pruebas sobre mi matrimonio.

Contenía documentos internos del Grupo Han.

Pagos secretos.

Facturas manipuladas.

Fondos enviados a compañías controladas por familiares.

Y órdenes firmadas directamente por el presidente Kang.

Tae-jun me miró como si acabara de verme por primera vez.

—Seo-yeon… ¿qué hiciste?

Negué lentamente.

—Nada.

Hice una pausa.

—Solo dejé de protegeros.

Su madre empezó a gritar que todo era falso.

Tae-jun exigió que desalojaran la sala.

Pero ya era demasiado tarde.

Entre el público había periodistas.

Dos de ellos salieron inmediatamente con sus teléfonos en la mano.

Antes de que terminara la audiencia, el nombre de Kang Tae-jun ya era tendencia en Corea.

Esa misma tarde, la fiscalía anunció que examinaría los documentos.

Las acciones del Grupo Han comenzaron a caer.

El consejo convocó una reunión de emergencia.

Y Yoo Chae-rin desapareció.

Tres días después, su abogado entregó voluntariamente mensajes que demostraban que Tae-jun había puesto propiedades a nombre de terceros para ocultarlas durante el divorcio.

La mujer que había llegado al tribunal agarrada de su brazo fue una de las primeras en abandonarlo.

Pero todavía faltaba lo mejor.

Una semana más tarde regresamos al tribunal.

Esta vez Tae-jun no llevaba su traje impecable.

Parecía no haber dormido.

Su madre tampoco estaba allí.

El juez leyó la resolución provisional.

Las transferencias serían investigadas.

Los bienes ocultos quedarían congelados.

La villa de Cheongdam no podría venderse.

Y cualquier intento de mover más activos tendría consecuencias inmediatas.

Tae-jun apretó los puños.

Cuando salimos al pasillo, me siguió.

—Seo-yeon.

Me detuve.

—Podemos arreglarlo.

Casi me reí.

Durante diez años jamás me había pedido nada.

Siempre había ordenado.

Amenazado.

Decidido.

Ahora parecía un hombre descubriendo que su apellido ya no podía salvarlo.

—Retira las pruebas —susurró—. Pide lo que quieras.

Lo miré.

—Ya tengo lo que quiero.

—¿Dinero?

Negué.

—Que todos sepan quién eres.

Entonces apareció su padre al final del corredor.

El presidente Kang caminó directamente hacia nosotros.

Tae-jun pareció aliviado.

—Padre…

Pero el anciano pasó de largo.

Se detuvo frente a mí.

Y pronunció una frase que hizo que Tae-jun perdiera completamente el color del rostro.

—Señora Han, necesito hablar con usted sobre mi hijo.

Lo observé con cautela.

El presidente Kang respiró profundamente.

—Porque lo que usted descubrió… es solo una parte.

Sacó un sobre negro de su abrigo.

—Tae-jun lleva años robando también a nuestra propia familia.

Tae-jun dio un paso atrás.

—Padre, no.

El presidente dejó el sobre en mis manos.

—Aquí está todo.

Miré a Tae-jun.

Por primera vez, él tenía miedo de mí.

Abrí el sobre.

Y comprendí que el juicio de divorcio nunca había sido el verdadero final.

Era apenas el comienzo de la caída del heredero Kang.

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