PARTE 2: EL RECHAZO QUE NUNCA FUE REAL

—¿Eso crees?

Me reí, pero no había humor en mi voz.

—Adrián, dijiste literalmente: “No me gustas. No vuelvas a hacer algo así”.

Él cerró los ojos un instante.

—Porque mi padre estaba detrás de ti.

Sentí que algo se detenía dentro de mí.

—¿Qué?

—Había ido a buscarme. Te vio entregarme la carta.

Adrián caminó hasta la ventana.

—Dos días antes me había informado de que nos mudaríamos al extranjero. También dejó claro que cualquier persona que pudiera distraerme sería apartada.

—Yo tenía diecisiete años.

—Precisamente.

Se volvió hacia mí.

—Mi padre ya había investigado a tu familia.

La vergüenza de aquella tarde regresó, pero ahora mezclada con otra cosa.

—Entonces pudiste explicármelo después.

—Lo intenté.

—Mentira.

Adrián tomó su teléfono, buscó algo y me lo entregó.

Era una fotografía antigua.

Un sobre amarillo.

Mi nombre escrito en mi letra.

La carta que yo creía haber roto.

—La recogiste.

—Cuando te marchaste.

Deslizó la pantalla.

Aparecieron correos enviados cinco años atrás.

Todos dirigidos a una cuenta que yo había dejado de utilizar después de graduarme.

Luego fotografías de mensajes devueltos.

Incluso una reserva de tren.

—Regresé tres meses después —dijo—. Fui a buscarte.

Recordé perfectamente aquel verano.

Mi madre había cambiado de ciudad por trabajo.

Yo había cambiado de número.

Había eliminado mis redes sociales porque no soportaba ver fotografías de antiguos compañeros.

Había desaparecido.

Pero no porque esperara que Adrián me buscara.

Porque creía que hacerlo era la única forma de recuperar mi orgullo.

—¿Por qué volverías si no te gustaba?

Su expresión se volvió casi incrédula.

—Lucía, ¿de verdad nunca lo entendiste?

No respondí.

Adrián se acercó.

—Aquella tarde llevaba en mi mochila una carta para ti.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—¿Qué carta?

Abrió su maleta.

Del bolsillo interior sacó una cartera vieja.

Y dentro había un papel doblado tantas veces que los bordes estaban gastados.

Me lo entregó.

Reconocí la fecha.

Era del día de mi confesión.

No necesité leer demasiado.

La primera línea bastó.

“Lucía, llevo seis meses intentando encontrar una manera de decirte que me gustas.”

Levanté la cabeza.

—No puede ser.

—Sí puede.

Cinco años de humillación.

Cinco años creyendo que había sido aquella chica ridícula que había confundido amabilidad con amor.

Y todo había comenzado con dos adolescentes demasiado asustados para decir la verdad.

Entonces mi teléfono sonó.

Miré la pantalla.

“MAMÁ”.

La realidad regresó de golpe.

Contesté.

Mi madre habló antes de que pudiera saludar.

—Lucía, ¿sigues en el hotel?

—Sí.

Hubo un silencio extraño.

—Entonces tienes que bajar inmediatamente.

—¿Por qué?

—Porque el padre de Adrián está aquí.

Miré a Adrián.

Su expresión cambió.

—¿Qué quiere?

Mi madre respiró profundamente.

—Dice que viene a impedir que cometas el mismo error que hace cinco años.

Adrián tomó lentamente su chaqueta.

—Perfecto.

—¿Qué haces?

Me miró.

—Hace cinco años dejé que él hablara por mí.

Abrió la puerta.

—Esta vez va a escucharme.

Lo seguí hasta el ascensor.

Todavía no sabía si aquella verdad podía cambiar algo entre nosotros.

Pero mientras descendíamos, comprendí algo mucho más importante.

Adrián Shen nunca había sido el chico que me rechazó.

Y yo nunca había sido la chica a la que él no quiso.

Durante cinco años habíamos estado intentando olvidar una historia que, en realidad, ninguno de los dos había tenido oportunidad de empezar.

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