Me quedé inmóvil frente al automóvil.
—Gabriel, deja de bromear.
—No estoy bromeando.
—Luna dijo que ibas a comprometerte.
—Correcto.
—Con una mujer.
Gabriel arqueó una ceja.
—Hasta donde sé, tú cumples ese requisito.
Mi maleta casi se me escapó.
—¡Yo nunca acepté casarme contigo!
—También es cierto.
—Entonces ¿cómo puedes llamarme tu prometida?
Gabriel abrió la puerta del coche.
—Sube. Tenemos una conversación pendiente desde hace cuatro meses.
No me moví.
Él suspiró y sacó su teléfono.
En la pantalla había decenas de mensajes que jamás había recibido.
Después de huir, había cambiado de número temporalmente y bloqueado casi todas mis cuentas.
Gabriel había intentado localizarme durante semanas.
No para amenazarme.
Para preguntarme por qué había desaparecido.
—¿Y el compromiso?
—Luna descubrió que estaba buscando un anillo.
Sentí que el rostro me ardía.
—¿Compraste un anillo sin preguntarme?
—Compré uno porque pensaba preguntarte.
Eso era bastante diferente.
En ese instante apareció Luna corriendo desde otra camioneta.
—¡Emma!
Me abrazó.
Después miró a su hermano.
—¿Ya se lo dijiste?
—Intentándolo.
Luna sonrió.
—¡Sabía que eras tú!
La miré horrorizada.
—¿Cómo que lo sabías?
—Porque mi hermano lleva años preguntando cosas absurdamente específicas sobre ti.
Gabriel cerró los ojos.
—Luna.
Ella lo ignoró.
—Cuando viajabas, preguntaba cuándo regresabas. Cuando tenías novio, misteriosamente quería saber quién era. Y cuando huiste a Sri Lanka, casi despide a Nathan porque nadie sabía en qué hotel estabas.
Todo empezó a encajar.
Aquella noche no había creado sentimientos nuevos.
Solo había roto una barrera que ambos llevábamos demasiado tiempo fingiendo que no existía.
Pero todavía quedaba un problema.
—No puedes anunciar un compromiso que yo no acepté.
Gabriel asintió inmediatamente.
—Tienes razón.
Aquello me sorprendió.
Sacó una pequeña caja del bolsillo, pero no la abrió.
—La fiesta de esta noche seguirá celebrándose.
—¿Y qué les dirás?
—La verdad.
—¿Cuál?
Por primera vez, el hombre más intimidante que conocía pareció ligeramente incómodo.
—Que me precipité.
Luna soltó una carcajada.
Gabriel la fulminó con la mirada.
Después volvió hacia mí.
—Y que existe una mujer a la que quiero pedirle una oportunidad. Pero todavía no me ha dado ninguna respuesta.
No hubo presión.
Ni anuncio público.
Ni anillo colocado en mi mano sin permiso.
Solo una pregunta.
—Emma, ¿quieres conocerme como algo más que el hermano insoportable de tu mejor amiga?
Miré a Luna.
Ella levantó ambas manos.
—Yo no pienso meterme.
—Mentira —dijimos Gabriel y yo simultáneamente.
Luna sonrió.
Yo también.
Después miré a Gabriel.
—Una cita.
Sus ojos cambiaron.
—¿Solo una?
—Después veremos.
Guardó nuevamente el anillo.
—Acepto.
Aquella noche llegamos juntos a la fiesta.
Cuando alguien preguntó dónde estaba la famosa prometida de Gabriel Gu, él respondió tranquilamente:
—Todavía no tengo prometida.
Después me miró.
—Primero tengo que conseguir una segunda cita.

Y por primera vez desde aquella noche que había intentado borrar cruzando un océano, comprendí que regresar no significaba quedar atrapada en mi error.
Significaba tener la oportunidad de decidir, esta vez sin miedo, qué quería hacer con aquello que había empezado entre nosotros.