Me quedé mirando el nombre de Diego en la pantalla.
Lo primero que hice no fue llamarlo.
Llamé al abogado.
—¿Qué intentó modificar exactamente?
—El fondo está valorado actualmente en algo más de cuatro millones de dólares —respondió—. Su padre estableció que usted tendría control completo al cumplir treinta años o al contraer matrimonio.
Sentí un escalofrío.
Cumplía treinta en nueve meses.
—¿Y Diego?
—Esta mañana recibimos documentación solicitando registrarlo como beneficiario conyugal después del matrimonio.
—Pero todavía no estamos casados.
—Precisamente por eso la solicitud nos pareció irregular.
Entonces entendí la urgencia del anillo.
Diego no acababa de salir del hospital pensando en nuestro futuro.
Estaba intentando asegurar el suyo.
Pedí al abogado que bloqueara cualquier modificación y documentara cada solicitud.
Después regresé a mi apartamento.
No habían pasado ni dos horas cuando Diego apareció.
Su madre estaba con él.
—Tenemos que hablar —dijo.
—Habla.
—No puedes tirar seis años por una discusión.
—¿Seis años?
Le mostré el mensaje del abogado.
El color desapareció de su rostro.
Su madre reaccionó demasiado rápido.
—Eso debe ser un error.
La miré.
—No he dicho qué contiene.
Silencio.
Ahí tuve mi respuesta.
—Los dos lo sabíais.
Diego entró sin permiso.
—Elena, escucha. Solo estaba intentando proteger nuestro futuro.
—¿Registrándote sobre cuatro millones que nunca me mencionaste?
—Cuando estuviéramos casados sería dinero familiar.
Sonreí.
Exactamente.
No dijo tu dinero.
Dijo dinero familiar.
Entonces pregunté:
—¿Clara también lo sabe?
Diego se quedó callado.
Su madre intervino.
—No metas a esa pobre chica.
Pero ya era tarde.
Mi teléfono vibró.
El abogado acababa de enviarme una copia de la solicitud.
Había una segunda firma como testigo.
Clara Montes.
Le mostré la pantalla.
Diego cerró los ojos.
—Puedo explicarlo.
—No hace falta.
Aquella tarde cancelé los poderes que Diego conservaba sobre mis cuentas, cambié beneficiarios y contraté una auditoría completa.
Lo que encontraron fue peor.
Durante casi tres años, pequeñas cantidades habían salido de una cuenta secundaria que yo apenas revisaba.
Pagos médicos.
Transferencias.
Alquiler.
Todos terminaban relacionados con Clara.
Yo llevaba años financiando indirectamente a la mujer con quien Diego terminaría casándose en mi otra vida.
Pero esta vez no habría boda.
Ni seguro de vida.
Ni apartamento vendido.
Ni fortuna heredada.
Cuando Clara descubrió que el dinero había sido bloqueado, dejó de hablar de amor fraternal.
Ella y Diego comenzaron a acusarse mutuamente.
Y la verdad salió sola.
Meses después, Diego volvió a buscarme.
Ya no llevaba anillo.
—Cometí errores —dijo—. Pero realmente te quería.
Lo observé durante unos segundos.
En mi primera vida habría dado cualquier cosa por escuchar aquello.
En esta solo pregunté:
—¿A mí?
Hice una pausa.
—¿O a lo que heredaría conmigo?
No pudo responder.

Sonreí y cerré la puerta.
Había necesitado morir una vez para comprenderlo:
la segunda oportunidad no me había sido concedida para vengarme de Diego.
Me había sido concedida para dejar de sacrificarme por él.