Adrian llegó a París cuatro días después.
No supe cómo había averiguado dónde estaba hasta que Gabriel entró en mi estudio con expresión incómoda.
—Hay un hombre abajo diciendo que es tu esposo.
Seguí dibujando.
—Exesposo.
—Todavía no legalmente.
—Entonces dile que espere a que termine el trámite.
Gabriel sonrió.
—Eso hice.
Adrian consiguió subir de todos modos.
Entró todavía con la chaqueta que llevaba en Islandia.
—Emma.
Levanté la vista.
—¿Dónde está Allison?
Su mandíbula se tensó.
—Esto no tiene que ver con ella.
Casi me reí.
—Nuestro matrimonio entero tuvo que ver con ella.
Adrian dejó los documentos del divorcio sobre mi mesa.
—Cancelé el viaje.
—Después de irte con ella.
—Regresé antes.
—Después de irte con ella.
No pudo responder.
Entonces miró alrededor.
Sobre las paredes había bocetos.
En una vitrina descansaba la pieza que estaba preparando para la Exposición de Otoño.
Adrian se acercó.
—¿Tú hiciste esto?
—Sí.
Leyó la pequeña placa.
L.M. — Laurent Collection.
Se quedó inmóvil.
—¿L.M.?
Lo miré.
Por primera vez entendió.
Durante tres años había presumido ante sus socios de conocer el lujo mejor que nadie.
Incluso me había llevado una vez a una subasta donde una pieza de L.M. alcanzó casi dos millones.
Aquella noche dijo:
—Quien diseñó esto debe de ser extraordinario.
Yo estaba sentada a su lado.
Y él jamás preguntó por qué sonreía.
—¿Eres L.M.? —susurró.
—Lo era antes de casarme contigo.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
La pregunta me sorprendió.
—¿Cuándo?
Di un paso hacia él.
—¿Durante mi cumpleaños mientras estabas consolando a Allison?
—¿Durante nuestro aniversario?
—¿O mientras cancelabas nuestra luna de miel para cumplirle su deseo?
Adrian bajó los ojos.
—Cometí un error.
—No.
Negué.
—Un error ocurre una vez. Tú estableciste una prioridad durante años.
Entonces su teléfono sonó.
Allison.
Lo vi en la pantalla.
Adrian rechazó la llamada inmediatamente.
Demasiado tarde.
—Mira —dijo—. Se terminó.
—¿Qué se terminó?
—Allison y yo.
—Perfecto.
Volví a mis bocetos.
—Ahora puedes empezar la vida que quieras.
—Quiero nuestra vida.
Esta vez sí lo miré.
—Nuestra vida requería una Emma que esperara en casa mientras tú elegías a otra mujer.
Señalé el estudio.
—Ella ya no existe.
Dos meses después se inauguró la exposición.
Mi regreso como L.M. apareció en revistas de diseño y negocios.
Adrian asistió.
No intentó acercarse.
Solo permaneció al fondo mientras una de mis piezas alcanzaba el precio más alto de aquella noche.
Cuando terminó la subasta, encontré un sobre sobre mi mesa.
Dentro estaban los documentos de divorcio firmados.
Y una nota:
“Ahora entiendo que no te perdí cuando tomaste aquel avión. Te fui perdiendo cada vez que asumí que siempre esperarías.”
Guardé los documentos.
La nota la dejé allí.
Nuestro divorcio quedó finalizado semanas después.
Nunca pregunté qué ocurrió finalmente entre Adrian y Allison.
Ya no era mi historia.
La mía comenzó aquella mañana con un boleto de ida.

Y terminó convirtiéndose en algo mucho mejor que una luna de miel.
Un regreso.
No hacia Adrian.
Hacia mí misma.