PARTE 2
El teléfono vibró una sola vez.
No necesitaba mirarlo para saber qué significaba.
Solo una persona podía enviarme esa señal.
La licenciada Sofía Cárdenas.
Mi abogada desde hacía siete años.
El mismo día en que Eduardo sufrió el infarto, le había pedido una sola cosa:
—Si alguna vez alguien intenta usar un documento contra mí antes de tiempo… activa el protocolo.
Ella nunca hacía preguntas cuando veía miedo verdadero.
Solo respondía con hechos.
Mientras abandonaba el panteón, sentí el peso de las miradas clavándose en mi espalda.
Nadie me siguió.
Todos se quedaron alrededor de Diego.
Consolándolo.
Felicitándolo por su fortaleza.
Sin darse cuenta de que acababan de presenciar algo mucho más oscuro que un funeral.
Subí al coche.
No lloré.
Ya había llorado toda la noche anterior.
Ahora solo necesitaba pensar.
Saqué el celular.
Un único mensaje.
“Dispositivo activo.”
Respiré despacio.
El pequeño objeto que había deslizado dentro del abrigo de Diego no era dinero.
No era una amenaza.
Era un localizador diminuto que también registraba audio cuando se activaba por movimiento.
Eduardo lo había comprado meses antes.
Nunca pensé que terminaría usándolo con mi propio hijo.
Cerré los ojos.
Y sentí una culpa insoportable.
No por vigilarlo.
Sino por necesitar hacerlo.
Una hora después llegué al despacho de Sofía.
Ella ya tenía café servido.
Y una carpeta gris sobre la mesa.
—Cuéntamelo todo.
Lo hice.
Desde la frase de Diego.
Hasta el momento en que me quitó las llaves delante de todos.
Sofía no me interrumpió.
Cuando terminé, abrió la carpeta.
—Hay algo que debes saber.
Sacó una copia del testamento.
Lo reconocí enseguida.
La misma portada.
El mismo sello.
Pero cuando pasó a la segunda página, fruncí el ceño.
—Ese no es el documento que leyó Ramírez.
—Lo sé.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo lo sabes?
Ella giró la carpeta hacia mí.
Había dos documentos.
Dos.
Mismo notario.
Mismo número de protocolo.
Misma fecha.
Pero contenido diferente.
En uno, Diego aparecía como heredero universal.
En el otro…
Eduardo dividía todo en partes iguales entre Diego y yo.
Y añadía una cláusula.
“Mi esposa Mariana conservará el usufructo vitalicio de la casa familiar y el control administrativo de la empresa mientras así lo desee.”
Las manos comenzaron a temblarme.
—Eduardo jamás me dejaría sin nada…
Sofía asintió.
—Eso mismo pensé cuando Diego apareció ayer pidiendo una copia certificada.
La miré.
—¿Ayer?
—Sí.
Mi respiración se detuvo.
—¿Él sabía que Eduardo había muerto?
Sofía tardó unos segundos.
—La solicitud llegó cuatro horas antes del fallecimiento.
Sentí que el estómago se cerraba.
—No…
—Sí.
La habitación quedó completamente silenciosa.
—¿Estás diciendo que mi hijo ya buscaba el testamento antes de que su padre muriera?
Sofía no respondió.
No hacía falta.
Sacó otra hoja.
—Hay algo más.
Era el registro de acceso al protocolo notarial.
Alguien había solicitado una consulta privada tres semanas antes.
Nombre del solicitante:
Valeria Lozano.
Fruncí el ceño.
—¿Quién es?
Sofía me observó.
—¿No la conoces?
Negué lentamente.
Ella abrió otra carpeta.
Una fotografía apareció sobre la mesa.
Una mujer de unos treinta años.
Cabello oscuro.
Traje impecable.
Sonrisa perfecta.
Y abrazada a Diego.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Desde cuándo?
—Al menos dos años.
No podía respirar.
—Él me dijo que apenas la conocía…
Sofía dejó otra fotografía junto a la primera.
Esta vez estaban entrando juntos en una notaría.
La fecha aparecía impresa abajo.
Cinco meses antes del fallecimiento de Eduardo.
—Mariana…
La voz de Sofía sonó más baja.
—Creo que tu hijo no actuó solo.
Me cubrí la boca.
Todo empezaba a cambiar.
No era un arrebato de ambición después del funeral.
Era un plan.
Preparado.
Organizado.
Ensayado.
En ese momento el localizador emitió un sonido.
Sofía conectó el receptor.
El audio comenzó a reproducirse.
Primero se escuchó el motor de un coche.
Luego la voz de Diego.
—Ya salió.
Valeria respondió.
—¿Te creyó?
—Claro.
Silencio.
Después una risa.
La risa de mi hijo.
Una risa que no reconocí.
—Mi madre jamás sospecha de mí.
Sentí que las lágrimas regresaban.
Pero seguí escuchando.
Valeria volvió a hablar.
—¿Y el abogado?
—Ramírez hizo exactamente lo acordado.
Sofía levantó la vista.
Yo dejé de respirar.
—¿Acordado?
Diego respondió con tranquilidad.
—Le pagamos demasiado como para que cambiara de idea ahora.
El despacho quedó completamente mudo.
Sofía apagó el audio.
No necesitaba más.
Pero el dispositivo seguía grabando.
Volvió a sonar.
Diego hablaba otra vez.
—Ahora solo falta vender la casa antes de que aparezca el segundo testamento.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Segundo.
Testamento.
Él sabía que existía.
Valeria respondió.
—¿Y si Mariana encuentra la otra copia?
Diego soltó una carcajada.
—No la encontrará.
Porque el original ya no está donde papá lo dejó.
Sofía y yo nos miramos al mismo tiempo.
—Lo movieron —susurró ella.
Yo apenas podía hablar.
—Entonces… ¿el documento que enseñaron en el funeral…?
Sofía terminó la frase.
—Podría no ser el verdadero.
El receptor volvió a emitir sonido.
Esta vez apareció una tercera voz.
Grave.
Conocida.
La sangre se me heló.
Era el abogado Ramírez.
—Tenemos otro problema.
Diego preguntó:
—¿Cuál?
Ramírez respiró profundamente.
—El señor Eduardo dejó una carta sellada para abrirse treinta días después de su muerte.
Nadie habló durante varios segundos.
Después Valeria preguntó:
—¿Qué dice?
Ramírez respondió con una frase que hizo que el mundo entero pareciera detenerse.
—No lo sé.
Pero en el sobre escribió algo que jamás había visto en un testamento.

“Si mi muerte beneficia demasiado a alguien… no confíen en esa persona.”
Sentí que el café se enfriaba entre mis manos.
Miré a Sofía.
Ella ya estaba marcando otro número.
—¿A quién llamas?
No dejó de escribir.
—Al juez.
—¿Por qué?
Levantó lentamente la vista.
—Porque a partir de este momento… esto ya no parece una disputa familiar.
Cerró la carpeta.
Y añadió, con una calma que me dio más miedo que cualquier grito:
—Parece el inicio de una investigación por fraude sucesorio… y quizá por algo mucho peor.