Creo que acababa de amenazar con abrirle el abdomen a la esposa del hombre más peligroso de la ciudad.
Y, para empeorar las cosas, él me estaba mirando como si estuviera decidiendo si mandarme al hospital… o a otro lugar mucho peor.
—¿Médica? —repitió Gu Yanzhou.
Su esposa, todavía pálida, asintió con dificultad.
—Ella me encontró primero.
Yo levanté una mano.
—Las presentaciones pueden esperar.
Señalé a los hombres que habían bajado de los helicópteros.
—¿Alguno de ustedes sabe obedecer instrucciones médicas sencillas?
Nadie respondió.
Gu Yanzhou giró la cabeza.
—Hagan exactamente lo que ella diga.
Aquella frase cambió todo.
En menos de dos minutos llegaron una camilla, material médico y un equipo de emergencia que parecía haber aparecido de la nada.
Miré a Gu Yanzhou.
—Bien. Ahora sí pareces un marido útil.
Uno de sus guardaespaldas bajó la cabeza para esconder una sonrisa.
Gu Yanzhou no.
—Doctora.
—¿Sí?
—Si mi esposa y mi hijo salen bien de esto, puede pedirme lo que quiera.
Negué.
—No trabajo con promesas dramáticas.
—Entonces, ¿qué quiere?
Miré mi reloj.
Suspiré.
—Llegar a mi cita a ciegas antes de que mi madre me desherede.
Por primera vez, el rostro de Gu Yanzhou cambió.
Me miró como si no hubiera entendido.
—¿Una cita?
—A ciegas.
—¿Ahora?
—Ahora.
Se quedó en silencio.
Después miró a su esposa.
Ella, en medio de toda aquella locura, soltó una pequeña risa.
—Yanzhou, deja de mirarla así.
Él frunció el ceño.
—¿Así cómo?
—Como si te acabaran de informar de una amenaza de seguridad nacional.
La llevaron al hospital más cercano.
Yo fui con ellos porque, a pesar de mis protestas, Gu Yanzhou se negó a dejarme marchar hasta que el equipo médico confirmara que todo estaba bajo control.
Media hora después salió una obstetra.
—La madre y el bebé están estables.
El silencio se rompió.
Gu Yanzhou cerró los ojos durante varios segundos.
Cuando volvió a abrirlos, la dureza de su rostro había desaparecido.
Se acercó a mí.
—Gracias.
—De nada.
—No.
Su voz era distinta.
Más baja.
—Realmente, gracias.
Me encogí de hombros.
—Tu esposa tuvo suerte.
—Tuvo más que suerte.
Miró mi ropa manchada, mis zapatos cubiertos de polvo y las tijeras para cejas que todavía llevaba guardadas en una bolsa.
—Tuvo a una médica suspendida camino de una cita a ciegas.
Lo miré.
—No te burles. Era una situación seria.
—Lo veo.
Volví a mirar el reloj.
—Perfecto. Ahora sí me voy.
Di dos pasos.
—Doctora.
Me detuve.
—¿Qué?
—Su cita ya terminó.
Miré la pantalla del teléfono.
Tenía doce llamadas perdidas de mi madre.
Y un mensaje.
“El hombre se fue. Dijo que una mujer incapaz de llegar puntual a una primera cita no sabe respetar a los demás.”
Me quedé mirando aquello durante cinco segundos.
Después guardé el teléfono.
—Excelente.
Gu Yanzhou arqueó una ceja.
—¿Excelente?
—Me ahorró el trabajo de rechazarlo.
Pensé que aquella sería la última vez que vería a Gu Yanzhou.
Me equivocaba.
Tres días después, apareció en el hospital donde yo había trabajado.
Yo estaba allí entregando unos documentos.
Mi suspensión había sido causada por una discusión con un superior después de negarme a firmar un informe que consideraba incorrecto.
En resumen:
No tenía trabajo.
Mi madre estaba furiosa.
Y ahora el hombre de los veinte helicópteros caminaba por el pasillo como si fuera dueño del edificio.
Lo peor era que quizá lo fuera.
—Doctora Lin.
Me giré.
—¿Qué haces aquí?
—Vengo a buscarla.
—Eso suena preocupante cuando lo dice alguien con guardaespaldas.
Uno de los hombres detrás de él carraspeó.
Gu Yanzhou ignoró el comentario.
—Mi esposa quiere verla.
—¿Está bien?
—Perfectamente.
Respiré aliviada.
—Entonces no necesita verme.
—Ella dice lo contrario.
—¿Por qué?
—Quiere presentarle formalmente a su hijo.
Guardé silencio.
—¿Y tú has venido personalmente para decirme eso?
—Sí.
—¿No tienes empresas que dirigir?
—Sí.
—¿Problemas que resolver?
—También.
—¿Y aun así estás aquí?
Gu Yanzhou me miró fijamente.
—Mi esposa dijo que si enviaba a un asistente, dormiría en el estudio durante un mes.
Asentí.
—Una mujer razonable.
Su esposa se llamaba Su Wan.
Cuando entré en la habitación, estaba sentada junto a la ventana.
El bebé dormía a su lado.
—¡Doctora Lin!
Sonrió al verme.
—Ven.
Me acerqué.
—¿Cómo te sientes?
—Mucho mejor.
Después señaló al bebé.
—Gracias a ti.
Negué.
—Gracias al equipo que te atendió después.
—Si tú no hubieras estado allí, quizá no habría llegado a tiempo.
No discutí.
Su Wan me estudió durante unos segundos.
—Yanzhou me contó que ibas a una cita a ciegas.
Gu Yanzhou, que estaba detrás de mí, habló inmediatamente.
—No era necesario mencionar eso.
Su Wan sonrió.
—Por supuesto que sí.
Yo suspiré.
—Mi madre está obsesionada con casarme.
—¿Y tú?
—Estoy obsesionada con conseguir que me devuelvan mi puesto.
Eso captó la atención de Gu Yanzhou.
—¿La suspendieron?
—Temporalmente.
—¿Por qué?
—No es asunto tuyo.
—Podría ayudar.
Lo miré.
—No.
Su expresión se endureció ligeramente.
—Ni siquiera sabe qué iba a decir.
—Lo sé perfectamente.
Crucé los brazos.
—Ibas a llamar a alguien, mover influencias y hacer que mañana me recibieran con una alfombra roja.
Su Wan se tapó la boca para no reír.
Gu Yanzhou permaneció serio.
—Es una posibilidad.
—Por eso dije que no.
—¿Por orgullo?
—Por principios.
Su mirada cambió.
—Mi problema empezó porque me negué a firmar algo que no consideraba correcto.
Di un paso hacia él.
—No voy a resolverlo usando exactamente el tipo de influencia contra la que estaba protestando.
Durante varios segundos no dijo nada.
Finalmente asintió.
—Entendido.
Aquello me sorprendió.
Esperaba discusión.
No respeto.
Una semana después recibí una llamada del director médico.
Mi suspensión había sido revisada.
No por presión externa.
Por una investigación interna.
El informe que me había negado a firmar contenía realmente errores importantes.
Mi superior fue apartado del caso.
Yo fui reincorporada.
Pensé inmediatamente en Gu Yanzhou.
Lo llamé.
—¿Fuiste tú?
—¿Buenas tardes para ti también?
—Contesta.
—No.
—¿Seguro?
—Completamente.
—¿No llamaste a nadie?
—No.
—¿No enviaste dinero?
—Doctora Lin.
Su voz sonó casi ofendida.
—Sé obedecer instrucciones.
Sonreí sin querer.
—Eso está por verse.
—Pero sí hice algo.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—Pedí a mi equipo legal que verificara si su procedimiento de revisión interna estaba siendo respetado.
Cerré los ojos.
—Gu Yanzhou.
—No alteré el resultado.
—Eso es caminar peligrosamente cerca de la línea.
—Pero no la crucé.
No pude negarlo.
—Está bien.
—Entonces, ¿me debe una cena?
—¿Cómo llegamos a eso?
—La ayudé a confirmar que todo fuera limpio.
—Eso no equivale a una cena.
—Entonces considérelo una consulta de negocios.
—¿Negocios sobre qué?
Hubo una pausa.
—Sobre cómo agradecerle correctamente que salvara a mi familia.
La cena terminó siendo menos terrible de lo que esperaba.
Su Wan también estuvo presente.
Por suerte.
Porque los primeros diez minutos, Gu Yanzhou parecía estar entrevistándome.
—¿Cuántos años lleva ejerciendo?
—¿Esto es una auditoría?
—Curiosidad.
—Nueve.
—¿Por qué cirugía?
—Porque odio esperar.
Su Wan soltó una carcajada.
—Eso explica muchas cosas.
Gu Yanzhou la miró.
—¿Qué?
—Que te ordenara callarte mientras yo estaba en el suelo.
—No me ordenó callarme.
Yo levanté una ceja.
—Te dije que dejaras de decir tonterías.
Su Wan se rió todavía más.
Gu Yanzhou me miró durante varios segundos.
—La mayoría de las personas me tiene miedo.
—Eso parece un problema tuyo.
—¿Usted no?
Pensé un instante.
—Depende.
—¿De qué?
—Si vuelves a traer veinte helicópteros por algo que podría resolverse con dos ambulancias, quizá sí.
Su Wan casi escupió el agua de la risa.
Por primera vez vi a Gu Yanzhou sonreír de verdad.
Fue breve.
Pero ocurrió.
Pasaron tres meses.
Su Wan se recuperó por completo.
El bebé creció sano.
Yo regresé a mi trabajo.
Y de alguna manera extraña, terminé convirtiéndome en amiga de aquella familia.
Principalmente de Su Wan.
Gu Yanzhou seguía apareciendo de vez en cuando.
A veces con alguna excusa ridícula.
Una consulta médica que podía resolver cualquier especialista.
Un documento que perfectamente podía enviar un asistente.
Una invitación a cenar porque “Su Wan insistía”.
Hasta que un día ella me llamó.
—Necesito pedirte un favor.
—Dime.
—Yanzhou tiene una cena importante esta noche.
—¿Y?
—Necesita acompañante.
Me quedé en silencio.
—¿Tú no puedes ir?
—Yo no.
—Entonces que vaya solo.
—Lin Qing.
—¿Qué?
Su voz se llenó de diversión.
—Mi marido lleva meses intentando presentarte a alguien.
Parpadeé.
—¿A quién?
Su Wan comenzó a reír.
—A su hermano.
Casi dejé caer el teléfono.
—¿Qué hermano?
—El menor.
—¿También trae helicópteros?
—No.
—Bien.
—Solo dirige una empresa tecnológica.
—Eso no me tranquiliza.
—Es normal.
—¿Qué significa normal para tu familia?
—Tiene un coche.
—¿Uno?
—Bueno…
—Su Wan.
—Tiene varios, pero solo conduce uno a la vez.
Me llevé una mano a la frente.
Fui a aquella cena.
No por la cita.
Por curiosidad.
Y cuando llegué, descubrí que el hermano menor de Gu Yanzhou no tenía nada que ver con él.
Era tranquilo.
Educado.
Y, cuando me vio, su primera frase fue:
—Mi cuñada me advirtió que jamás debo interrumpirte cuando estás hablando.
Lo miré.
—Tu cuñada es muy inteligente.

—También dijo que no debo intentar impresionarte con dinero.
—Más inteligente todavía.
—Y mi hermano dijo que, si te molesto, me abandonará en una carretera.
Miré a Gu Yanzhou, que estaba a varios metros.
—Eso sí suena a él.
El hombre sonrió.
—Soy Gu Yichen.
Le estreché la mano.
—Lin Qing.
Él observó mi rostro durante un momento.
—¿Es verdad que amenazaste a mi hermano la primera vez que lo viste?
—No lo amenacé.
—¿No?
—Solo le expliqué las consecuencias de seguir perdiendo el tiempo.
Se echó a reír.
—Creo que vamos a llevarnos bien.
Un año después, durante una cena familiar, Su Wan levantó su copa.
—Tengo un anuncio.
Todos la miramos.
Sonrió hacia mí.
—Gracias a Lin Qing, esta familia ahora tiene dos cosas que antes no tenía.
Fruncí el ceño.
—¿Cuáles?
—Un hijo sano.
Después miró a Gu Yichen, que estaba sentado a mi lado.
—Y alguien que finalmente consiguió que este hombre dejara de llegar tarde.
Gu Yichen protestó.
—Eso es mentira.
Lo miré.
—Llegaste siete minutos tarde a nuestra tercera cita.
—Había tráfico.
—Excusas.
Gu Yanzhou bebió tranquilamente.
—Se lo advertí.
Me eché a reír.
Y entonces recordé aquel día.
La lluvia.
La mujer embarazada.
Las tijeras absurdas.
Los helicópteros.
La cita a ciegas perdida.
Durante meses mi madre se había quejado de que por ayudar a una desconocida había arruinado una oportunidad de casarme.
Resultó ser exactamente lo contrario.
Aquel día no perdí una cita.
Encontré una familia inesperada.
Recuperé mi carrera.
Y conocí a alguien que jamás necesitó que me hiciera más pequeña para sentirse importante.
Todo porque una tarde decidí detenerme a ayudar a una desconocida.
Aunque tuviera prisa.
Aunque llegara tarde.
Aunque cinco minutos después aparecieran veinte helicópteros y yo pensara, sinceramente, que mi vida acababa de terminar.
A veces el destino no toca la puerta.
A veces aterriza sobre el césped haciendo un ruido ensordecedor.
FIN