PARTE 2: EL SECRETO DEL 2108

Regresé tres días después.

Daniel no fue a buscarme.

Gabriel sí.

Durante el trayecto me entregó una carpeta.

—Lucía, seguridad encontró algo extraño. Daniel utilizó recursos de la empresa para pagar un apartamento.

Sentí un escalofrío.

—¿El 2108?

Gabriel me miró sorprendido.

—¿Cómo lo sabes?

La respuesta llegó esa misma tarde.

Fuimos al edificio.

Cuando la puerta del 2108 se abrió, apareció una mujer joven sosteniendo a un niño de aproximadamente dos años.

Al verme, palideció.

—¿Quién eres?

Ella miró a Gabriel.

Luego a mí.

—Soy la esposa de Daniel.

El mundo se quedó en silencio.

—Eso es imposible —dije—. Yo soy su esposa.

La mujer comenzó a llorar.

Daniel llevaba años manteniendo dos vidas.

Pero todavía faltaba explicar mi identificación.

Gabriel abrió la carpeta.

Daniel había solicitado documentos internos para intentar transferirme a otra división después de mi ascenso.

Mi viaje a Hong Kong arruinaba su plan.

Yo iba a reunirme con el cliente que podía convertirme en directora regional.

Un puesto por encima del suyo.

Por eso escondió mi identificación.

No era solamente infidelidad.

Tenía miedo de que yo descubriera que también había utilizado mi nombre para justificar gastos relacionados con el apartamento.

Esa noche Daniel llegó corriendo.

Al vernos juntos frente al 2108, se quedó inmóvil.

—Lucía, puedo explicarlo.

Saqué de mi bolso los documentos que mi abogado había preparado.

—Perfecto. Explícaselo a Recursos Humanos.

Gabriel añadió:

—Y después a auditoría.

Daniel perdió el color.

—¡Gabriel, por favor!

Entonces me miró.

—Lucía, somos familia.

Sonreí.

—Curioso. Ayer ni siquiera querías que subiera a un avión.

Le entregué la demanda de divorcio.

Dos semanas después, Daniel fue despedido mientras la empresa investigaba los gastos y documentos que había manipulado.

Yo conseguí el contrato de Hong Kong.

Y seis meses después acepté el puesto de directora regional.

Nunca recuperé aquella identificación.

No importaba.

Solicité una nueva.

Porque algunas cosas, cuando alguien intenta quitártelas para impedir que avances, no necesitas recuperarlas.

Solo necesitas reemplazarlas.

Incluido el marido.

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