PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE ESPERARLO

El abogado me envió el borrador del divorcio tres días después.

No lo imprimí inmediatamente.

Esperé hasta recibir también la confirmación del traslado.

Incorporación a la sede central: 1 de junio.

Faltaban diecisiete días.

Diecisiete días para desaparecer de aquella casa donde había pasado seis meses aprendiendo a vivir sin mi marido.

Ethan notó el cambio.

Ya no evitaba su mirada.

Ya no me tensaba cuando entraba en una habitación.

Simplemente había dejado de importarme dónde estaba.

Y eso pareció asustarlo todavía más.

Una noche entró al estudio mientras yo guardaba documentos en una caja.

—¿Qué haces?

—Ordenando.

Miró las carpetas.

Pasaporte.

Certificados laborales.

Documentación bancaria.

Entonces vio una carpeta de una inmobiliaria de otra ciudad.

Su rostro perdió el color.

—¿Te vas?

Seguí guardando papeles.

—Sí.

—¿Por cuánto tiempo?

Lo miré.

—Permanentemente.

Ethan se quedó inmóvil.

—Clara…

—Me trasladaron.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo?

Aquello casi me hizo reír.

—¿Cuándo pensabas contarme lo de Olivia?

Silencio.

Por primera vez en ciento ochenta y seis días pronuncié su nombre delante de él.

Ethan retrocedió como si lo hubiera golpeado.

—Entonces lo sabías.

Abrí el cajón.

Saqué varias capturas impresas.

Después fui al dormitorio, levanté el colchón y regresé con la caja del collar.

La puse frente a él.

E & O.

Ethan miró el dije.

Su rostro se volvió gris.

—Clara, puedo explicarlo.

—Lo sé.

—No ocurrió como estás pensando.

—También lo sé.

Me senté tranquilamente.

—Ahora viene la parte donde me explicas que empezó como amistad. Que estabas confundido. Que ella te entendía durante los entrenamientos. Que nunca quisiste hacerme daño.

Ethan abrió la boca.

No salió nada.

Porque acababa de describir exactamente el discurso que llevaba seis meses preparando.

Finalmente se dejó caer en una silla.

—La besé.

Sentí algo.

Pero fue pequeño.

Lejano.

Como escuchar romperse un vaso en otra habitación.

—Una vez —continuó—. Después intenté detenerlo.

Empujé las capturas hacia él.

—Tres meses de mensajes.

Bajó la cabeza.

—No estuvimos juntos de esa manera.

—Ya no importa.

Ethan levantó los ojos inmediatamente.

—¡Claro que importa!

—Para ti.

Mi voz seguía tranquila.

—Porque todavía estás intentando calcular cuánto hiciste para saber cuánto perdón mereces.

Eso lo dejó callado.

—Yo pasé seis meses preguntándome qué tenía Olivia que no tuviera yo —continué—. Después dejé de preguntármelo.

—Clara…

—Y ahí terminó nuestro matrimonio.

Las lágrimas volvieron a aparecer.

—Yo todavía te amo.

Esta vez sí sonreí.

No con crueldad.

Con tristeza.

—Ese es precisamente el problema, Ethan. Pensaste que amarme significaba que siempre estaría aquí.

Saqué el sobre del abogado.

Lo coloqué frente a él.

Ethan vio las primeras palabras y comenzó a negar con la cabeza.

—No.

—Los documentos están preparados.

—No voy a firmar.

—Entonces seguirá el procedimiento correspondiente.

Se levantó.

—¡No puedes destruir diez años por un error!

También me levanté.

—Tú no perdiste este matrimonio aquella noche en que besaste a Olivia.

Lo miré directamente.

—Lo perdiste cada mañana posterior en que despertaste junto a mí y decidiste seguir mintiendo.

Ethan comenzó a llorar otra vez.

Pero aquella noche ocurrió algo diferente.

No sentí ganas de correr hacia él.

No sentí ganas de secarle las lágrimas.

No sentí siquiera rabia.

Solo cansancio.

Diecisiete días después entregué las llaves de la vivienda militar.

Mi equipaje cabía en cuatro maletas.

Ethan permaneció junto a la puerta.

Parecía no haber dormido.

—¿De verdad no queda ninguna posibilidad?

Miré el estudio.

La cama plegable ya había desaparecido.

Después miré al hombre al que había amado durante tantos años.

—La posibilidad existió durante seis meses.

Tomé mi última maleta.

—Solo que mientras tú esperabas que volviera a tu cama, yo estaba aprendiendo a no necesitarte.

Salí.

Tres meses después dirigía mi propio departamento en la sede central.

El divorcio seguía su curso.

Supe que Olivia había solicitado traslado a otra unidad después de que una investigación interna revisara la relación impropia entre ambos.

Nunca pregunté más.

Ethan me escribió muchas veces.

No respondí.

Hasta que llegó un último mensaje:

“Ahora entiendo por qué dejaste de discutir conmigo.”

Lo leí desde mi nuevo apartamento.

Afuera llovía.

Dentro había una cama grande.

Mía.

Sin flores blancas.

Sin collares escondidos.

Sin esperar llamadas desde balcones.

Apagué el teléfono y dormí.

Durante seis meses creí que estaba castigando a Ethan al no permitirle tocarme.

Solo después comprendí la verdad.

No lo estaba castigando.

Me estaba despidiendo.

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