PARTE 2: EL PADRE QUE NUNCA IMAGINÓ

—Adrian Harrison.

Ethan dejó de respirar.

Adrian.

Su hermano mayor.

El hombre que había muerto seis años atrás.

—Repite ese nombre.

—Adrian Harrison —dijo Mark—. El laboratorio comparó las muestras con material genético conservado en el expediente médico familiar. Los tres niños son compatibles con él.

Ethan colgó sin despedirse.

Durante varios minutos permaneció inmóvil.

Entonces algo no cuadró.

Adrian había muerto seis años antes.

Gabriel tenía cinco.

Noah, tres.

Lucas apenas uno.

Era imposible.

Ethan regresó a la clínica y exigió hablar con el especialista.

El médico revisó los informes y finalmente preguntó:

—Señor Harrison, ¿su familia utilizó alguna vez un banco de fertilidad?

Ethan sintió un escalofrío.

Recordó entonces algo que había enterrado durante años.

Antes de morir por una enfermedad, Adrian había congelado material reproductivo.

Pero aquello no explicaba por qué Olivia había tenido tres hijos suyos.

Ethan llegó a casa con los resultados dentro del abrigo.

Olivia estaba preparando la cena.

—Tenemos que hablar.

Ella vio su expresión y dejó lentamente el cuchillo.

Ethan puso los informes sobre la mesa.

—Sé que no son míos.

Olivia palideció.

—Ethan…

—¿Por qué mis hijos son hijos biológicos de Adrian?

Ella cerró los ojos.

Y comenzó a llorar.

—Porque tú lo pediste.

El silencio fue absoluto.

Ethan casi se rio.

—¿Qué?

Olivia corrió al dormitorio y regresó con una caja que él jamás había visto.

Dentro había documentos médicos.

Autorizaciones.

Correos impresos.

Y una memoria USB.

En la primera hoja aparecía su propia firma.

Ethan la reconoció inmediatamente.

—Después de nuestro accidente, hace seis años —explicó Olivia—, estuviste hospitalizado casi tres semanas. Los médicos descubrieron entonces tu infertilidad.

—Eso es mentira.

—No.

Olivia señaló la fecha.

—Tú ya lo sabías.

Ethan comenzó a leer.

Su rostro perdió lentamente el color.

Tras el accidente había sufrido una lesión cerebral y perdido fragmentos importantes de memoria de aquellos meses.

Recordaba la muerte de Adrian.

Recordaba el funeral.

Pero no recordaba lo ocurrido después.

Olivia conectó la memoria USB al televisor.

Apareció Ethan.

Más joven.

Sentado en una habitación de hospital.

Miraba directamente a la cámara.

—Si estás viendo esto —decía su propia voz— probablemente significa que mi memoria volvió a fallar.

Ethan retrocedió.

En el video explicaba que Adrian, sabiendo que estaba gravemente enfermo, había dejado muestras congeladas y autorización para que Ethan pudiera utilizarlas si algún día deseaba formar una familia.

Ethan había aceptado.

Olivia también.

—Quiero criar esos niños como míos —decía el Ethan del video—. La paternidad no empieza en un laboratorio.

El Ethan que ahora estaba frente al televisor no podía hablar.

Olivia lloraba en silencio.

—Después de Gabriel, tus recuerdos sobre ese periodo desaparecieron casi por completo. Tu médico recomendó no forzarlos. Cuando quisimos tener otro hijo, me dijiste que continuáramos con el plan.

Le mostró otra autorización.

Luego otra.

Todas firmadas por él.

—¿Entonces por qué nunca me dijiste nada?

Olivia lo miró con una tristeza profunda.

—Lo intenté.

Sacó varias cartas.

—Cada vez que mencionaba tu infertilidad o a Adrian sufrías ataques de ansiedad. Finalmente tu madre me pidió que dejara de hacerlo.

Ethan sintió que algo se quebraba.

Había pasado dos días observando a Olivia como a una traidora.

Había ordenado pruebas secretas a tres niños que lo llamaban papá.

Había puesto boca abajo la fotografía familiar.

Y ella había estado protegiendo una decisión que él mismo había tomado.

Entonces recordó algo.

—¿Y tu revisión de anteayer?

Olivia bajó los ojos.

Después deslizó una ecografía sobre la mesa.

—Estoy embarazada.

Ethan miró la imagen.

Su expresión cambió.

—¿Otra vez…?

—Sí. Del mismo programa.

Ethan se sentó.

Por primera vez, Olivia pareció enfadarse.

—Pero antes de hablar de este bebé, quiero preguntarte algo.

—¿Qué?

—Si el ADN hubiera dicho que pertenecían a un desconocido, ¿habrías dejado de amar a Gabriel, Noah y Lucas?

Ethan no pudo responder.

Desde el pasillo apareció Gabriel, medio dormido.

—Papá…

Ethan levantó la cabeza.

El niño corrió hacia él como llevaba haciendo toda su vida.

Ethan cayó de rodillas y lo abrazó.

Noah apareció detrás.

Después Lucas.

Tres niños que no compartían su ADN.

Tres hijos que compartían prácticamente todo lo demás.

Aquella noche Ethan volvió a colocar la fotografía familiar sobre su escritorio.

Pero guardó los resultados de ADN en un cajón.

No porque quisiera esconder la verdad para siempre.

Algún día sus hijos merecerían conocerla de una manera adecuada.

Sino porque finalmente había entendido algo que él mismo había dicho seis años antes y después había olvidado:

Adrian les había dado una parte de su sangre.

Olivia les había dado la vida.

Pero cada madrugada con fiebre, cada primer paso, cada cuento antes de dormir y cada vez que aquellos niños habían corrido hacia él gritando “papá”…

habían convertido a Ethan en su padre.

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