PARTE 2: EL ÚLTIMO TRATO

La mano del desconocido seguía sujetando mi muñeca.

No con violencia.

Solo lo suficiente para impedir que siguiera inclinándome hacia la ventana.

—Suélteme.

Lo hizo inmediatamente.

Eso me sorprendió.

Retrocedí del alféizar y lo observé.

Traje oscuro.

Abrigo todavía húmedo.

Una pequeña cicatriz junto a la ceja.

Lo reconocí después de unos segundos.

Damian Cross.

Director del Grupo Cross.

El hombre al que mi padre llevaba años intentando convencer para invertir en nuestra empresa familiar.

—¿Qué hace aquí?

Damian cerró la ventana.

—Vine a hablar con Adrian.

Solté una risa amarga.

—Llegó tarde. Está casándose.

—Lo sé.

—Entonces vaya a felicitarlo.

Damian no se movió.

—Primero quiero hacerle una propuesta.

—Me quedan tres días.

Lo dije directamente.

Quería ver si su expresión cambiaba.

No ocurrió.

—También lo sé.

Esta vez fui yo quien se quedó inmóvil.

—¿Cómo?

Sacó una carpeta.

—El especialista que revisó su expediente trabaja para una fundación médica financiada por mi familia.

La dejó sobre la mesa.

—Su diagnóstico es irreversible. No puedo prometerle un milagro.

Agradecí que no lo hiciera.

No quería falsas esperanzas.

—Entonces, ¿qué quiere de una mujer a la que le quedan setenta y dos horas?

Damian me miró.

—Que decida qué hacer con ellas.

Abrió la carpeta.

Dentro había documentos.

Acciones.

Poderes.

Un fideicomiso.

Mi nombre aparecía repetidamente.

—Durante su coma —explicó—, su padre utilizó el poder que usted firmó antes del accidente para reorganizar parte de sus activos.

Fruncí el ceño.

—¿Mis activos?

Mi abuela me había dejado un paquete importante de acciones antes de morir.

Nunca me interesó administrarlas.

Confiaba en mi familia.

Damian señaló una página.

—Esas acciones son la razón por la que nadie quería que usted despertara antes de la boda.

Sentí frío.

—Explíquese.

—Mientras usted permaneciera incapacitada, su padre podía ejercer temporalmente ciertos derechos administrativos.

—Pero si usted moría después de que Olivia se casara con Adrian…

Pasó otra página.

—Una parte importante terminaría bajo control de personas vinculadas a ellos.

Miré los documentos.

Después recordé las palabras de Lucas.

“Si te hubieras muerto, habría sido más fácil.”

De pronto ya no sonaban únicamente crueles.

Sonaban peligrosamente literales.

—¿Qué propone?

Damian deslizó un documento hacia mí.

—Recupere hoy el control de todo lo que legalmente pueda.

—Revoque poderes.

—Cambie beneficiarios donde corresponda.

—Y deje instrucciones claras sobre lo que ocurrirá después.

Lo miré fijamente.

—¿Qué gana usted?

Por primera vez sonrió ligeramente.

—Impedir que Adrian Blake controle esas acciones.

—Así que esto es negocios.

—En parte.

—¿Y la otra parte?

Su mirada se volvió seria.

—Que alguien debería haberle dicho hace mucho tiempo que su vida no pertenece a su familia.

Bajé los ojos.

Tres días.

Ellos acababan de utilizar más de seis meses de mi inconsciencia para organizar una vida en la que yo ya no existía.

Bien.

No iba a desperdiciar las últimas horas intentando recuperar mi lugar en ella.

Tomé el bolígrafo.

—¿Dónde firmo?

Damian negó.

—Primero léalo.

Aquello casi consiguió que llorara.

Adrian siempre me decía dónde firmar.

Mi padre también.

Lucas llevaba años diciendo:

“Emma no entiende estas cosas.”

Damian simplemente acercó una silla.

—Tenemos tiempo.

Leí cada página.

Dos horas después había revocado el poder otorgado a mi padre.

Mi participación quedaba fuera del alcance de Olivia.

También preparé nuevas instrucciones sucesorias.

La mayor parte sería destinada a una fundación para pacientes sin familiares que pudieran acompañarlos durante hospitalizaciones prolongadas.

Cuando terminé, Damian preguntó:

—¿Qué quiere hacer ahora?

Miré el reloj.

La boda ya habría terminado.

—Quiero salir de aquí.

Damian consiguió mi alta voluntaria.

Cuando atravesé las puertas del hospital, el aire frío golpeó mi rostro.

Cerré los ojos.

Había olvidado cómo se sentía.

La ciudad seguía funcionando.

Automóviles.

Luces.

Personas comprando café.

Parejas discutiendo.

Niños corriendo.

El mundo no sabía que yo estaba muriendo.

Y por primera vez aquello me pareció hermoso.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Mamá.

Papá.

Lucas.

Después Adrian.

No contesté.

Damian me llevó al mar.

Comí algo demasiado dulce.

Compré un abrigo rojo porque siempre había usado colores discretos para agradar a Adrian.

Me quité el anillo de compromiso.

Lo dejé dentro de su caja.

Y aquella noche dormí frente a una ventana abierta al sonido de las olas.

A la mañana siguiente quedaban dos días.

Adrian me encontró.

Entró en el hotel todavía vestido con parte del traje de boda.

—¡Emma!

Se detuvo al verme desayunando tranquilamente.

—¿Dónde estabas?

Casi sonreí.

—¿No te casaste ayer?

—Sí, pero desapareciste del hospital.

—Pensé que eso era exactamente lo que querían.

Su rostro se tensó.

—No de esta manera.

—¿Cuál era la manera correcta?

No respondió.

Entonces vio a Damian.

—¿Qué hace él aquí?

La ironía me hizo reír.

Después de abandonarme para casarse con mi hermana, Adrian estaba celoso.

—Eso ya no te concierne.

—Emma, tenemos que hablar.

—Habla.

—Olivia está destrozada. Tu familia descubrió esta mañana que revocaste los poderes de tu padre.

Ahí estaba.

No había venido primero porque estuviera preocupado por mí.

Había venido porque habían descubierto los documentos.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó.

—Porque son míos.

—Tu padre administraba esas acciones por tu bien.

—Estuve en coma, Adrian. No muerta.

Su expresión cambió.

—Nadie dijo eso.

—Lucas prácticamente sí.

Silencio.

Entonces pregunté:

—¿Cuánto sabías?

—¿Sobre qué?

—Sobre Olivia.

Adrian bajó la mirada.

Ya tenía la respuesta.

—¿Desde cuándo?

—Dos meses antes del accidente.

Me dolió.

Pero mucho menos de lo esperado.

—¿Y aun así seguías planeando casarte conmigo?

—No sabía cómo decírtelo.

—Qué conveniente fue mi coma.

—¡No digas eso!

Adrian golpeó la mesa.

—Yo fui al hospital todos los días durante meses.

Lo miré.

—¿Y cuándo dejaste de ir?

No contestó.

—¿Cuando empezaste a preparar la boda?

Su silencio respondió otra vez.

Me levanté.

—Vuelve con mi hermana.

Adrian me sujetó suavemente del brazo.

—Emma, aunque ya no podamos estar juntos, sigo preocupándome por ti.

Me liberé.

—Entonces concédeme un último favor.

—Cualquiera.

Lo miré a los ojos.

—Déjame pasar los próximos dos días sin volver a verte.

Palideció.

—¿Dos días?

Damian levantó la mirada.

Demasiado tarde comprendí mi error.

Adrian preguntó:

—¿Por qué dijiste dos días?

No respondí.

—Emma.

Su voz empezó a temblar.

—¿Qué ocurre?

En ese momento mi teléfono sonó.

Era el hospital.

Adrian alcanzó a escuchar parte de la conversación.

“Señorita Shaw, necesitamos que regrese. Su estado se está deteriorando más rápido de lo previsto.”

Cuando colgué, Adrian parecía incapaz de respirar.

—¿Qué significa eso?

Miré por la ventana.

—Significa que cuando me pediste tu bendición ayer…

Volví los ojos hacia él.

—Yo ya sabía que probablemente no viviría para ver terminar vuestra luna de miel.

Adrian retrocedió.

—No.

—Tres días desde que desperté.

—No.

—Eso dijeron los médicos.

—¡No!

Su grito hizo que varias personas miraran.

Me sorprendió verlo llorar.

—¿Por qué no nos dijiste?

Sonreí tristemente.

—Porque todos estaban demasiado ocupados asegurándose de que no arruinara la boda.

Adrian se cubrió el rostro.

Por primera vez comprendió que mientras él prometía una vida entera a Olivia…

yo estaba contando mis últimas horas.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era Lucas.

Contesté.

Su voz llegó desesperada.

—Emma, ¿qué hiciste con las acciones?

Cerré los ojos.

Y sonreí.

Ni siquiera ahora preguntaba cómo estaba.

—Las devolví a su verdadera dueña.

—¡No puedes hacer esto! Papá está enfermo del disgusto. Olivia está llorando. Ven inmediatamente.

Miré el mar.

—No.

—Emma, somos tu familia.

Aquella palabra ya no significaba nada.

—Lo eran.

Colgué.

Damian se acercó.

—¿Hospital?

Negué.

—Todavía no.

Me quedaba muy poco tiempo.

Y no pensaba entregárselo a quienes ya habían decidido vivir sin mí.

—Quiero hacer una última cosa.

—¿Cuál?

Miré hacia la carretera que llevaba fuera de la ciudad.

—Quiero ver amanecer mañana.

Damian asintió.

No intentó convencerme de nada.

No prometió salvarme.

Simplemente tomó mi abrigo.

Y mientras salíamos, Adrian permaneció inmóvil detrás de nosotros.

—Emma…

Me detuve.

—Lo siento.

No me volví.

—Yo también.

—¿Por qué?

Miré el cielo.

—Porque necesité estar a punto de morir para entender que sobrevivir al accidente no significaba que tuviera que seguir viviendo para ustedes.

Y me marché.

Aún me quedaba un amanecer.

Esta vez sería mío.

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