PARTE 2: LA CITA ERA CONMIGO

Me quedé mirando el mensaje de Adrian.

“Programa una segunda cita con Serena.”

Serena leyó por encima de mi hombro.

Después sonrió.

—Hazlo.

—¿Qué?

—Programa la cita.

—¿No acabas de decir que está enamorado de mí?

—Precisamente.

Me devolvió el teléfono.

—Quiero comprobar cuánto tarda en darse cuenta.

La miré con desconfianza.

—Esto empieza a parecer un experimento.

—Soy cirujana. Me gustan los diagnósticos claros.

Suspiré.

Volvimos al comedor.

Adrian levantó la vista.

—¿Todo bien?

Serena se sentó frente a él.

—Perfectamente.

Yo recogí mi bolso.

—Entonces confirmaré la segunda cita.

Adrian me observó durante un segundo demasiado largo.

—Bien.

No parecía feliz.

Eso debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.


La segunda cita fue cuatro días después.

Serena eligió un restaurante italiano.

Adrian pidió una mesa privada.

Yo organicé la reserva.

Y, por primera vez en tres años, no fui.

A las siete y veinte estaba en mi apartamento, sentada en el sofá, mirando una película que no estaba viendo.

A las siete y treinta abrí el correo.

Nada.

A las siete y cuarenta revisé el calendario de Adrian.

Como si pudiera haber cambiado solo.

A las ocho recibí un mensaje.

Adrian.

“¿Dónde estás?”

Fruncí el ceño.

“En casa.”

La respuesta llegó inmediatamente.

“¿Por qué?”

Me quedé mirando la pantalla.

“Porque usted está en una cita.”

Tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron.

“Siempre vienes.”

Sonreí.

“Creí que mi presencia era laboralmente innecesaria.”

Pasó casi un minuto.

“Ven.”

Me incorporé.

“¿A su cita?”

“Sí.”

“¿Por qué?”

Esta vez tardó más.

“Serena quiere hablar contigo.”

Cinco segundos después llegó otro mensaje.

Serena.

“Ven. Confía en mí.”

Eso era exactamente lo que dice alguien antes de arruinarte la vida.

Pero fui.


Cuando llegué, Serena estaba terminando el postre.

Adrian no había tocado el suyo.

—Llegas tarde —dijo.

—No sabía que estaba invitada.

—Ahora lo estás.

Serena me señaló la silla junto a ella.

—Siéntate.

Me senté.

Adrian nos miró a ambas.

—¿Qué están tramando?

—Nada —respondimos al mismo tiempo.

Sus ojos se estrecharon.

Serena tomó agua.

—Adrian, quiero hacerte una pregunta.

—Hazla.

—¿Te gusto?

Silencio.

Yo casi dejé caer la servilleta.

Adrian respondió con absoluta calma:

—Eres inteligente, agradable y tienes sentido del humor.

—Eso no responde.

—Lo sé.

Serena sonrió.

—¿Te casarías conmigo?

Mi cabeza giró hacia ella.

Adrian ni siquiera pestañeó.

—No.

—¿Por qué?

Entonces ocurrió.

Miró hacia mí.

Solo un instante.

Pero Serena lo vio.

Yo también.

—Porque no nos conocemos suficiente —dijo.

Serena dejó la copa.

—Respuesta equivocada.

Adrian frunció el ceño.

—¿Perdón?

—La respuesta correcta era: “Porque estoy enamorado de mi asistente.”

Me atraganté con aire.

Adrian quedó inmóvil.

—Serena.

—¿Sí?

—No vuelvas a hacer eso.

Su voz era baja.

Peligrosa.

Serena sonrió satisfecha.

—Gracias por confirmar el diagnóstico.

Me levanté.

—Voy al baño.

—Olivia —dijo Adrian.

—Urgencia fisiológica.

Salí prácticamente huyendo.


Cuando regresé, Serena ya se había marchado.

Adrian estaba solo.

—¿Dónde está?

—Se fue.

—¿Por qué?

—Dijo que su trabajo había terminado.

Me senté lentamente.

—Se divierte demasiado.

—Estoy de acuerdo.

Silencio.

Adrian me observaba.

Yo miraba cualquier cosa excepto a él.

Finalmente preguntó:

—¿Tú crees lo que dijo?

—Serena dice muchas cosas.

—Olivia.

—¿Sí?

—Mírame.

Lo hice.

Mala decisión.

—¿Crees que estoy enamorado de ti?

El corazón me dio un golpe.

—Creo que me ha regalado objetos absurdamente caros.

—No es lo mismo.

—Exactamente.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Nunca te preguntaste por qué?

—Compensación por limpiar desastres.

—Eso decía la tarjeta.

—Entonces…

—Las tarjetas mentían.

Me quedé callada.

Adrian soltó un suspiro.

—La primera vez que te regalé algo, pensé que lo devolverías.

—Era un Hermès.

—Lo sé.

—No soy una santa.

Casi sonrió.

—Después encontré una excusa para regalarte otra cosa.

—Y otra.

—Y otra.

Lo miré fijamente.

—¿Arruinaba citas para regalarme cosas?

—No.

Hizo una pausa.

—Las arruinaba porque ninguna era tú.

Mi cerebro dejó de funcionar.

Completamente.

—Eso es una frase terriblemente poco profesional.

—He tenido tres años para practicarla.

—Y aun así no es buena.

—Tú estás nerviosa.

—Estoy evaluando mi contrato laboral.

Adrian sonrió.

Ahí estaba otra vez aquella sonrisa imposible.

Y por desgracia era mucho peor cuando estaba dirigida hacia mí.


No empezamos a salir aquella noche.

Primero puse condiciones.

Muchas.

Nada de regalos ridículamente caros.

Nada de mezclar decisiones laborales con asuntos personales.

Y, sobre todo:

—Si esto sale mal, no quiero perder mi carrera.

Adrian dejó de bromear.

—No la perderás.

—Lo dices ahora.

—Entonces dejémoslo por escrito.

Parpadeé.

—¿En serio?

—Tú haces contratos para todo.

—Trabajo para una empresa.

—Exactamente.

Durante las semanas siguientes, se reorganizaron mis funciones para que dejara de depender directamente de él.

No quería que nadie pudiera decir que había aceptado una relación porque mi salario dependía de su humor.

Eso fue lo primero que consiguió convencerme de que hablaba en serio.

Lo segundo fue que dejó de comprar regalos.

Completamente.

En nuestra primera cita real apareció con una bolsa de papel.

—¿Qué es?

—Un regalo.

Lo miré.

—Adrian.

—Costó nueve dólares.

Dentro había un llavero.

Un Mini Cooper diminuto.

Lo miré durante cinco segundos.

Después me eché a reír.

—Eres insoportable.

—Pero barato.

—Mejorando.


Cuando su madre descubrió nuestra relación, guardó silencio casi diez segundos.

Después dijo:

—¿Olivia?

Adrian asintió.

—¿Tu asistente?

—Exasistente directa.

La mujer me tomó ambas manos.

—Cariño, llevo tres meses presentándole mujeres y tú estabas delante de él todos los días.

Miró a su hijo.

—¿Eres consciente del dinero que me hiciste gastar?

Adrian respondió:

—Olivia obtuvo buenos beneficios.

Lo golpeé en el brazo.

Su madre me miró.

—¿Beneficios?

Demasiado tarde.

Le contó todo.

El bolso.

La pulsera.

Los zapatos.

El collar.

El coche.

Su madre terminó riéndose hasta llorar.

—Olivia, tú eras la única persona de esta familia con un modelo de negocio rentable.


Un año después, Serena recibió una invitación.

Me llamó inmediatamente.

—¿Esto es lo que creo?

—Sí.

—¿Vas a casarte con él?

Miré el anillo.

—Parece que sí.

—Estoy orgullosa de mi diagnóstico.

—No hiciste nada.

—Yo identifiqué la enfermedad.

—¿Enfermedad?

—Adrian.

No pude discutirlo.

En nuestra boda, Serena dio un discurso corto.

Muy corto.

—Siempre supe que eran perfectos.

Adrian murmuró:

—Mentira.

Serena continuó:

—Principalmente porque él insultaba a todas las demás mujeres y a Olivia solo le compraba coches.

Todo el salón estalló en risas.

Yo también.

Adrian negó con la cabeza.

Después tomó mi mano.

—¿Te arrepientes?

Lo pensé.

—Solo de una cosa.

—¿Cuál?

—Debí dejarte tener otras diez citas antes de aceptar.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Todavía me faltaba una casa.

Adrian se quedó en silencio.

Luego se echó a reír.

Y yo también.

Porque durante meses había rezado para que Adrian Cole siguiera soltero.

Pensaba que su incapacidad para enamorarse era mi mejor inversión.

Resultó que estaba equivocada.

Su soltería nunca había sido mi plan de jubilación.

Solo era el tiempo que necesitó para entender que todas aquellas citas fracasaban por la misma razón.

La mujer que estaba buscando…

llevaba tres años organizándole la agenda.

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