La miré durante unos segundos.
Tang Tang permanecía en la puerta con una mano apoyada sobre su vientre todavía plano y la bolsa de caramelos entre los dedos.
—Hermana Zixia… ¿usted también está aquí?
Sonreí.
—Viví aquí ocho años. Sería más extraño que no estuviera.
Su expresión se congeló.
Chu Yinghuai intervino inmediatamente.
—Tang Tang, entra primero.
Ella obedeció.
Naturalmente.
Como si aquella casa ya fuera suya.
Cuando pasó junto a mí, reconocí el perfume de mi dormitorio.
Incluso llevaba la chaqueta que yo había comprado.
Sentí algo romperse dentro de mí.
Pero no era el corazón.
Era el último hilo de nostalgia.
Tang Tang sacó dos certificados rojos de su bolso.
—Hermano Yinghuai, los dejaste en mi mochila.
Luego me miró con aparente nerviosismo.
—Hermana Zixia, espero que no me odie. Yo sé que ustedes estuvieron juntos muchos años…
—Ocho.
Bajó la cabeza.
—Lo siento.
—No me pidas perdón.
Levantó los ojos.
—¿No está enfadada conmigo?
—Claro que sí.
Su rostro cambió.
Continué:
—Pero tú no me prometiste ocho años de futuro.
Miré a Chu Yinghuai.
—Él sí.
El salón quedó completamente en silencio.
Tang Tang apretó los certificados.
Chu Yinghuai dio un paso hacia mí.
—Zixia, podemos hablar cuando estés más tranquila.
—Estoy perfectamente tranquila.
Tomé mi maleta.
—Por eso me voy.
Me sujetó de la muñeca.
—No.
Lo miré.
—Suéltame.
—Esta también es tu casa.
Miré la ropa de Tang Tang visible desde el dormitorio.
Después, los certificados de matrimonio.
Finalmente, su mano sobre mi muñeca.
—No, Yinghuai.
Aparté sus dedos uno por uno.
—Desde ayer, esta es la casa de un hombre casado y su esposa.
Tang Tang palideció.
Chu Yinghuai también.
—Yo ya no tengo nada que hacer aquí.
Aquella noche dormí en el apartamento de mi madre.
Cuando me vio entrar con una maleta, entendió inmediatamente que algo había ocurrido.
—¿Discutieron?
Dejé las llaves sobre la mesa.
—Se casó.
Mi madre tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Qué?
—Con una enfermera del hospital.
Su rostro perdió el color.
—Pero ayer yo…
—Lo sé.
Me senté junto a ella.
—No fue culpa tuya.
Mi madre comenzó a llorar.
Yo no.
Quizá había sufrido demasiado en pocas horas para seguir sintiendo algo.
Entonces mi teléfono empezó a sonar.
Chu Yinghuai.
Rechacé la llamada.
Volvió a llamar.
Después llegaron los mensajes.
“Zixia, vuelve.”
“Podemos solucionarlo.”
“Tang Tang está embarazada y emocionalmente inestable. No puedo abandonarla ahora.”
“Pero tampoco quiero perderte.”
Leí aquella última frase varias veces.
Y finalmente comprendí su lógica.
No quería elegir.
Quería conservarlo todo.
Una esposa joven que lo admirara.
Y una mujer que llevara ocho años cuidándolo.
Tang Tang sería su amor nuevo.
Yo seguiría siendo su hogar.
Bloqueé su número.
Dos días después regresé al hospital.
No por Chu Yinghuai.
Mi madre tenía una cita.
Mientras esperaba frente al área de nefrología, escuché dos enfermeras hablando.
—¿Supiste lo del doctor Chu?
—¿Lo de Tang Tang?
—Dicen que se casaron.
Al verme, ambas callaron.
Yo fingí no haber escuchado.
Entonces apareció Tang Tang.
Cuando me reconoció, acarició inconscientemente su vientre.
—Hermana Zixia.
—Señorita Tang.
Pareció incómoda.
—Quería hablar con usted.
—Yo no.
Intenté pasar.
Ella me bloqueó.
—Sé que el hermano Yinghuai todavía se preocupa mucho por usted.
La miré.
—Entonces habla con tu marido.
—Precisamente por eso.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Desde que usted se fue, casi no duerme. Siempre está mirando el teléfono.
Comprendí.
No había venido a disculparse.
Había venido a comprobar si yo seguía siendo una amenaza.
—Tang Tang, conseguiste el certificado.
Su rostro se tensó.
—¿Qué?
—Conseguiste la casa, el dormitorio y al hombre.
Me acerqué ligeramente.
—Si después de conseguirlo todo todavía necesitas venir a preguntarme si él sigue pensando en mí, quizá el problema no sea yo.
Se quedó muda.
Me marché.
Las semanas siguientes fueron extrañamente tranquilas.
Cambié mis pertenencias de dirección.
Separé las cuentas y pagos que todavía compartíamos.
Recuperé mis objetos personales.
Y, sobre todo, dejé de organizar mi vida alrededor de los horarios de Chu Yinghuai.
Durante ocho años había aprendido cuándo tenía guardia.
Qué comida podía tolerar después de una noche sin dormir.
Cuándo debía recordarle una revisión.
Qué camisas necesitaban planchado.
Incluso sabía reconocer su estado de ánimo por la manera en que dejaba las llaves.
De pronto, todo aquello dejó de ser responsabilidad mía.
Y descubrí algo inesperado.
Tenía muchísimo tiempo.
Tiempo para mi madre.
Para mi trabajo.
Para mí.
Un mes después, Chu Yinghuai apareció frente al apartamento.
Parecía agotado.
—Necesito hablar contigo.
—Habla.
Miró hacia el interior.
—¿No vas a dejarme entrar?
—No.
Aquella simple palabra pareció herirlo.
—Tang Tang y yo estamos teniendo problemas.
Casi me reí.
—Eso tampoco es asunto mío.
—Ella no es como imaginaba.
—¿Y cómo la imaginabas?
Guardó silencio.
Después dijo:
—Contigo todo era más fácil.
Ahí estaba.
La frase que terminó de matar cualquier sentimiento que quedara.
—Claro que era fácil.
Lo miré fijamente.
—Porque durante ocho años hice que lo fuera.
Su rostro se endureció.
—Preparaba tus comidas. Organizaba la casa. Te esperaba durante las guardias. Cuidaba de ti cuando enfermabas. Recordaba tus horarios y soportaba tus malos días.
Di un paso hacia él.
—Y llegaste a creer que todo eso aparecía solo.
—Zixia…
—No me extrañas a mí.
Negué lentamente.
—Extrañas la comodidad que yo construía alrededor de ti.
No pudo responder.
Cerré la puerta.
Meses después, escuché por antiguos conocidos del hospital que Tang Tang y Chu Yinghuai discutían constantemente.
La realidad había resultado menos romántica que las escapadas secretas.
Había cuentas.
Responsabilidades.
Turnos agotadores.
Una casa que nadie organizaba mágicamente.
Y dos personas que habían confundido emoción con amor.
No sentí satisfacción.
Tampoco tristeza.
Simplemente ya no era mi problema.
La última vez que vi a Chu Yinghuai fue casi un año después.
Mi madre había terminado una revisión y yo la acompañaba hacia la salida del hospital.
Él estaba al final del pasillo.
Se quedó inmóvil al verme.
Yo también.
Parecía más viejo.
—Zixia.
—Doctor Chu.
Aquella forma de llamarlo le hizo bajar la mirada.
—¿Cómo está tu madre?
—Mucho mejor.
—Me alegro.
Asentí.
Cuando iba a marcharme, habló.
—A veces pienso en aquellos fideos.
Me detuve.
Sabía exactamente de cuáles hablaba.
Los fideos con aceite de cebolleta de aquella última noche.
—Durante años —continuó— llegaba a casa pensando que siempre estarían esperándome.
Su voz se quebró ligeramente.
—Nunca entendí lo afortunado que era.
Lo miré sin odio.
—Porque confundiste que alguien te amara con que estuviera obligado a quedarse.
Cerró los ojos.
—Si pudiera regresar…
—No puedes.
Me miró.

—¿Nunca habría otra oportunidad?
Pensé en los ocho años.
En el anillo de plata.
En mi madre aceptando finalmente nuestro matrimonio.
En aquel mensaje sin respuesta.
En la ropa de otra mujer dentro de mi armario.
Y en el cuenco de fideos enfriándose sobre una mesa mientras él me explicaba que podía convertirme en la sombra de su matrimonio.
Entonces sonreí.
—No.
Una sola palabra.
Sin lágrimas.
Sin gritos.
Sin arrepentimiento.
Tomé del brazo a mi madre y seguimos caminando.
Ella me miró.
—¿Estás bien?
—Sí.
Y era verdad.
Porque durante mucho tiempo pensé que perder ocho años significaba haber desperdiciado ocho años.
Después comprendí que no.
Había aprendido algo que jamás volvería a olvidar:
El amor no consiste en demostrar cuánto eres capaz de soportar.
Y ser madura no significa aceptar aquello que te destruye para facilitarle la vida a otra persona.
Chu Yinghuai creyó que yo era demasiado comprensiva para marcharme.
Tang Tang creyó que entrar en mi dormitorio significaba haber ocupado mi lugar.
Ambos se equivocaron.
Porque aquel lugar nunca había sido una cama.
Ni una casa.
Ni un certificado.
Mi verdadero lugar era cualquier vida en la que pudiera conservar mi dignidad.
Y esa vez, mientras las puertas del hospital se cerraban detrás de mí, no miré atrás.
Después de ocho años cuidando de su vida…
por fin había empezado a vivir la mía.