PARTE 2: EL SECRETO DE ALEXANDER

Alexander no hizo nada más.

Se quedó frente a mí, esperando.

Y aquella pausa terminó siendo más reveladora que todas sus huidas.

—No quiero que esto ocurra porque estamos discutiendo —dije finalmente.

Él se apartó inmediatamente.

—Bien.

Parpadeé.

—¿Bien?

Alexander recogió los documentos del divorcio.

—Ahora podemos hablar.

—¿Después de una semana evitándome?

Su expresión cambió.

—Claire, no estaba huyendo porque no te quisiera cerca.

—Entonces explícame por qué desapareciste de nuestra luna de miel.

Alexander guardó silencio.

Después abrió un cajón y sacó una carpeta vieja.

La dejó delante de mí.

En la portada aparecía mi nombre.

CLAIRE BENNETT.

—¿Qué es esto?

—La razón por la que acepté casarme contigo.

Abrí la carpeta.

Había fotografías de nuestra universidad.

Programas de graduación.

Una invitación a una exposición que yo había organizado siete años atrás.

Incluso una vieja fotografía de un grupo de estudiantes.

Yo aparecía al fondo.

Alexander estaba mirándome.

No a la cámara.

A mí.

Levanté lentamente la cabeza.

—¿Guardaste todo esto?

—Sí.

—¿Durante ocho años?

—Sí.

Sentí que mi cerebro dejaba de funcionar.

—Alexander Reed… ¿tú estabas enamorado de mí?

Él hizo una mueca.

—No utilices ese tono de sorpresa.

—¡Porque tú eras Alexander Reed! Rechazabas a todo el mundo.

—Precisamente.

Se sentó frente a mí.

Entonces finalmente me contó la parte de nuestra historia que yo jamás había conocido.

Durante la universidad, Alexander había querido acercarse varias veces.

Pero yo siempre estaba rodeada de amigos y, según él, parecía feliz, libre y completamente fuera de su alcance.

Me reí.

—¿Yo fuera de tu alcance?

—Claire, podía dirigir una presentación delante de quinientas personas sin pestañear. Pero cada vez que tú me preguntabas cualquier tontería, olvidaba hasta cómo responder normalmente.

Recordé nuestras conversaciones.

Sus respuestas cortas.

Sus silencios.

Aquellas miradas imposibles de interpretar.

Durante años pensé que me encontraba insoportable.

—Entonces, ¿por qué nunca dijiste nada?

Alexander bajó la mirada.

—Porque escuché que estabas enamorada de alguien.

—¿De quién?

—Nunca lo descubrí.

Me tapé la cara.

—Idiota.

—Probablemente.

—Eras tú.

Alexander levantó los ojos.

—¿Qué?

—El chico del que estaba enamorada eras tú.

El hombre más frío que había conocido se quedó completamente inmóvil.

Entonces comprendí algo extraordinario.

Nos habíamos querido en silencio durante años.

Y casi habíamos terminado divorciándonos porque ninguno sabía hablar.

Pero todavía faltaba una pregunta.

—Entonces ¿por qué huiste ahora?

Su expresión volvió a ponerse seria.

—Porque nuestra boda ocurrió demasiado rápido. Tú habías bebido. Yo llevaba ocho años queriendo una oportunidad contigo. No confiaba en mi propia objetividad.

Me quedé callada.

Alexander continuó:

—Quería saber que cuando estuvieras completamente segura, todavía me elegirías.

Señalé los documentos.

—Bueno, casi consigues exactamente lo contrario.

—Lo sé.

—Tu estrategia fue horrible.

—También lo sé.

Tomé el acuerdo de divorcio.

Alexander siguió cada movimiento de mis manos.

Lo rompí por la mitad.

Sus hombros parecieron relajarse por primera vez.

—Pero tengo condiciones —dije.

—Dime.

—No vuelvas a desaparecer.

—Aceptado.

—Cuando algo te preocupe, hablas conmigo.

—Aceptado.

—Y deja de decidir por mí lo que supuestamente voy a lamentar.

Alexander asintió.

—Aceptado.

Me levanté.

—Perfecto.

Caminé hacia la puerta.

—¿Adónde vas?

Me giré.

—A casa.

Alexander frunció ligeramente el ceño.

—¿Nuestra casa?

Sonreí.

—Depende.

—¿De qué?

—De si mi marido piensa seguir durmiendo encerrado en habitaciones de invitados.

Por primera vez desde que lo conocía, Alexander Reed se echó a reír.

Y entonces comprendí la ironía.

Durante ocho años había creído que el hombre más frío de la universidad jamás me había visto.

En realidad, me había visto todo el tiempo.

Simplemente éramos dos personas demasiado orgullosas, demasiado inseguras y demasiado silenciosas para descubrirlo.

Nuestra verdadera luna de miel comenzó una semana tarde.

Pero esta vez ninguno de los dos huyó.

Related Posts

PARTE 2: LA VERDADERA DUEÑA

A las nueve menos cinco entré en la sala de juntas de Aurora Furniture. Ethan ya estaba sentado en la cabecera. Ava ocupaba la silla a su…

PARTE 2: MI VERDADERO APELLIDO

A las ocho de la noche, una fila de autos de lujo rodeaba la entrada del Grand Pinnacle. Spencer llegó primero con Cassandra del brazo. Ella llevaba…

PARTE 2: LA SEGUNDA TRAICIÓN

Llegué al despacho de mi abogado veinte minutos después. Daniel no me ofreció café. Ni siquiera me pidió que me sentara. Simplemente giró su computadora hacia mí….

PARTE 2: EL PRECIO DE PERDERME

—Podemos hablar —dije—. Pero eso no significa que vaya a regresar. Richard Shaw bajó la mirada. Era extraño verlo así. Durante quince años había hablado conmigo desde…

PARTE 2: EL DINERO QUE ADRIAN USÓ PARA CASARSE CON OTRA MUJER FUE LO ÚLTIMO QUE NECESITÉ PARA DEJAR DE AMARLO

Adrian miró el saldo de la cuenta y respondió con una tranquilidad que todavía recuerdo. —Se lo presté a Chloe. —¿Ciento diecisiete mil dólares? —Su familia exigía…

PARTE 2: CUANTO MÁS INTENTÓ MIA QUITARME, MÁS TERMINÓ PONIENDO A MI NOMBRE

La ambulancia llegó quince minutos después. Mia insistió en que estaba bien. Yo insistí más. —Por favor, hagan todas las pruebas necesarias. Su corazón siempre ha sido…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *