PARTE 2: SIETE VIDAS DEMASIADO TARDE

Adrian permaneció de rodillas frente a la camilla.

Pero yo ya no podía responderle.

El vínculo del sistema me mantenía cerca, obligándome a contemplar las consecuencias de aquella última vida.

Entonces ocurrió algo inesperado.

La voz mecánica volvió a aparecer.

—Anomalía detectada.

Miré alrededor.

—¿Qué significa?

—La misión principal ha cambiado.

—¿Cambiar? Ya terminó.

—Negativo. La condición nunca fue conseguir que Adrian te amara.

Sentí un escalofrío.

—Entonces ¿cuál era?

Hubo una pausa.

—Conseguir que tú dejaras de elegirlo.

Me quedé inmóvil.

Siete vidas.

Siete oportunidades.

Yo siempre había pensado que Adrian era el centro de la misión.

Quizá nunca lo había sido.


En el mundo de los vivos, Adrian abrió mi nota una y otra vez.

Después preguntó:

—¿Dónde está Luna?

Nadie respondió.

Su asistente bajó la mirada.

—Señor… usted sabe lo que ocurrió.

—Pregunté dónde está mi hija.

—Las cenizas estaban con Sofía.

Adrian miró la urna.

Algo pareció romperse finalmente dentro de él.

Durante meses había llamado “decisión médica” a lo sucedido.

Había repetido que no podía prever el desenlace.

Había convertido a Luna en una consecuencia incómoda porque reconocerla como su hija significaba reconocer también todo lo que había permitido.

Aquella tarde canceló la boda.

Valeria lo encontró sentado solo.

—Adrian, nuestros invitados siguen esperando.

Él levantó la cabeza.

—¿Cuánto sabías?

Ella palideció.

—¿Sobre qué?

—Sobre Luna.

Valeria guardó silencio.

Fue suficiente.

Adrian comenzó a revisar documentos.

Informes médicos.

Mensajes.

Autorizaciones.

Y encontró algo que ni siquiera yo había sabido.

La situación había sido presentada ante mí como si no existiera alternativa.

Pero los documentos mostraban discusiones previas sobre otras posibilidades y advertencias que habían sido minimizadas.

También encontró mensajes entre Valeria y uno de sus intermediarios.

En uno, ella había escrito:

“Mientras Sofía siga creyendo que Adrian tomó la decisión solo, nunca volverán a reconciliarse.”

Adrian dejó caer el teléfono.

—Tú sabías.

Valeria empezó a llorar.

—¡Estaba intentando salvar a mi hijo!

—Y Luna también era mi hija.

La frase salió rota.

Yo lo observé desde el otro lado de aquella habitación.

Qué tarde.

Había necesitado perderlo todo para decir en voz alta lo que yo le había suplicado que recordara.


Adrian no regresó con Valeria.

Pero tampoco hubo una gran reconciliación.

No podía haberla.

Yo ya no estaba allí para concedérsela.

Durante los meses siguientes hizo algo que jamás había hecho mientras Luna vivía:

pronunció su nombre.

Mandó colocar una placa conmemorativa.

Entregó a los investigadores toda la documentación relacionada con las decisiones que rodearon el caso.

Vendió la casa donde había planeado vivir con Valeria.

Y cada semana regresaba a la costa.

Siempre llevaba dos flores.

Una para Luna.

Otra para mí.

Una tarde se sentó frente al mar y susurró:

—Si pudiera volver atrás…

El sistema apareció inmediatamente.

—No puede.

Miré a Adrian.

—Lo sé.

—Pero tú sí.

Me giré.

Frente a mí apareció una puerta de luz.

—La misión ha concluido —dijo el sistema—. Has roto el ciclo.

—¿Voy a regresar otra vez?

—No a él.

Por primera vez, aquellas palabras no me dieron miedo.

Miré hacia el mar una última vez.

Adrian permanecía sentado en la arena sosteniendo aquellas dos flores.

Durante siete vidas había esperado que él se volviera para elegirme.

En la octava comprendí que la única persona que necesitaba darse la vuelta era yo.

—¿Y Luna? —pregunté.

La voz del sistema se suavizó.

—Tu historia con ella no termina aquí.

Entonces atravesé la puerta.

No miré atrás.

Adrian podría arrepentirse durante un año o durante toda una vida.

Podría aprender.

Podría cambiar.

Podría convertirse finalmente en el hombre que yo había esperado encontrar durante siete existencias.

Pero ya no sería para mí.

Porque algunas historias no terminan cuando quien te hizo daño comprende cuánto valías.

Terminan cuando su arrepentimiento deja de decidir cuánto vales tú.

Y mientras aquella última vida desaparecía detrás de mí, entendí finalmente la misión:

Nunca había sido lograr que Adrian me eligiera.

Era aprender a no perderme a mí misma esperando que lo hiciera.

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