PARTE 2: LA DEUDA QUE NO PODÍA COMPRAR

Boris tardó menos de veinticuatro horas.

A la mañana siguiente dejó una carpeta sobre el escritorio de Andrei.

—Oksana Shevchuk. Treinta y dos años. Madre soltera. Una hija, Mariyka, de seis años. Trabaja en dos lugares y debe tres meses de alquiler.

Andrei pasó las páginas.

—¿El padre de la niña?

Boris negó con la cabeza.

—Desapareció de sus vidas hace años.

Después señaló otro documento.

—Pero hay algo más. El café donde trabaja está a punto de cerrar. El propietario tiene deudas con gente del puerto.

Andrei levantó la mirada.

—¿Con quién?

Boris guardó silencio.

Andrei entendió.

—Con nosotros.

Esa misma tarde ordenó cancelar la deuda.

—Sin decir mi nombre.

—¿Y Oksana?

—No quiero que piense que estoy comprando otra hamburguesa.

Pero el problema llegó antes.

Dos noches después, Oksana terminó su turno y encontró a dos hombres esperando fuera del café.

El propietario había desaparecido.

Ellos querían cobrar.

Oksana abrazó a Mariyka contra su cuerpo y retrocedió.

—Yo solo trabajo aquí.

Uno de los hombres se acercó.

—Entonces dile a tu jefe que tiene hasta mañana.

Un automóvil negro frenó junto a la acera.

Boris bajó primero.

Los dos hombres palidecieron.

Después apareció Andrei.

No levantó la voz.

—¿Quién les dio permiso para venir?

—Señor Kremenchuk, nosotros no sabíamos que…

—Ahora saben.

Miró a Mariyka escondida detrás de su madre.

—Váyanse.

No necesitaron una segunda orden.

Oksana esperó hasta que desaparecieron.

Luego miró a Andrei.

—¿Quién eres?

Esta vez él no podía esconderse detrás de un traje caro.

—Alguien a quien mucha gente teme.

Oksana tomó la mano de su hija.

—Entonces quizá yo también debería temerte.

Aquella frase le dolió más de lo esperado.

—Nunca a mí —respondió.

Oksana sostuvo su mirada.

—Los hombres peligrosos siempre dicen eso.

Y se marchó.

Andrei no la siguió.

Por primera vez en años, comprendió que proteger a alguien no significaba poseer su camino.

Pero Timko sí volvió a verla.

Una semana después, durante un paseo por el parque, el niño reconoció a Oksana y corrió hacia ella.

—¡Oksana!

Mariyka estaba a su lado.

Cinco minutos después, los dos niños perseguían palomas mientras Oksana y Andrei permanecían separados por un silencio incómodo.

—Cancelaste la deuda del café —dijo ella.

Andrei miró a Boris a distancia.

—¿Quién te lo dijo?

—El dueño. Pensó que debía darte las gracias.

—No lo hice por agradecimiento.

—Entonces ¿por qué?

Andrei observó a Timko.

Su hijo estaba riendo.

—Porque aquella tarde me dijiste algo sin decírmelo.

Oksana frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que estaba dándole a mi hijo todo excepto un padre.

Por primera vez, ella no tuvo una respuesta inmediata.

Andrei continuó:

—Cancelé tres reuniones esta semana. Lo llevé yo mismo a la escuela. Cenamos juntos cuatro noches.

Timko gritó desde lejos:

—¡Cinco!

Oksana soltó una pequeña carcajada.

—Cinco —corrigió Andrei.

Entonces su teléfono vibró.

Boris lo llamó.

Su voz era urgente.

—Tenemos un problema.

Andrei se apartó unos metros.

—Habla.

—Alguien preguntó por Oksana.

Su expresión cambió.

—¿Quién?

—Viktor Chernenko.

Andrei quedó inmóvil.

Viktor no era un cobrador cualquiera.

Era un antiguo rival que llevaba años buscando una debilidad en la organización de Andrei.

—¿Por qué preguntaría por ella?

—Porque alguien del parque tomó fotografías. Ya saben que Timko estuvo con Oksana.

Andrei miró inmediatamente hacia los niños.

Entonces entendió su error.

Había ordenado descubrir quién era aquella mujer.

Pero mientras él intentaba protegerla desde las sombras, sus enemigos habían empezado a observarla también.

Esa noche fue personalmente al pequeño apartamento de Oksana.

Ella abrió la puerta y su expresión se endureció.

—¿Otra vez tú?

—Necesitas marcharte unos días.

—No.

—Oksana.

—No puedes aparecer y empezar a darme órdenes.

Andrei respiró lentamente.

—Tienes razón.

Aquello la sorprendió.

—Pero esta vez necesito que me escuches. Algunas personas creen que eres importante para mí.

Oksana palideció.

—¿Y eso qué significa?

Andrei miró hacia el interior.

Mariyka estaba dormida en el sofá.

—Que mi mundo acaba de acercarse demasiado al tuyo.

Oksana apretó la puerta.

—Yo nunca pedí entrar en tu mundo.

—Lo sé.

Andrei sacó unas llaves.

—Hay un apartamento seguro. Nadie sabrá dónde están tú y Mariyka.

Ella no tomó las llaves.

—¿Y después?

Andrei bajó la mano.

—Después arreglaré el problema.

Oksana negó lentamente.

—Ese es exactamente tu problema, Andrei. Crees que todo se arregla con dinero, miedo o personas obedeciendo tus órdenes.

Sus palabras lo dejaron inmóvil.

—¿Quieres saber por qué Timko sonrió conmigo?

Señaló su pecho.

—Porque durante veinte minutos nadie decidió nada por él.

Andrei miró al suelo.

Oksana cerró la puerta suavemente.

—Si realmente quieres proteger a tu hijo, cambia el mundo al que lo obligas a pertenecer.

A la mañana siguiente, Boris encontró a Andrei sentado solo frente al mar.

—Viktor espera nuestra respuesta.

Andrei permaneció unos segundos en silencio.

Durante doce años había construido un imperio donde cualquier amenaza recibía otra mayor.

Pero ahora Timko estaba dentro de aquella ecuación.

También Oksana.

También una niña de seis años que no tenía ninguna culpa.

—Boris.

—Sí.

—Empieza a cerrar los negocios ilegales.

Boris creyó haber escuchado mal.

—¿Todos?

—Todos.

—Andrei, eso puede destruir lo que construimos.

Andrei observó el amanecer.

—No.

Pensó en su hijo compartiendo media hamburguesa en unos escalones.

—Va a destruir lo que nunca debí construir.

Por primera vez, Andrei Kremenchuk había encontrado algo más poderoso que el miedo.

No era Oksana.

Ni siquiera era el amor.

Era descubrir que su hijo todavía estaba a tiempo de convertirse en un hombre diferente a él.

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