PARTE 2: DEMASIADO TARDE

Yu Ting sonreía.

A su lado estaba Pei Jingyao.

Cuando me vio salir de la consulta, frunció el ceño.

—¿Qué haces en el hospital?

Antes de que pudiera responder, Yu Ting se adelantó.

—Señor Pei, quizá la hermana Xiaoxiao está enferma. Deberías acompañarla.

Sus palabras parecían consideradas.

Pero su mano seguía aferrada al brazo de mi esposo.

Bajé la mirada hacia ella.

—No estoy enferma.

Yu Ting sonrió aún más.

—Entonces, ¿por qué has venido?

Levanté la carpeta que llevaba conmigo.

—Revisión médica para incorporarme a un nuevo puesto.

Pei Jingyao se quedó inmóvil.

—¿Un nuevo puesto?

—Sí.

—¿Vas a volver a trabajar?

Asentí.

Su expresión se volvió extraña.

Durante tres años, él se había acostumbrado a presentarme como una mujer que “había elegido quedarse en casa”.

Convenientemente había olvidado por qué.

Cuando fundamos la empresa, yo fui quien consiguió nuestros primeros clientes.

Yo revisaba contratos mientras él buscaba inversores.

Yo preparaba propuestas hasta las tres de la madrugada.

Y cuando la compañía comenzó a crecer, fui yo quien renunció a mi propia carrera para ayudarlo a estabilizarla.

Después, poco a poco, mi nombre desapareció de las conversaciones.

Hasta que incluso él empezó a decir:

“Lin Xia lleva años sin trabajar”.

Yu Ting soltó una risita.

—Hermana Xiaoxiao, después de tanto tiempo quizá sea difícil adaptarte.

La miré.

—No te preocupes.

Hice una pausa.

—Hay personas que pueden reemplazar a una secretaria mucho más fácilmente que a una socia fundadora.

Su sonrisa desapareció.

Pei Jingyao endureció el rostro.

—Lin Xia.

—¿Qué?

—No tienes que hablarle así.

Me reí.

Ahí estaba.

La misma escena de siempre.

Ella provocaba.

Él la protegía.

Y después esperaba que yo pidiera perdón por reaccionar.

—Tranquilo.

Pasé junto a ellos.

—Pronto ya no tendrás que defenderla delante de mí.

Pei Jingyao me siguió.

—¡Xiaoxiao!

Me detuve.

—¿Qué?

—¿Dónde estás trabajando?

Lo miré durante unos segundos.

—En Shengfeng.

Su expresión cambió.

—¿La empresa del director Li?

—Exactamente.

—¿Desde cuándo?

—Desde que aceptaron mi propuesta.

Sus ojos se abrieron.

—¿Qué propuesta?

Sonreí.

—La colaboración por la que supuestamente sacrificaste nuestra luna de miel.

Y me marché.


La verdad era sencilla.

Pei Jingyao había regresado de aquella isla convencido de que el acuerdo con Shengfeng estaba prácticamente cerrado.

No lo estaba.

El director Li me conocía desde antes de que yo abandonara el mundo empresarial.

Dos días después de salir de casa, me llamó personalmente.

—Señorita Lin, escuché que vuelve al sector.

—Eso intento.

—Entonces venga a verme.

La reunión duró dos horas.

Al terminar, tenía una oferta.

No como asistente.

No como empleada de bajo nivel.

Como directora de estrategia de una nueva división.

Y el proyecto principal era precisamente el contrato que Pei Jingyao llevaba meses intentando conseguir.

Una semana después, él apareció en Shengfeng.

Cuando entré en la sala de reuniones, dejó de hablar.

—¿Tú?

El director Li sonrió.

—¿Se conocen?

Me senté frente a mi todavía esposo.

—Un poco.

Pei Jingyao no apartaba los ojos de mí.

Durante la reunión intentó actuar con normalidad.

No pudo.

Cada vez que yo hacía una pregunta sobre su propuesta, vacilaba.

Yo conocía aquella empresa demasiado bien.

Sabía dónde estaban sus puntos fuertes.

Y también dónde había problemas que su presentación intentaba esconder.

Al finalizar, el director Li cerró la carpeta.

—Necesitamos revisar las condiciones.

Pei Jingyao se levantó.

—Lin Xia, quiero hablar contigo.

—Puedes pedir una cita.

—Soy tu marido.

—Por poco tiempo.

El director Li fingió concentrarse en sus documentos.

Pei Jingyao apretó la mandíbula.

—Cinco minutos.

Acepté.

En el pasillo, perdió inmediatamente la calma.

—¿Estás haciendo esto para vengarte?

—¿Trabajar?

—Sabes a qué me refiero.

—No, Jingyao. Ese es precisamente tu problema.

Lo miré.

—Crees que todo lo que hago gira alrededor de ti.

Se quedó callado.

—No acepté este puesto para destruirte.

—Entonces ayúdame con Shengfeng.

Casi sentí pena.

Casi.

—No.

—¡Ayudaste a construir mi empresa!

—Nuestra empresa.

—Sabes lo que quiero decir.

—Sí.

Asentí lentamente.

—Ese también fue uno de nuestros problemas.


Dos semanas después, mi abogado recibió finalmente el acuerdo firmado.

Pei Jingyao había intentado retrasarlo.

Después quiso renegociar.

Luego apareció en mi apartamento con flores.

No abrí.

Más tarde me envió decenas de mensajes.

No respondí.

Hasta que una noche escribió:

“Yu Ting ya no trabaja conmigo.”

Observé aquellas palabras durante unos segundos.

Después contesté:

“Eso ya no tiene nada que ver conmigo.”

Me llamó inmediatamente.

—La despedí.

—Bien.

—También terminé cualquier relación personal con ella.

—Bien.

—¿Eso es todo lo que vas a decir?

—¿Qué esperabas?

Su voz se quebró ligeramente.

—Que entendieras que estoy intentando arreglar las cosas.

Cerré los ojos.

—Jingyao, seis meses antes de casarnos ya te di esa oportunidad.

Silencio.

—Me prometiste que no volvería a ocurrir.

—Lo sé.

—La trajiste de vuelta dos días después de nuestra boda.

No respondió.

—Te fuiste de luna de miel con ella.

Silencio.

—Y cuando regresaste, todavía me preguntaste por qué estaba haciendo un escándalo.

—Xiaoxiao…

—La primera vez pude pensar que habías cometido un error.

Mi voz permaneció tranquila.

—La segunda vez entendí que era una elección.

Colgué.


Yu Ting tampoco aceptó bien el final.

Un día me esperaba frente al edificio de Shengfeng.

Ya no sonreía.

—¿Estás satisfecha?

—¿Con qué?

—Con haber conseguido que me despidiera.

—Yo no conseguí nada.

—¡Lo hiciste por celos!

La miré.

—Yu Ting, escucha algo que quizá nadie te haya dicho.

Di un paso hacia ella.

—Tú nunca fuiste mi rival.

Se quedó paralizada.

—¿Qué?

—Una rival compite por algo que ambas queremos.

Negué con la cabeza.

—Yo ya no quiero a Pei Jingyao.

Su rostro perdió color.

—Entonces ¿por qué estás haciendo todo esto?

—Porque estoy recuperando mi vida.

Pasé junto a ella.

Esta vez no intentó detenerme.


El divorcio quedó resuelto meses después.

Recuperé la parte de los bienes y participaciones que legalmente me correspondían.

Nada más.

Nada menos.

Y seguí trabajando.

El proyecto de Shengfeng fue aprobado.

La empresa de Pei Jingyao no obtuvo el contrato principal.

No porque yo lo bloqueara.

Simplemente había una propuesta mejor.

Por primera vez, no estaba allí para corregir sus errores antes de que alguien más los viera.

La noche después de firmar el acuerdo definitivo, recibí un último mensaje suyo.

“Ahora entiendo por qué te fuiste.”

Lo leí.

Después bloqueé la pantalla.

Ocho años.

Había necesitado ocho años para entenderlo.

Yo solo había necesitado aquella luna de miel.

Porque nunca me divorcié por un billete de avión.

Ni siquiera por una isla.

Me fui porque mientras otra mujer ocupaba mi asiento junto a él, comprendí que llevaba demasiado tiempo esperando que mi propio esposo volviera a elegirme.

Y cuando finalmente dejé de esperar…

descubrí que todavía podía elegirme a mí misma.

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