PARTE 2: CUANDO ELLA DEJÓ DE ESTAR

Gabriel se detuvo frente a mi escritorio.

Durante seis años, siempre había habido algo mío allí.

Una taza.

Una planta.

Una libreta llena de anotaciones.

Aquella mañana solo quedaban carpetas perfectamente ordenadas.

—¿Qué significa esto?

Noah se puso rígido.

—La señorita Harper está haciendo la entrega, señor.

Gabriel me miró.

—Ya lo veo.

Tomó una de las carpetas.

En la portada decía:

“Agenda personal y protocolo de contingencias — Gabriel Cross.”

La abrió.

Primera página: medicamentos.

Segunda: contactos que jamás debían recibir llamadas antes de las nueve.

Tercera: restaurantes donde podía comer sin activar sus alergias.

Cuarta: fechas importantes de su familia.

Gabriel pasó varias hojas.

—¿Todo esto lo hacías tú?

Lo miré sorprendida.

—Sí.

—Nunca te lo pedí.

—Precisamente.

Ahí estaba el problema.

Nunca tenía que pedirlo.

Yo simplemente lo hacía.

Durante los siguientes diez días, Gabriel empezó a descubrir cuánto.

Mi último día llegó un viernes.

Entregué mi identificación, borré mi cuenta del teléfono corporativo y dejé las llaves sobre el escritorio.

Noah parecía al borde de un colapso.

—Señorita Harper, todavía no sé cómo consigue reservas en Maison Pierre cuando está lleno.

—Llama directamente a la gerente, no al restaurante.

—¿Y el señor Nakamura?

—Nunca programes reuniones después de las cuatro. A esa hora habla con su hija.

—¿Y cuando el señor Cross se queda callado y toca dos veces el escritorio?

Sonreí.

—Cancela los siguientes quince minutos.

Noah abrió los ojos.

—¿Por qué?

—Porque está a punto de cambiar alguna decisión importante.

Desde la oficina llegó una voz fría.

—Maya.

Entré.

Gabriel estaba solo.

—¿Hoy es tu último día?

—Sí.

—¿Y tu boda?

Sentí un pequeño golpe de culpa.

La boda no existía.

Pero necesitaba aquella mentira para salir sin confesar seis años de sentimientos.

—Todavía estamos organizándolo.

Gabriel me observó demasiado tiempo.

—Entiendo.

Me entregó un sobre.

Dentro había una bonificación equivalente a un año de salario.

—No puedo aceptarlo.

—No es negociable.

—Entonces gracias.

Me giré.

—Maya.

Me detuve.

Por un instante pensé que diría algo diferente.

Que preguntaría por qué me marchaba justo ahora.

Que mencionaría aquella noche.

Que quizá…

—Asegúrate de que Noah tenga el número privado de Harrison.

Cerré los ojos un segundo.

Claro.

Trabajo.

Siempre trabajo.

—Ya lo tiene.

Y me fui.

Los primeros tres días después de mi salida fueron tranquilos.

El cuarto, Cross Global empezó a sentir mi ausencia.

No ocurrió ninguna catástrofe.

Fue peor.

Fueron cien pequeños errores.

Un inversor japonés recibió un regalo inapropiado.

Una cena con Wells incluyó mariscos.

La madre de Gabriel esperó durante cuarenta minutos un automóvil que nadie había reservado.

Dos reuniones terminaron programadas al mismo tiempo.

Un vuelo privado despegó sin los documentos que Gabriel necesitaba.

Y Olivia Sterling apareció en una gala usando exactamente el mismo diseño exclusivo que la esposa de un socio estratégico.

Noah me llamó seis veces.

No respondí.

Después llamó Gabriel.

Tampoco respondí.

A la semana siguiente, Ethan Price me invitó a almorzar.

—Hablaba en serio cuando dije que te contrataría.

Me ofreció dirigir su oficina ejecutiva.

Más sueldo.

Horario razonable.

Y, sobre todo, una vida que no giraba alrededor de Gabriel Cross.

Acepté.

Tres semanas después, asistí a una recepción empresarial como representante de Price Capital.

Por primera vez no llevaba una bandeja.

No comprobaba horarios.

No vigilaba copas.

Yo era una invitada.

Ethan estaba presentándome ante varios directores cuando el salón quedó extrañamente silencioso.

Gabriel acababa de entrar.

Olivia estaba a su lado.

Perfecta.

Elegante.

Su futura prometida.

Gabriel saludó a varias personas.

Entonces me vio.

Sus pasos se detuvieron.

Yo llevaba un vestido negro sencillo y una credencial que decía:

MAYA HARPER
DIRECTORA DE OPERACIONES EJECUTIVAS
PRICE CAPITAL

Ethan se acercó.

—Gabriel.

Después señaló hacia mí con una sonrisa.

—Gracias por dejar escapar a Maya. Es la mejor contratación que he hecho en años.

Gabriel no sonrió.

—Maya.

—Señor Cross.

Sus ojos se endurecieron.

—¿Señor Cross?

—Ya no trabajo para usted.

Olivia apareció junto a él.

—Gabriel, tenemos que saludar a los Sterling.

Pero él seguía mirándome.

—¿Podemos hablar?

—Estoy trabajando.

Aquella respuesta pareció afectarlo más de lo que esperaba.

Porque durante seis años, cuando Gabriel decía mi nombre, todo lo demás dejaba de importar.

Ahora no.

Dos días después, Noah me llamó.

Esta vez contesté.

—¿Qué ocurre?

Hubo un silencio incómodo.

—El señor Cross canceló su compromiso.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Dice que nunca aceptó comprometerse con Olivia. Las familias estaban negociándolo y todos empezaron a anunciarlo como si estuviera decidido.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—Noah, eso ya no tiene nada que ver conmigo.

—Eso mismo le dije.

—¿Y?

Noah suspiró.

—Me despidió de su oficina durante diez minutos.

Casi sonreí.

Entonces alguien llamó a mi puerta.

Abrí.

Gabriel estaba allí.

Solo.

Sin conductor.

Sin asistente.

Sin aquella seguridad absoluta que siempre parecía acompañarlo.

Sostenía mi vieja planta de potus.

La que había dejado en Cross Global.

—Olvidaste esto.

Miré la planta.

—Podías enviarla.

—Lo sé.

Silencio.

Finalmente preguntó:

—¿De verdad vas a casarte?

No respondí inmediatamente.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Maya.

—No.

Sus ojos cambiaron.

—No existe ningún prometido.

—Entonces mentiste.

—Sí.

—¿Por qué?

Esta vez no bajé la mirada.

—Porque necesitaba una razón que tú pudieras aceptar sin preguntarme por mis sentimientos.

Gabriel se quedó inmóvil.

Lo comprendió.

Por fin.

—¿Me querías?

Sonreí con tristeza.

—Durante años.

Él cerró los ojos.

Y cuando volvió a abrirlos, comprendí que por primera vez Gabriel Cross no tenía preparada una respuesta.

Pero yo sí.

Tomé mi planta de sus manos.

—No renuncié para que vinieras a buscarme.

—Lo sé.

—Ni para obligarte a elegirme.

—También lo sé.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

Gabriel miró hacia el interior de mi apartamento.

Luego a mí.

—Porque desde que te marchaste todos dicen que mi oficina se está desmoronando.

Hizo una pausa.

—Pero ese no es el problema.

Su voz bajó.

—El problema es que descubrí que durante seis años confundí tenerte siempre conmigo con tener derecho a que nunca te fueras.

No dije nada.

—No voy a pedirte que regreses como mi secretaria.

—Bien.

—Voy a pedirte una oportunidad para conocer a Maya Harper cuando no está trabajando para mí.

Lo miré durante varios segundos.

Después negué suavemente.

—Todavía no.

Gabriel pareció sorprendido.

—¿No?

—Pasé seis años organizando tu vida. Ahora quiero aprender a vivir la mía.

Cerré suavemente la puerta.

Gabriel no intentó detenerme.

Y esa fue, quizá, la primera decisión correcta que tomó conmigo.

Porque si algún día volvía a abrirle aquella puerta, no sería como la secretaria invisible que conocía cada detalle de su mundo.

Sería como Maya Harper.

Y esta vez, antes de entrar en mi vida, Gabriel Cross tendría que aprender a verme.

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