PARTE 2: EL SECRETO DETRÁS DEL EMBARAZO

Laura no entró.

Permaneció junto a la puerta, mirándome con una expresión que ya no parecía la de una amante sorprendida.

Parecía miedo.

—¿Qué no sé? —pregunté.

Daniel reaccionó inmediatamente.

—Laura está alterada. No le hagas caso.

Ella lo miró.

—¿Alterada?

Sacó el teléfono del bolso.

—Llevas seis meses diciéndome que estás divorciado.

Mi suegra se volvió hacia su hijo.

—Daniel…

—Mamá, puedo explicarlo.

Laura soltó una risa amarga.

—También me dijiste que Elena vivía en otra ciudad.

Entonces me mostró la pantalla.

Había fotografías.

Hoteles.

Restaurantes.

Mensajes.

Promesas de matrimonio.

Pero una conversación me llamó especialmente la atención.

Daniel le había escrito:

“Cuando terminemos de reorganizar los bienes, podré divorciarme sin perder demasiado.”

Levanté lentamente la mirada.

—¿Reorganizar qué bienes?

Daniel palideció.

Laura tragó saliva.

—Eso es lo que vine a decirte.

Entró finalmente y colocó una carpeta sobre la mesa.

—Hace dos meses Daniel empezó a pedirme que preparara documentos de su empresa. Transferencias, contratos, cambios de titularidad…

Daniel avanzó hacia ella.

—Cállate.

Su padre se levantó.

—Daniel, siéntate.

Por primera vez aquella noche, mi esposo obedeció.

Laura abrió la carpeta.

Varias sociedades estaban transfiriendo activos.

Y entre los documentos aparecía una propiedad que reconocí inmediatamente.

Nuestro apartamento.

O, mejor dicho, mi apartamento.

Lo había comprado antes de casarnos.

—Intentaste transferir mi propiedad.

—No es lo que parece —dijo Daniel.

Sonreí.

Qué frase tan útil.

Una amante embarazada.

Una mentira sobre un divorcio.

Documentos ocultos.

Pero nada era lo que parecía.

Laura continuó:

—Cuando descubrí que seguías casado, revisé todo. No firmé las últimas solicitudes.

Daniel golpeó la mesa.

—¡Trabajas para mí!

—Trabajaba.

Laura dejó una segunda hoja frente a mí.

—Renuncié esta mañana.

Entonces llegó la sorpresa final.

Miró a Daniel.

—Y sobre el embarazo…

Él levantó la cabeza.

Laura respiró profundamente.

—El bebé no es tuyo.

Nadie habló.

Daniel parecía incapaz de procesarlo.

—¿Qué?

—Estoy embarazada, sí. Pero no de ti.

—Eso es imposible.

—No lo es.

Laura lo miró sin emoción.

—Cuando descubrí que eras un hombre casado, terminé contigo. Después regresé con mi expareja. El embarazo ocurrió después.

Daniel se quedó completamente blanco.

Mi suegra tuvo que sentarse.

En menos de diez minutos, su hijo había pasado de tener esposa y amante embarazada…

a no tener ninguna.

Yo tomé la carpeta.

—Me quedo esto.

Daniel se levantó.

—Elena, espera.

—¿Para qué?

—Podemos solucionarlo.

Miré alrededor.

Los restos de la copa seguían sobre el suelo.

El champán permanecía cerrado.

La celebración que había preparado como una trampa se había convertido en algo mucho mayor.

—Tienes razón —respondí—. Podemos solucionarlo.

Saqué mi teléfono.

—Mañana llamaré a mi abogada.

—¿Para qué?

Lo miré directamente.

—Para asegurarme de que esta vez, cuando le digas a otra mujer que estás divorciado, no estés mintiendo.

Dos meses después firmamos.

Daniel intentó disculparse.

Intentó culpar a Laura.

Intentó decir que había tenido miedo de perderme.

Pero yo ya había entendido algo.

No había descubierto una infidelidad aquella noche.

Había descubierto un plan.

Y eso hizo mucho más fácil marcharme.

Laura declaró sobre los documentos que Daniel le había pedido preparar y entregó las comunicaciones que conservaba.

Yo protegí lo que legalmente me pertenecía.

Ella rehízo su vida lejos de él.

Y Daniel se quedó enfrentando las consecuencias de sus propias decisiones.

La última vez que lo vi me preguntó:

—¿Nunca pensaste en perdonarme?

Recordé aquellas tres palabras que habían aparecido en su teléfono.

“Estoy embarazada.”

Sonreí.

—Sí.

Él levantó la mirada esperanzado.

—Te perdoné.

Hice una pausa.

—Lo que nunca hice fue confundirme y pensar que perdonarte significaba volver contigo.

Me marché.

Aquella noche había invitado a Laura a mi casa para descubrir si mi marido tenía una amante.

Terminé descubriendo algo mucho más importante:

yo ya no tenía marido.

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