PARTE 2: EL DUEÑO NUNCA FUE MAXIM

El notario entró con un maletín negro y dos carpetas.

Galina seguía mirando la escritura.

—Natalya… aquí aparece tu nombre.

—Porque la casa es mía.

—¡Maxim dijo que la compró él!

—Maxim dice muchas cosas.

El notario colocó los documentos sobre la mesa.

La verdad era sencilla.

Años atrás, yo había permitido que Maxim y su madre utilizaran aquella propiedad. Nunca se la había regalado. Nunca había transferido la titularidad.

Galina señaló furiosa la botella destruida.

—¡Entonces pagarás los dos millones que costó eso!

Me agaché, recogí un fragmento de la etiqueta y lo dejé delante de ella.

—Costó menos de cuatro mil grivnas.

Su rostro cambió.

—Imposible.

—Tengo la factura.

La famosa pieza de colección era otra mentira de Maxim.

Había comprado una botella barata, encargado una placa falsa y contado una historia sobre una subasta para impresionar a sus socios.

Pero aquello era pequeño comparado con lo siguiente.

El notario abrió otra carpeta.

—Señora Galina, el acuerdo que le permitía residir aquí será revocado conforme a sus condiciones.

—¡Mi hijo no permitirá esto!

En ese instante escuchamos un automóvil.

Maxim entró furioso.

—¿Qué demonios está pasando?

Galina corrió hacia él.

—¡Tu esposa está loca! ¡Dice que la casa es suya!

Maxim dejó de caminar.

No preguntó qué significaba aquello.

No miró los documentos.

Solo me miró a mí.

Y entonces comprendí que él siempre lo había sabido.

—Natalya —dijo lentamente—. Hablemos solos.

—No.

Dejé otra hoja sobre la mesa.

Era un resumen de movimientos de una cuenta vinculada a mis fondos.

Pagos del automóvil.

Restaurantes.

Viajes.

Regalos.

Transferencias a Galina.

Y varias cantidades enviadas a una empresa que yo jamás había autorizado.

—Explícame esta compañía.

Maxim palideció.

Galina tomó la hoja.

—¿Qué es M&G Consulting?

Sonreí sin alegría.

—M de Maxim.

Miré a mi suegra.

—Y G de Galina.

Ella abrió los ojos.

—¡Yo nunca fundé ninguna empresa!

—Exactamente.

Ahora fue Maxim quien perdió el color.

Durante casi dos años había utilizado datos de su propia madre para justificar movimientos de dinero y hacer parecer que ciertos gastos correspondían a servicios externos.

Galina se volvió hacia su hijo.

—¿Usaste mi nombre?

—Mamá, puedo explicarlo.

—¿Mi firma también?

Maxim guardó silencio.

Por primera vez en tres años, Galina dejó de verme como enemiga.

Porque acababa de descubrir que el hijo al que consideraba un genio hecho a sí mismo también la había utilizado a ella.

—¿De dónde salió realmente tu empresa? —preguntó.

Maxim apretó la mandíbula.

Respondí por él.

—Del dinero que yo aporté.

Señalé el automóvil afuera.

—Ese también.

Luego la casa.

—Esto también.

Después miré su reloj.

—Incluso ese.

Maxim golpeó la mesa.

—¡Éramos marido y mujer! ¡No puedes contar cada centavo!

—Curioso.

Lo miré directamente.

—Tu madre acaba de tirar al suelo un pollo que mi padre crió durante meses porque, según ustedes, mi familia no tenía suficiente dinero para merecer respeto.

Nadie respondió.

Tomé el teléfono.

Cancelé las tarjetas adicionales.

Después envié al administrador la autorización para recuperar el automóvil financiado desde mis cuentas.

El teléfono de Maxim vibró casi inmediatamente.

Miró la pantalla.

Después otra vez.

Y otra.

Su expresión fue cambiando con cada notificación.

—¿Qué hiciste?

—Dejé de financiar tu personaje.

Galina se dejó caer sobre una silla.

Horas antes había amenazado con echarme de aquella casa.

Ahora preguntaba cuánto tiempo tenía para marcharse.

No sentí satisfacción.

Solo cansancio.

Antes de subir a recoger mis cosas, volví al patio.

Bruno seguía cerca de la comida.

Recogí la nevera portátil que mi padre había enviado.

Todavía quedaban los huevos, los frijoles y los pasteles cuidadosamente envueltos.

Sobre uno de los recipientes había una nota escrita con su letra:

“Para mi hija. Come bien.”

Me quedé mirándola unos segundos.

Aquello valía más para mí que todas las botellas falsas de Maxim.

Dos días después fui al pueblo.

Mi padre abrió la puerta sorprendido.

—Natalya, ¿qué haces aquí?

Le entregué la nevera vacía.

—Vine a devolvértela.

Miró detrás de mí.

—¿Y Maxim?

—Se quedó arreglando sus propios problemas.

Mi padre comprendió que algo había ocurrido, pero no preguntó.

Simplemente puso agua a hervir.

Antes de entrar, lo detuve.

—Papá.

—¿Sí?

—El pollo estaba delicioso.

Era mentira.

Nunca pude probarlo.

Pero él sonrió.

Y mientras entraba detrás de él comprendí que había pasado tres años intentando demostrar mi valor ante personas que medían todo por su precio.

La casa tenía precio.

El automóvil tenía precio.

La botella tenía precio.

Pero el hombre que había caminado kilómetros para enviarme comida hecha con sus propias manos me había recordado algo que Maxim y Galina jamás entendieron:

ser pobre nunca había sido una vergüenza.

La vergüenza era recibir amor, vivir de él…

y aun así tratarlo como basura.

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