PARTE 2: EL JEFE DETRÁS DE “NORTE”

Durante cinco segundos, ninguno dijo nada.

Yo miré mi teléfono.

Luego el suyo.

Después volví a mirarlo.

—Tú eres Norte.

Adrian se incorporó inmediatamente.

—Y tú eres Sur.

Cerré los ojos.

Perfecto.

Durante seis meses le había contado a mi jefe que el director ejecutivo de mi empresa era un robot con piernas.

Que sus reuniones podían utilizarse como método para combatir el insomnio.

Y, peor aún, una noche había escrito:

“Mi jefe es guapo, pero tiene la personalidad de una declaración de impuestos.”

Adrian seguía frente a mí.

—¿Vas a despedirme?

—¿Por llamarme declaración de impuestos?

Abrí los ojos de golpe.

—¿Te acuerdas?

—Recuerdo prácticamente todo lo que escribes.

Eso no ayudó.

—Entonces definitivamente estoy despedida.

Por primera vez vi algo extraordinario.

Adrian sonrió.

Una sonrisa real.

—Laura, si quisiera despedirte, no habría venido hasta aquí para seguir tu consejo.

Miré la alfombra.

—¿Ese tropiezo fue fingido?

Adrian guardó silencio.

—Dios mío.

—Dijiste que funcionaría.

—¡Era una broma!

—No utilizaste ningún indicador de sarcasmo.

Me tapé el rostro.

Claro.

Había aconsejado técnicas de coqueteo a un hombre que analizaba conversaciones como contratos empresariales.

Pero entonces recordé algo más importante.

—Espera. Dijiste que la mujer que te gusta te vio llorando.

Adrian asintió.

Sentí que el calor me subía hasta las orejas.

—¿Hablabas de mí?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

Adrian tardó demasiado en responder.

—Once meses.

Casi me atraganté.

—¡Ni siquiera hablamos hace once meses!

—Tú no hablabas conmigo.

—Eso suele ser necesario para enamorarse de alguien.

—No necesariamente.

Me explicó que había empezado a fijarse en mí durante una presentación desastrosa.

Un gerente había culpado a una becaria por un error que él mismo había cometido.

Todos permanecieron callados.

Yo no.

Presenté los correos que demostraban lo ocurrido y defendí a la chica aunque hacerlo podía perjudicarme.

Adrian estaba al fondo de la sala.

Yo ni siquiera lo había visto.

—Desde entonces empecé a observarte —dijo.

—Eso suena ligeramente preocupante viniendo de mi jefe.

—Lo sé.

Al menos tenía conciencia.

Entonces su expresión cambió.

—Pero no vine únicamente por esto.

Entró cuando lo invité y se sentó frente a mí.

Por primera vez no parecía el director ejecutivo del Grupo Halston.

Parecía simplemente Adrian.

—La negociación de hoy no fracasó por dinero —dijo—. Alguien filtró información confidencial antes de la reunión.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Un empleado?

—Eso creo.

Sacó su teléfono.

—Y el archivo filtrado llevaba una modificación realizada desde tu usuario.

Me quedé helada.

—Yo no hice nada.

—Lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo?

Adrian me mostró un registro.

La modificación figuraba a las 3:14 de la madrugada.

Yo había estado hablando con Norte hasta casi las cuatro.

Desde mi apartamento.

Y aquella noche incluso le había enviado una fotografía de la pizza quemada que intentaba preparar.

Nuestro ridículo chat acababa de convertirse en mi coartada.

—Entonces alguien utilizó mis credenciales.

—Exactamente.

A la mañana siguiente Adrian y yo entramos juntos a la empresa.

Los rumores comenzaron antes de llegar al ascensor.

Pero no tuvimos tiempo para ellos.

Seguridad informática encontró la primera anomalía antes del mediodía.

Después apareció otra.

Y otra.

Todas conducían hacia una persona.

Martin Keller.

Vicepresidente de estrategia.

El mismo ejecutivo que llevaba meses intentando convencer al consejo de que Adrian era demasiado joven para dirigir el grupo.

Había utilizado credenciales de varios empleados para filtrar documentos y provocar el fracaso de la operación.

Las mías eran simplemente las últimas.

Martin había esperado que me despidieran.

En cambio, terminó sentado frente al comité interno mientras aparecían registros que contradecían cada una de sus explicaciones.

Dos días después fue apartado de sus funciones mientras continuaba la investigación.

Y la empresa con la que negociábamos aceptó volver a la mesa cuando recibió las pruebas de que la filtración no había sido autorizada por la dirección.

Una semana después, el acuerdo volvió a avanzar.

Yo recuperé mi vida.

Más o menos.

Porque ahora tenía otro problema.

Sabía que mi jefe llevaba casi un año enamorado de mí.

Y él sabía que yo lo consideraba atractivo.

Aquello convertía cada ascensor compartido en una tortura.

Finalmente, Adrian tomó una decisión bastante más sensata que fingir caídas sobre alfombras.

Me pidió hablar fuera del trabajo y dejó claro que no quería utilizar su cargo para presionarme.

También reorganizó mi línea de reporte para evitar que nuestra situación personal afectara mi puesto.

Entonces me preguntó:

—¿Todavía crees que debería llorar en brazos de la mujer que me gusta?

Lo miré.

—No.

Su expresión cayó ligeramente.

Sonreí.

—Creo que deberías empezar invitándola a tomar un café.

Adrian tardó dos segundos en comprender.

—¿Funcionaría?

—Probablemente mejor que tirarte encima de ella.

Aquella noche recibí un mensaje.

Norte:

“¿Café mañana?”

Respondí:

“Sí.”

Aparecieron los tres puntos.

Luego:

“¿Esto cuenta como una cita?”

Me reí.

“Adrian, eres director ejecutivo. Resuélvelo tú.”

Su respuesta llegó inmediatamente.

“Entendido.”

Y así descubrí que el hombre más intimidante de toda la empresa tenía dos debilidades.

No sabía interpretar sarcasmo.

Y durante seis meses había pedido consejos para conquistarme…

a la misma mujer que intentaba conquistar.

Related Posts

PARTE 2: LA VERDADERA DUEÑA

A las nueve menos cinco entré en la sala de juntas de Aurora Furniture. Ethan ya estaba sentado en la cabecera. Ava ocupaba la silla a su…

PARTE 2: MI VERDADERO APELLIDO

A las ocho de la noche, una fila de autos de lujo rodeaba la entrada del Grand Pinnacle. Spencer llegó primero con Cassandra del brazo. Ella llevaba…

PARTE 2: LA SEGUNDA TRAICIÓN

Llegué al despacho de mi abogado veinte minutos después. Daniel no me ofreció café. Ni siquiera me pidió que me sentara. Simplemente giró su computadora hacia mí….

PARTE 2: EL PRECIO DE PERDERME

—Podemos hablar —dije—. Pero eso no significa que vaya a regresar. Richard Shaw bajó la mirada. Era extraño verlo así. Durante quince años había hablado conmigo desde…

PARTE 2: EL DINERO QUE ADRIAN USÓ PARA CASARSE CON OTRA MUJER FUE LO ÚLTIMO QUE NECESITÉ PARA DEJAR DE AMARLO

Adrian miró el saldo de la cuenta y respondió con una tranquilidad que todavía recuerdo. —Se lo presté a Chloe. —¿Ciento diecisiete mil dólares? —Su familia exigía…

PARTE 2: CUANTO MÁS INTENTÓ MIA QUITARME, MÁS TERMINÓ PONIENDO A MI NOMBRE

La ambulancia llegó quince minutos después. Mia insistió en que estaba bien. Yo insistí más. —Por favor, hagan todas las pruebas necesarias. Su corazón siempre ha sido…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *