PARTE 2: EL VERDADERO DUEÑO DEL CUADERNO

El detective llegó cuarenta minutos después.

No venía solo.

Dos agentes lo acompañaban, pero ninguno miró primero a Emma.

Miraron el cuaderno.

—¿Dónde lo encontró su hija? —preguntó.

Emma se escondió detrás de mí.

—En la escuela.

—¿Dónde exactamente?

—Debajo de unas gradas, detrás del gimnasio.

El detective intercambió una mirada con su compañero.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Sacó una fotografía.

Mostraba otro cuaderno negro.

Idéntico.

—Hace seis meses, un alumno de esa misma escuela encontró uno parecido. Poco después ocurrió una muerte inexplicable.

Sentí frío.

—¿Está diciendo que esto es real?

—Estoy diciendo que alguien quiere que parezca real.

Aquella respuesta cambió todo.

El detective se puso guantes y examinó el cuaderno sin tocar directamente las páginas.

Entonces frunció el ceño.

—La tinta del nombre de Ethan no está húmeda.

—Pero anoche…

—Lo que está fresco es la frase de abajo.

“Una muerte exige otra.”

Emma comenzó a llorar.

—Yo no escribí eso.

—Lo sé —respondió él.

Señaló las letras.

—Tu nombre está escrito con lápiz rojo. Esta frase fue hecha con tinta.

Alguien había tocado el cuaderno después de Emma.

Pero ¿quién?


La respuesta apareció en las cámaras de seguridad de nuestro edificio.

A las 2:13 de la madrugada, una figura entró por la puerta de servicio.

A las 2:19 salió.

El rostro estaba parcialmente cubierto.

Pero llevaba una chaqueta con el emblema de la escuela.

El detective pidió revisar las grabaciones del centro educativo.

La dirección se negó.

Hasta que llegó una orden.

Y entonces empezaron a aparecer cosas que nadie debía ver.

Ethan llevando repetidamente a Emma detrás del gimnasio.

Profesores mirando hacia otro lado.

La directora hablando con su madre después de cada incidente.

Y, la tarde anterior a la muerte de Ethan, una imagen todavía peor.

La señora Adams recogiendo el cuaderno negro del suelo.

Guardándolo en su bolso.

Y devolviéndolo después a la mochila de Emma.

Me quedé helada.

—Ella sabía.

El detective negó.

—Sabía más que eso.


La señora Adams fue interrogada aquella misma tarde.

Terminó hablando.

Ethan no había elegido a Emma por casualidad.

Su madre llevaba meses presionando a la escuela para ocultar las agresiones.

Había amenazas contra empleados.

Donaciones condicionadas.

Informes modificados.

Quejas de otros padres que desaparecían misteriosamente.

La señora Adams había intentado reunir pruebas.

Pero alguien descubrió que estaba hablando con un abogado.

Entonces apareció el cuaderno.

—¿Ella mató a Ethan? —pregunté.

—No tenemos pruebas de eso.

La autopsia tampoco encontró ninguna conexión entre el cuaderno y su muerte.

Pero sí apareció algo importante: la hora estimada del fallecimiento no coincidía con la historia que su madre había contado inicialmente.

Y las cámaras de la casa de los Cole mostraron una discusión familiar aquella noche.

El cuaderno no había causado la muerte.

Había servido para señalar a una niña aterrorizada.

Mi hija.


Cuando confrontaron a la madre de Ethan con las inconsistencias, dejó de hablar.

Pidió un abogado.

La investigación se amplió.

No solo por la muerte de Ethan.

También por años de encubrimiento dentro de la escuela.

La directora fue suspendida.

Varios empleados entregaron mensajes.

Familias que habían permanecido calladas comenzaron a declarar.

Emma no regresó a aquella escuela.

Nunca más.


Una semana después, el detective vino a nuestra casa.

Traía el cuaderno dentro de una bolsa de evidencia.

—Encontramos algo entre las páginas —dijo.

Era una etiqueta arrancada.

Un código de inventario.

Pertenecía al departamento de utilería del club de teatro de la escuela.

El supuesto “cuaderno de la muerte” había sido fabricado para una obra estudiantil años atrás.

Emma lo miró durante varios segundos.

—Entonces yo no maté a Ethan.

Me arrodillé frente a ella.

—No.

Sus hombros parecieron perder de golpe un peso enorme.

—¿Y la frase?

El detective respondió:

—Alguien la añadió para asustarte y desviar nuestra atención.

Emma miró la bolsa.

—¿Puedo tirarlo?

—Cuando termine la investigación.

Ella asintió.

Después me tomó la mano.

Pensé que todo había terminado.

Me equivocaba.

Antes de marcharse, el detective sacó una segunda bolsa.

Dentro había una hoja doblada.

—Encontramos esto escondido en el despacho de la directora.

La abrió.

Había varios nombres de alumnos.

Algunos estaban tachados.

Otros tenían fechas.

Emma estaba en la lista.

Y junto a su nombre aparecían dos palabras:

“SIGUIENTE CULPABLE”.

Levanté la mirada.

El detective cerró la carpeta.

—El cuaderno nunca tuvo poder.

Hizo una pausa.

—Pero alguien dentro de esa escuela llevaba mucho tiempo utilizándolo para hacer creer que sí.

Y ahora sabíamos que Ethan no había sido el principio de aquella historia.

Solo había sido la primera muerte que consiguió que alguien empezara a investigar.

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