PARTE 2: SOLO ERA SU ESPOSA

Sebastian firmó el acuerdo de divorcio esa misma tarde.

Ni siquiera lo leyó completo.

—Toma lo que quieras —dijo delante de Lily—. Solo deja de aparecer en mi empresa haciendo escenas.

Sonreí.

—Perfecto.

Firmé también.

Lily bajó la mirada para esconder su satisfacción.

Sebastian creyó que acababa de liberarse de una esposa celosa.

No entendía que también acababa de firmar la cláusula que activaba la separación de nuestros activos empresariales.

A las nueve de la mañana siguiente, el consejo directivo recibió tres documentos.

El primero retiraba las licencias de siete patentes pertenecientes a mi familia.

El segundo suspendía dos contratos estratégicos garantizados por nuestra sociedad de inversión.

El tercero convocaba una reunión extraordinaria de accionistas.

Yo poseía el cuarenta y dos por ciento de Foster Group.

Sebastian, personalmente, apenas controlaba el ocho.

A las diez y veinte comenzó a llamarme.

No contesté.

A las once apareció en la sede central.

Entró furioso en la sala de juntas con Lily detrás.

—¿Qué demonios significa esto?

Mi abogado deslizó una carpeta hacia él.

—Significa que la señora Foster está ejerciendo sus derechos como accionista.

Sebastian me miró.

—¿Estás destruyendo mi empresa por una taza de té?

—No.

Me levanté.

—Estoy retirando de tu vida todo aquello que pertenecía a la mujer que llamaste “solo mi esposa”.

Entonces entró el presidente del consejo.

—Señor Foster, tenemos otro asunto.

Colocó varias hojas sobre la mesa.

Eran informes internos.

Reembolsos.

Hoteles.

Regalos.

Viajes.

Todos autorizados por Sebastian para Lily bajo conceptos de “representación corporativa”.

El rostro de Lily cambió.

—Eso no demuestra nada.

—Tienes razón —respondí—. Por eso revisamos más.

Mi abogado mostró varios correos.

Lily había utilizado información confidencial obtenida desde la oficina de Sebastian para contactar a un competidor.

Había enviado proyecciones, precios y detalles de negociaciones.

Sebastian giró lentamente hacia ella.

—Dime que esto es falso.

Lily comenzó a llorar.

La misma respiración entrecortada.

Las mismas lágrimas.

El mismo rostro indefenso.

—Sebastian, Amanda me está tendiendo una trampa.

Esta vez él dudó.

Yo casi sentí lástima.

—¿Recuerdas lo que te dije ayer, Lily?

Ella me miró.

—Que recordaras qué versión contabas a cada persona.

Puse sobre la mesa una grabación de seguridad de una reunión.

Su propia voz había quedado registrada contradiciendo varias de sus declaraciones.

El silencio fue absoluto.

Sebastian apartó la mano cuando Lily intentó tocarlo.

Por primera vez, ella dejó de actuar.

—¡Todo esto pasó porque tú me prometiste que Amanda no significaba nada!

Sebastian palideció.

Lily comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.

Los miembros del consejo intercambiaron miradas.

Yo recogí mi bolso.

—Mi trabajo aquí terminó.

Sebastian salió detrás de mí.

Me alcanzó frente al ascensor.

—Amanda.

No me detuve.

—Amanda, espera.

Sujetó la puerta antes de que se cerrara.

—Despediré a Lily.

—Haz lo que quieras.

—Renunciaré si es necesario.

Lo miré.

El hombre que había limpiado mi beso como si fuera suciedad ahora parecía desesperado por conseguir una reacción.

—Podemos empezar otra vez.

—No.

—Fueron tres años.

—Exactamente.

Entré en el ascensor.

Sebastian bajó la voz.

—¿Nunca significaron nada para ti?

Lo miré por última vez.

—Significaron suficiente para enseñarme que nunca volveré a quedarme donde me traten como si mi amor fuera una molestia.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

—Amanda…

Levanté la mano.

No para despedirme.

Para mostrarle el dedo donde ya no estaba su anillo.

Una semana después, Sebastian fue apartado temporalmente de la vicepresidencia mientras el consejo investigaba los gastos y filtraciones vinculados a su oficina.

Lily desapareció de la empresa.

Y el divorcio siguió adelante.

Meses después recibí un mensaje de Sebastian.

“Ahora entiendo lo que perdí.”

Lo borré.

Porque esa era la diferencia entre nosotros.

Sebastian solo comprendió mi valor cuando dejó de beneficiarse de él.

Yo comprendí el mío cuando dejé de necesitar que él lo reconociera.

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