PARTE 2: EL LÍMITE ERA MI DINERO

Daniel me siguió hasta el ascensor.

—Mamá, espera.

Presioné el botón.

—¿Qué?

—No puedes cancelar todo por una frase.

Lo miré.

—No cancelé nada por una frase. Lo cancelé porque acabo de descubrir que ustedes consideran mi dinero suyo, pero mis opiniones una intromisión.

Emily llegó detrás de él.

—Está tergiversando mis palabras.

—No. Las entendí perfectamente.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Patricia apareció entonces.

—Señora Zhou, si se marcha hoy, quizá Daniel pierda a mi hija.

Asentí.

—Eso será decisión de ellos. Como dijo Emily, debo respetar sus límites.

Entré al ascensor.

Daniel puso una mano entre las puertas.

—¿Y la casa?

—Compren la que puedan pagar.

Su rostro se quedó inmóvil.

—Mi salario no alcanza para algo así.

—Entonces ahora sabes por qué 1,98 millones no son “solo una casa”.

Las puertas se cerraron.

Durante los siguientes tres días Daniel no me llamó.

Al cuarto apareció en mi apartamento.

—Emily dice que aceptarían que la casa estuviera únicamente a mi nombre.

Sonreí.

—Qué rápido cambiaron sus principios.

—Mamá…

—¿Ella se disculpó?

Silencio.

—¿Su madre se disculpó?

Daniel bajó la mirada.

—Dicen que hubo un malentendido.

—Entonces no.

Su cabeza se levantó.

—¿Todavía no comprarás el apartamento?

—No.

—¡Pero dijiste que era para mí!

—Dije que estaba dispuesta a comprártelo. Después recibí información nueva y cambié de decisión.

Daniel caminó por la sala, frustrado.

—¿Qué se supone que hagamos ahora?

—Trabajar. Ahorrar. Pedir una hipoteca. Exactamente lo que hace la mayoría.

—Emily quiere casarse este año.

—Entonces organicen una boda que puedan pagar.

Me miró como si yo hubiera cambiado de repente.

Pero no había cambiado.

Simplemente había dejado de confundir amor con obligación.

Dos semanas después, Patricia me llamó.

—Daniel y Emily están discutiendo constantemente por su culpa.

—No. Están discutiendo por dinero.

—Si usted comprara el apartamento, todo se solucionaría.

—Entonces el problema nunca fui yo.

Colgué.

Un mes después ocurrió algo todavía más revelador.

Daniel apareció solo.

Se sentó frente a mí y dejó su teléfono sobre la mesa.

—Emily canceló el compromiso.

No celebré.

Era mi hijo. Su dolor seguía doliéndome.

—Lo siento.

Él soltó una risa amarga.

—¿Sabes qué me dijo?

Negué.

—Que sin apartamento no estaba preparada para casarse conmigo.

Permanecimos en silencio.

Después añadió:

—Su madre ya le presentó al hijo de un empresario.

Daniel se cubrió el rostro.

—Mamá… fui un idiota.

—Fuiste un hombre enamorado.

—Permití que te hablaran así mientras tú ibas a gastar los ahorros de toda tu vida en mí.

Por primera vez desde aquel día, vi que realmente comprendía.

—¿Todavía quieres aquel apartamento? —pregunté.

Levantó la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no puedo aceptar que gastes todo lo que construiste para resolver mi vida.

Aquella respuesta sí me hizo sonreír.

Meses después compré una propiedad.

Pero no era el apartamento de 198 metros cuadrados.

Era un pequeño local comercial cerca de la escuela donde había trabajado durante tantos años.

Siempre había querido abrir una cafetería sencilla cuando me jubilara.

Daniel me ayudó a reformarla.

El día de la inauguración colgó personalmente el letrero.

Luego me entregó una pequeña caja.

Dentro había una tarjeta bancaria.

—¿Qué es?

—Mi fondo para la entrada de mi propia casa.

Sonrió.

—Empecé a ahorrar.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Y si tardas años?

—Entonces tardaré años.

Me abrazó.

—Es mi vida. Tengo que aprender a pagarla yo.

Aquella tarde comprendí que cancelar aquella compra no había destruido el futuro de mi hijo.

Quizá lo había salvado.

Emily me había pedido que aprendiera a respetar los límites.

Y terminé haciéndole caso.

Mi hijo era responsable de sus decisiones.

Yo era responsable de las mías.

Y los 1,98 millones de yuanes que había ganado durante toda una vida…

también tenían un límite.

Terminaban exactamente donde empezaba mi dignidad.

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