PARTE 2: LA NOVIA DE SU TÍO

—Isabella… ¿no piensas casarte conmigo?

Miré a Adrian durante varios segundos.

Qué extraño.

Después de diez años esperando escuchar preocupación en su voz, finalmente apareció cuando ya no significaba nada.

—Claro que voy a casarme.

Sus hombros se relajaron.

Mia también sonrió.

Entonces añadí:

—Solo que no contigo.

El silencio cayó de golpe.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué dijiste?

—El informe dice Victor Shaw. La invitación dice Victor Shaw. Y mañana, el hombre que estará a mi lado será Victor Shaw.

La cara de Mia perdió su sonrisa.

Adrian soltó una risa incrédula.

—¿Estás intentando asustarme?

—Tú cambiaste el nombre.

—¡Era una broma!

—Para mí también lo fue durante diez años.

Extendí la mano.

—Mi colgante.

Adrian lo llevaba oculto bajo el uniforme.

Era la prenda de compromiso que mi padre le había entregado cuando éramos jóvenes.

Su mano subió instintivamente hacia el pecho.

—No te lo devolveré.

—Entonces mi abogado lo solicitará formalmente.

Por primera vez perdió la compostura.

—¡Isabella!

La puerta se abrió.

Una voz masculina respondió desde el pasillo:

—No necesitas gritarle a mi prometida.

Todos se volvieron.

Victor Shaw estaba allí.

No era como los rumores.

Caminaba con bastón, sí, pero por sí mismo.

Su uniforme oscuro estaba perfectamente ajustado y las antiguas heridas no conseguían disminuir la autoridad de su presencia.

Adrian palideció.

—Tío…

Victor pasó junto a él sin responder.

Se detuvo frente a mí.

Después abrió una pequeña caja.

Dentro había un colgante de jade nuevo.

—Mi madre dijo que devolviste una joya de compromiso.

Me miró.

—Así que preparé una que realmente te pertenezca.

No pude hablar durante unos segundos.

Victor cerró la caja y la puso en mi mano.

—No tienes que usarla todavía.

—Mañana puedes decidir incluso no casarte conmigo.

Adrian levantó bruscamente la cabeza.

Victor continuó:

—Pero si aceptas, nadie volverá a utilizar nuestro matrimonio como una broma.

Aquellas palabras hicieron más por mí que diez años de promesas de Adrian.

Asentí.

—Acepto.

Adrian avanzó.

—¡Isabella, estás enfadada y quieres castigarme!

Lo miré.

—No.

—Eso sería seguir haciendo de ti el centro de mis decisiones.

Su rostro se quedó completamente blanco.

Al día siguiente, el salón ceremonial estaba lleno.

Todo el distrito militar conocía nuestra historia.

Muchos llegaron convencidos de que, en el último instante, yo correría hacia Adrian.

Él también lo creía.

Apareció antes de comenzar la ceremonia.

Llevaba el colgante de peces gemelos en una mano y mi antiguo anillo en la otra.

—Isabella.

Su voz estaba ronca.

—Te devolveré el colgante.

Se acercó.

—Y tú vuelve a ponerte el anillo.

No extendí la mano.

—Demasiado tarde.

—¡Solo cambié un nombre!

—No.

Lo miré directamente.

—Cambiaste siete bodas.

—Convertiste diez años de espera en entretenimiento.

—Y cuando finalmente cambiaste el nombre del novio, me hiciste comprender algo.

Adrian tragó saliva.

—¿Qué?

Sonreí.

—Que el problema nunca fue que yo no pudiera casarme.

—El problema eras tú.

En ese momento Victor apareció.

Se detuvo a mi lado y me ofreció el brazo.

—¿Lista?

—Sí.

Adrian intentó bloquear nuestro camino.

—Tío, ella me ama.

Victor lo observó fríamente.

—Entonces debiste tratarla como alguien a quien amabas.

No hubo discusión.

No hubo pelea.

Victor simplemente pasó junto a él conmigo.

Y esa indiferencia terminó de destruirlo.

Horas después, cuando recibí oficialmente el nuevo certificado matrimonial, miré el nombre impreso junto al mío.

Victor Shaw.

Esta vez nadie lo había modificado.

Yo misma lo había elegido.

Adrian apareció afuera del edificio.

Parecía haber esperado durante horas.

Cuando vio el documento en mis manos, comprendió finalmente que no había ninguna novena oportunidad.

—Isabella…

Me detuve.

Él abrió la mano.

Todavía conservaba el viejo anillo.

—¿De verdad se acabó?

Miré aquella joya que había llevado durante diez años.

Después miré al hombre por quien había desperdiciado esos mismos diez años.

—Se acabó la noche en que te escuché reírte de mí.

Subí al automóvil de Victor.

Antes de cerrar la puerta, Adrian preguntó desesperadamente:

—¿Y si algún día te arrepientes?

Victor estaba sentado a mi lado.

No respondió por mí.

Me dejó hacerlo.

Y por primera vez entendí la diferencia.

Adrian siempre había decidido qué debía soportar.

Victor me permitía decidir qué quería.

Así que miré a mi antiguo prometido por última vez.

—Entonces será mi arrepentimiento.

—No tu oportunidad.

Cerré la puerta.

El automóvil arrancó.

Adrian quedó atrás, sosteniendo un anillo destinado a una esposa que nunca tendría.

Y yo comprendí la ironía perfecta:

Había modificado mi informe matrimonial para enseñarme obediencia.

Pero aquel único cambio terminó haciendo exactamente lo contrario.

Me liberó de él.

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