Ethan me miró como si no hubiera entendido.
—¿Cambiar el nombre del novio?
Sophie también dejó de sonreír.
Adrian, en cambio, apretó suavemente mi mano.
—Claire —dijo Ethan—, deja de bromear.
—No estoy bromeando.
—Llevamos siete años juntos.
Asentí.
—Y ocho intentos de boda.
Su expresión cambió.
—¿Vas a tirar siete años por una pulsera?
—No.
Lo miré directamente.
—Los estoy terminando por las ocho veces que elegiste a Sophie mientras yo esperaba.
Sophie palideció.
—Claire, yo nunca quise separarlos.
Solté una pequeña risa.
—Primero el dolor de estómago. Después el perro. La ansiedad. La inundación. El accidente. Tu desaparición. El desmayo. Y hoy una pulsera que casualmente se rompe justo cuando llaman nuestro número.
Ethan frunció el ceño.
—Estás obsesionándote.
—Quizá.
Miré a Adrian.
—Pero ya no importa.
La empleada anunció que aceptarían una última pareja antes del descanso.
Adrian me observó seriamente.
—Claire, antes de entrar quiero preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Estás haciendo esto para castigarlo?
Negué con la cabeza.
—Si fuera por venganza, habría esperado a que Ethan estuviera mirando.
—Te escribí porque recordé que durante años hubo alguien que nunca me pidió esperar mientras corría detrás de otra persona.
Adrian guardó silencio.
Después extendió su identificación.
—Entonces entremos.
Ethan se interpuso.
—No.
Adrian lo miró por primera vez.
—Apártate.
—Esto es entre Claire y yo.
—Lo era —respondí—. Hasta que cancelé nuestro turno.
Ethan me agarró de la muñeca.
Adrian inmediatamente puso una mano entre nosotros.
—Suéltala.
Varias personas se volvieron.
Ethan terminó soltándome.
—Claire, estás alterada. Vámonos a casa y hablamos.
—¿A qué casa?
Su rostro se congeló.
Saqué una pequeña llave del bolso.
La coloqué en su palma.
—Tus cosas están allí. Las mías salieron ayer.
—¿Ayer?
Por fin apareció verdadera sorpresa.
Sí.
No había tomado aquella decisión esa mañana.
La séptima vez que Sophie apareció para impedir nuestro registro, algo dentro de mí ya había empezado a despedirse.
Durante el último mes había separado cuentas, trasladado documentos y encontrado un apartamento.
Y había releído muchas veces aquel único mensaje de Adrian.
“Si algún día te cansas de seguir esperándolo, date la vuelta.”
Solo me faltaba atreverme a hacerlo.
La empleada volvió a llamar.
—¿Última pareja?
Miré a Adrian.
—Nosotros.
Entramos.
Ethan intentó seguirnos.
Sophie lo sujetó.
—Ethan, déjala. Está intentando darte celos.
Me detuve.
Porque entonces escuché algo metálico caer al suelo.
La cuenta de plata de la pulsera había rodado desde el bolso de Sophie.
Se abrió al golpear el piso.
Dentro había un pequeño dispositivo electrónico.
Adrian lo recogió.
Sophie se lanzó hacia él.
—¡Dámelo!
Demasiado tarde.
Adrian examinó la pieza.
—Esto no es una cuenta.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué es?
Adrian levantó la vista.
—Un rastreador.
El rostro de Sophie perdió todo el color.
El silencio se hizo absoluto.
Ethan tomó el dispositivo.
—¿Por qué había un rastreador en nuestro regalo de boda?
—No sé. Me engañaron en la tienda.
—¿Qué tienda?
Sophie no respondió.
Adrian sacó su teléfono.
—Puedo pedir que alguien revise el número de serie.
—¡No!
La palabra salió demasiado rápido.
Ethan la miró.
Y por primera vez en siete años, la duda apareció en sus ojos.
—Sophie.
Ella empezó a llorar.
—Tenía miedo de perderte.
Ethan quedó inmóvil.
—¿Qué hiciste?
—Solo quería saber dónde estaban.
Su voz temblaba.
—Las otras veces siempre encontraba alguna manera de detenerlos. Pero últimamente ya no me contabas cuándo iban a venir al registro.
Yo sentí una calma extraña.
Ahí estaba.
La verdad que durante años Ethan me había obligado a llamar coincidencia.
—¿Las otras veces? —preguntó él.
Sophie comprendió su error.
—Ethan…
—¿Cuántas?
Ella lloró más fuerte.
—Yo te amo.
Ethan retrocedió.
Pero ya no me produjo satisfacción.
Había esperado demasiado tiempo para verlo comprender.
Ahora su arrepentimiento llegaba cuando ya no significaba nada.
La empleada apareció en la puerta.
—Si quieren realizar el trámite, tiene que ser ahora.
Adrian me miró.
No me presionó.
No preguntó qué decidiría.
Simplemente esperó.
Por primera vez, esperar no era algo que alguien me exigía a mí.
Era algo que un hombre estaba dispuesto a hacer por mí.
Extendí mi mano.
—Vamos.
Ethan reaccionó.
—Claire, espera.
Sonreí.
Aquellas dos palabras.
Las mismas que había escuchado ocho veces.
—No, Ethan.
Tomé la mano de Adrian.

—Ya esperé suficiente.
Las puertas se cerraron detrás de nosotros.
Y aquella novena vez finalmente entré al registro civil con un hombre.
Solo que no era aquel por quien había esperado siete años.
Era el que, durante todo ese tiempo, nunca había dejado de esperar que algún día yo me diera la vuelta.