El hombre junto a la chimenea se llamaba Marco Bellini.
Llevaba nueve años trabajando para Adrian.
Era uno de los pocos que podía entrar en aquella biblioteca sin ser anunciado.
Y ahora estaba pálido.
—Adrian, escúchame.
Adrian levantó una mano.
Marco calló inmediatamente.
—¿Fuiste tú quien le dio acceso lateral a Elena?
—Sí, pero fue por organización del personal.
—¿Quién más sabía que ella tenía esa llave?
Marco tardó demasiado en responder.
Adrian lo notó.
Todos lo notamos.
—Dame tu teléfono.
—¿Qué?
—Tu teléfono, Marco.
El hombre intentó sonreír.
—¿Después de nueve años vas a desconfiar de mí por lo que dice una empleada?
Adrian ni siquiera parpadeó.
—Precisamente después de nueve años sabes que no repito una orden.
Marco metió lentamente la mano dentro de su chaqueta.
Dos hombres de Adrian avanzaron al mismo tiempo.
Pero Marco no sacó un teléfono.
Sacó las llaves de un automóvil.
Y corrió.
No llegó a la puerta.
Lo interceptaron antes.
Yo retrocedí instintivamente.
El doctor se colocó delante de mí.
Adrian no se movió de su sitio.
—Registradlo.
Encontraron dos teléfonos.
El primero parecía normal.
El segundo estaba oculto en el forro interior de su chaqueta.
Adrian lo sostuvo frente a Marco.
—Código.
—No voy a dártelo.
Adrian lo miró durante varios segundos.
Después se volvió hacia uno de sus hombres.
—Que seguridad revise las cámaras, accesos y comunicaciones corporativas relacionadas con Marco. Y llama a la policía. Quiero todo documentado.
Marco perdió el color.
—¿La policía?
—Quince hombres atacaron a una mujer para entrar en mi propiedad.
Adrian señaló mi brazo inmovilizado.
—Esto dejó de ser un problema interno anoche.
Fue entonces cuando Marco cometió su error.
Me miró.
—¡Ella no debía terminar así!
La biblioteca quedó completamente inmóvil.
Adrian giró lentamente hacia él.
—¿Cómo debía terminar?
Marco comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.
—Yo no sabía que iban a lastimarla.
Sentí náuseas.
—Entonces sí les diste mi nombre.
Marco cerró los ojos.
Ya no necesitaba contestar.
El doctor insistió en llevarme al hospital.
La radiografía confirmó la fractura.
Mientras me preparaban para el tratamiento, una detective tomó mi declaración.
Conté todo.
El automóvil que me había seguido.
Los hombres que me rodearon.
La exigencia de dejar abierta la entrada lateral.
Y la amenaza de que volverían si hablaba.
Horas después, Adrian apareció en el hospital.
No venía solo.
Traía una carpeta.
—Encontramos algo —dijo.
La abrió sobre la mesa.
Dentro había registros de acceso.
Marco había cambiado mi turno personalmente.
También había solicitado que mi credencial pudiera abrir aquella puerta durante exactamente siete días.
—¿Por qué? —pregunté.
Adrian pasó otra página.
Había fotografías.
Planos.
Horarios.
Una lista de empleados.
Mi nombre estaba marcado.
ELENA — VIVE SOLA — PRESIÓN FÁCIL.
Sentí frío.
Adrian cerró la carpeta de golpe.
—Se equivocaron en una cosa.
Lo miré.
—No eras el objetivo fácil.
—Me rompieron el brazo.
—Y aun así apareciste a trabajar sin abrirles la puerta.
No supe qué responder.
Entonces Adrian dejó otro documento frente a mí.
—Marco tenía deudas. Muchísimas. Alguien se ofreció a borrarlas si conseguía acceso a la casa.
—¿Quién?
—Todavía no lo sabemos.
Me observó.
—Pero esto no empezó contigo.
Aquella noche no regresé a mi apartamento.
La policía consideró que podían estar vigilándolo y Adrian ordenó preparar una habitación de invitados en una zona segura de la propiedad.
A la mañana siguiente desperté con diecisiete llamadas perdidas de un número desconocido.
Después llegó un mensaje.
“Debiste abrir la puerta.”
Otro.
“Ahora Valenti sabe demasiado.”
Y finalmente:
“Marco no era el único.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
La puerta de mi habitación se abrió.
Era Adrian.
Le mostré el teléfono.
Leyó los mensajes.
Su rostro cambió.
—¿Qué significa “Marco no era el único”? —pregunté.
Adrian no respondió inmediatamente.
Su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Entonces salió de la habitación sin decir nada.
Lo seguí hasta el corredor.
Abajo había hombres corriendo hacia la biblioteca.
Una alarma silenciosa había comenzado a parpadear.
—¿Qué ocurre?
Adrian se volvió.
—Alguien acaba de utilizar una credencial interna para abrir la puerta lateral.
Mi sangre se congeló.
—¿La mía?
—No.
Bajó lentamente la mirada hacia la pantalla.
—La de mi hermano.
Pero su hermano llevaba seis meses viviendo en Europa.

Adrian levantó la vista hacia mí.
Y en aquel instante los dos entendimos lo mismo.
Marco no había sido el traidor.
Solo había sido la primera puerta.
Y alguien mucho más cercano a Adrian llevaba meses preparando la segunda.