PARTE 2: ÉL NUNCA ME OLVIDÓ

Me quedé mirando la pulsera roja mientras Adrián entraba en la habitación de Sofía.

La fotografía apareció con absoluta claridad en mi memoria.

La había visto meses atrás por casualidad, en una publicación antigua de Paula.

Adrián estaba sentado en un restaurante.

Traje negro.

Reloj plateado.

Y aquella misma pulsera roja en la muñeca.

Pero eso era imposible.

Yo había tejido la de Sofía apenas una semana antes.

Cuando Adrián salió con una bolsa de ropa, señalé su muñeca.

—¿Desde cuándo la tienes?

Se detuvo.

—¿Qué?

—La pulsera.

Sus ojos descendieron lentamente.

—Hace tiempo.

Mi corazón dio un golpe.

—Sofía dijo que te la regaló la semana pasada.

Adrián levantó la mirada.

Por primera vez, su expresión cambió.

—¿Ella te dijo eso?

—Sí.

Silencio.

Después preguntó:

—¿La hiciste tú?

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo sabes que la hice yo?

Adrián no respondió.

Se marchó.

Aquella noche esperé a Sofía.

Cuando regresó del hospital, dejé una taza de té frente a ella y pregunté directamente:

—¿Cuánto tiempo llevas saliendo con Adrián?

Sofía casi escupió el agua.

—¿Saliendo?

—Es tu novio.

Me miró durante dos segundos.

Y empezó a reírse.

—¿Quién te dijo semejante tontería?

Ahora fui yo quien quedó confundida.

—Tú.

—¡Nunca!

—Siempre dices “mi novio Adrián”.

Sofía abrió mucho los ojos.

Después se golpeó la frente.

—¡Mi novio se llama Adrián Xu!

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Entonces Liang…?

—Es su hermano mayor por parte de madre. Mi Adrián estaba fuera por trabajo y le pidió que viniera al hospital.

Me quedé completamente muda.

—¿Y la pulsera?

—¿Qué pulsera?

—La que me pediste que hiciera.

Sofía sonrió.

—Era para mi novio. Pero Liang la vio cuando terminé de envolverla y se quedó rarísimo.

Mi respiración se volvió más lenta.

—¿Rarísimo cómo?

—Preguntó quién la había hecho.

Sofía frunció el ceño intentando recordar.

—Cuando le dije que mi compañera de piso, se quedó mirándola muchísimo rato.

—¿Y la que lleva él?

—Ni idea. Esa ya la tenía.

Me levanté demasiado rápido.

Entré en mi habitación.

Busqué aquella fotografía antigua.

Amplié la muñeca de Adrián.

No era exactamente la misma pulsera.

El nudo central era diferente.

Pero reconocí aquel patrón.

Porque solo había tejido otra igual en toda mi vida.

Dos años atrás.

La noche anterior a desaparecer de la ciudad.

La había dejado en casa de Paula junto con varias cosas que no quería llevarme.

Entre ellas había una pequeña bolsa con una nota:

“Puedes tirarlo todo.”

Llamé inmediatamente a Paula.

—Necesito preguntarte algo.

—Qué milagro.

—Cuando me marché hace dos años, dejé una bolsa en tu apartamento.

Hubo un silencio.

—Sí.

—¿Qué hiciste con ella?

Paula tardó demasiado en responder.

—Adrián se la llevó.

Se me helaron los dedos.

—¿Por qué?

—Porque apareció buscándote.

Me senté en la cama.

—¿Cuándo?

—El día después de que desapareciste.

Cerré los ojos.

Paula continuó:

—Estaba furioso. Preguntó dónde estabas. Le dije que no sabía.

—¿Y la bolsa?

—La vio. Reconoció algo dentro y se la llevó.

Mi voz salió apenas audible.

—¿Qué reconoció?

—La pulsera.

Ya no entendía nada.

—Paula, aquella pulsera nunca fue para él.

—Ya lo sé.

Su siguiente frase me dejó completamente inmóvil.

—Pero él sí sabía que la habías hecho tú.

Aquella noche casi no dormí.

A la mañana siguiente alguien volvió a tocar la puerta.

Esta vez miré primero.

Adrián.

Abrí solo parcialmente.

—¿Qué quieres?

Él levantó una pequeña bolsa de papel.

—Hablar.

—No tenemos nada de qué hablar.

—Tenemos dos años.

Intenté cerrar.

Adrián puso la mano contra la puerta.

No entró.

Solo impidió que se cerrara.

—Te reconocí en el hospital.

Mi corazón se detuvo.

—Entonces, ¿por qué fingiste?

—Porque tú fingiste primero.

—Tú dijiste que no te habías fijado en mí.

—Sofía estaba escuchando.

Lo miré sin comprender.

Adrián bajó la vista hacia la pulsera.

—Y porque necesitaba saber si volverías a desaparecer en cuanto supieras que te había reconocido.

Sentí rabia.

—No tienes derecho a reclamarme nada.

—Lo sé.

Aquella respuesta me desarmó más que cualquier discusión.

Adrián sacó algo de la bolsa.

Era una caja pequeña.

Dentro estaba la pulsera original.

La que yo había dejado dos años atrás.

—¿Por qué la tienes?

—Porque fui a buscarte.

—Después de humillarme.

Su mandíbula se tensó.

—Sí.

—Me dijiste que esperabas a otra mujer.

—También.

—Entonces explícame quién era.

Adrián guardó silencio.

Finalmente respondió:

—Tú.

Solté una risa incrédula.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando.

Entonces me contó lo que yo nunca había sabido.

Años atrás, durante una actividad universitaria, nos habíamos conocido brevemente.

Yo había ayudado a un desconocido que se había sentido mal durante un evento.

Le conseguí agua.

Me quedé hasta que llegaron sus amigos.

Y antes de marcharme le até una pequeña pulsera roja que llevaba en el bolso, diciéndole que mi abuela aseguraba que daba buena suerte.

Yo olvidé aquel encuentro.

Él no.

Años después me reconoció cuando Paula empezó a llevarme a sus reuniones.

Pero nunca estuvo seguro.

Mi apellido era diferente al que recordaba.

Mi aspecto había cambiado.

Y aquella noche, cuando preguntó mi nombre completo, intentaba confirmar si realmente era aquella chica.

—¿Y a la mañana siguiente?

Adrián cerró los ojos.

—Fui un idiota.

No lo contradije.

—Pensé que tú solo veías aquella noche como algo impulsivo. Cuando confesaste que te gustaba, me asusté de estar interpretándolo todo como quería.

—Así que decidiste destruirme.

—Dije exactamente lo contrario de lo que sentía.

Lo miré fijamente.

—Eso no lo mejora.

—Lo sé.

Por primera vez, Adrián Liang parecía no tener ninguna respuesta preparada.

Dejó la caja sobre el mueble.

—No vine para pedirte que olvides lo que hice.

Retrocedió hacia el pasillo.

—Solo quería que supieras que nunca fuiste una desconocida para mí.

Miré la pulsera.

—Entonces ¿por qué conservarla durante dos años?

Adrián se detuvo.

Su respuesta fue sencilla.

—Porque era lo único tuyo que me quedaba.

Después se marchó.

No corrí detrás de él.

No había perdón instantáneo.

Dos años de dolor no desaparecían con una explicación.

Pero aquella noche abrí la caja otra vez.

Debajo de la pulsera encontré algo que no había visto.

Una hoja doblada.

Era un comprobante de tren.

Fecha: el día después de mi desaparición.

Destino: la ciudad donde vivían mis padres.

Luego otro.

Una semana después.

Otra ciudad.

Otro mes.

Otro billete.

Adrián me había buscado durante meses.

Y en el último papel había una frase escrita a mano:

“Si algún día vuelvo a encontrarla, esta vez escucharé antes de hablar.”

Me quedé observándola durante mucho tiempo.

Entonces comprendí la verdadera ironía.

Yo había pasado dos años creyendo que huía del hombre que jamás había sabido quién era.

Mientras él había pasado esos mismos dos años intentando encontrar a la única mujer cuyo nombre lamentaba no haber preguntado mucho antes.

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