El sonido de las tijeras cortando el velo dejó el estudio en silencio.
Isabella retrocedió.
Natalia me miró horrorizada.
Sebastián, en cambio, parecía furioso.
—¿Has perdido la cabeza?
Dejé las tijeras sobre la mesa.
—No. La recuperé.
Señalé el collar.
—Ahora quítatelo.
Isabella llevó una mano a las perlas.
—Sebastián me dijo que podía usarlo.
Lo miré.
Él no negó nada.
—Solo eran unas fotografías —dijo—. Después te lo devolveríamos.
Sonreí.
—Perfecto.
Extendí la mano.
—Entonces devuélvanme todo.
Isabella se quitó el collar.
Después señalé el anillo.
—También eso.
Sebastián frunció el ceño.
—Valeria, ese anillo me lo regalaste.
—Para nuestra boda.
—Seguimos teniendo una boda.
—No.
Esta vez mi voz no tembló.
—Tú tienes esposa. Yo tengo un abogado.
Su expresión cambió.
Saqué el teléfono y le mostré el correo que había recibido aquella mañana.
Mi abogada ya había enviado las notificaciones para cancelar el hotel, los proveedores y todos los contratos firmados a mi nombre.
Además, mi familia había retirado la inversión que iba a realizar en el nuevo proyecto inmobiliario de los Moore después del matrimonio.
Sebastián palideció.
—No puedes tomar una decisión financiera por una discusión personal.
—No estoy discutiendo.
Miré a Isabella con mi vestido.
—Estoy dejando de financiar una familia que convirtió mi boda en una fiesta para otra mujer.
Natalia comenzó a llorar.
—Valeria, yo soy tu mejor amiga.
La miré.
—Lo eras.
Esas dos palabras parecieron dolerle más que cualquier grito.
Tomé el collar de mi madre y salí.
Sebastián no me siguió.
Todavía creía que volvería.
Después de siete años, estaba demasiado acostumbrado a que yo perdonara.
Tres días más tarde, su madre apareció en mi apartamento.
No vino a preguntar cómo estaba.
Vino con una carpeta.
—Sebastián cometió una estupidez —dijo—. Pero Isabella saldrá del país en unas semanas. Después se divorciarán y todo podrá continuar.
—No.
—Valeria, ambas familias necesitan este matrimonio.
—Entonces debieron recordarlo antes de conseguirle otra esposa.
Su rostro se endureció.
—Después de siete años con Sebastián, ¿vas a tirarlo todo por un mes?
Negué lentamente.
—No estoy tirando siete años.
—Estoy evitando perder otros setenta.
Cerré la puerta.
Dos semanas después comenzaron los problemas.
Los proveedores de la boda reclamaron pagos.
Los invitados empezaron a enterarse.
El proyecto de los Moore perdió la financiación vinculada a nuestra unión.
Y entonces Isabella descubrió algo que aparentemente nadie había considerado.
Un matrimonio “temporal” seguía siendo un matrimonio real.
Había documentos.
Obligaciones.
Consecuencias.
Ya no parecía tan romántico.
Una noche Sebastián llegó a mi edificio.
Esperó casi tres horas.
Finalmente bajé.
Tenía el rostro agotado.
—Isabella y yo iniciaremos el divorcio.
—Felicidades.
—Valeria, basta.
Dio un paso hacia mí.
—Ya entendí. Me equivoqué.
—No, Sebastián.
Lo miré con calma.
—Te descubrieron.
Se quedó inmóvil.
—Hay una diferencia.
Intentó tomarme la mano.
La retiré.
—Durante siete años pensé que me elegías cada día.
—Ahora sé que simplemente estabas seguro de que yo nunca tendría el valor de dejarte.
—Te amo.
Por primera vez, esas palabras no hicieron absolutamente nada dentro de mí.
—Entonces debiste recordar mi nombre cuando firmaste el certificado de matrimonio con otra mujer.
Entré nuevamente al edificio.
—Valeria.
Me detuve sin girarme.
—¿Qué hago con nuestra boda?
Esta vez sí lo miré.
—Ve con Isabella.
—Ya tiene mi vestido, mi anillo y tus fotografías.
Hice una pausa.
—Solo le falta quedarse contigo.
Las puertas del ascensor se cerraron.
Un mes después llegó la fecha que debía ser nuestra boda.
No hubo ceremonia.
No hubo cuatrocientas personas.
No hubo Sebastián esperándome frente al altar.
Yo estaba en otra ciudad.
Había aceptado el puesto internacional que rechacé dos años antes porque Sebastián decía que una esposa no debía vivir lejos de su marido.
A las diez de la mañana recibí una fotografía.
Era Natalia.
Sebastián estaba sentado solo frente al hotel donde debíamos casarnos.
No respondí.
Bloqueé el número.

Después abrí las cortinas de mi nuevo apartamento.
Por primera vez en siete años, mi futuro no tenía el nombre de Sebastián Moore escrito en ninguna parte.
Y descubrí algo inesperado.
No daba miedo.
Se sentía como libertad.